Cine humano. Foto: Òscar Giralt
Cine humano. Foto: Òscar Giralt

Entrevista

Mia Hansen-Løve: “Nos encontramos en un cine del énfasis, de la fuerza, incluso en el cine autor”

La directora francesa pasó por Barcelona para recoger el Premio de Honor del Festival D’A 2026 y mantener una serie de encuentros con público y estudiantes. Actualmente está enfrascada en los preparativos de su próxima película, su primera de época, sobre la vida de la escritora y filósofa Mary Wollstonecraft.

Un amor de adolescencia, un viaje sabático a la India, un grupo de amigos amantes del techno, o una cineasta tras los pasos de Ingmar Bergman. Cada película de la francesa Mia Hansen-Løve (París, 1981) es muy diferente a la anterior, pero todas albergan una gran parte de sí misma, de su historia en el mundo, además de un soplo naturalista y de aparente sencillez. La melancolía del pasado recorre toda su filmografía, pero también un cierto vitalismo sobre el futuro.

En Barcelona, en la reciente edición del Festival D’A. Foto: Òscar Giralt
En Barcelona, en la reciente edición del Festival D’A. Foto: Òscar Giralt

El público español te tiene muy presente. ¿Te gustaría rodar en España?

Es diferente que en Francia, aquí recibo mucha atención y mucho amor. No sé cómo explicarlo. Precisamente, este verano estaré tres semanas rodando parte de mi próxima película en España, con una coproducción de Elastica Films.

¿Dónde has sido más feliz rodando?

Siempre soy feliz rodando, pero creo que si tuviese que quedarme con solo un rodaje, sería en Fårö, con “La isla de Bergman” (2021), porque es la única vez que lo he hecho en un decorado natural, en un lugar tan aislado. No necesitábamos desplazarnos, viví allí, y lo preparé en dos años. Fue un momento muy especial en mi vida integrarme en esa isla, que tiene algo mágico. Nunca me he sentido tan próxima a los fantasmas como en ese lugar. Era un sentimiento muy poderoso, y guardo un recuerdo muy fuerte de ese rodaje.

“Siempre soy feliz rodando, pero creo que si tuviese que quedarme con solo un rodaje, sería en Fårö, con ‘La isla de Bergman’, porque es la única vez que lo he hecho en un decorado natural, en un lugar tan aislado. Fue un momento muy especial en mi vida integrarme en esa isla, que tiene algo mágico”

Tus películas tienen este componente mágico que encontramos en la cotidianeidad. ¿Qué te inspira y cómo es tu forma de observar la vida?

Mi cine se percibe desde el lado de lo real, ya que a mí me interesa mucho el realismo. Por eso, todas mis pelis tienen una concepción del realismo, pero, a partir de esa idea, busco algo distinto, algo que siento a través de lo real. Igual “mágico” no es la palabra, pero es algo que tiene que ver con lo invisible, con la gracia, con lo que no ves. Me interesa hablar de lo que no se ve a través de lo que se ve. Creo mucho más en el trabajo sobre lo real para hablar de lo invisible, más que ir directamente a afrontar lo invisible. Intento llegar a ello a través de lo cotidiano, de las cosas de la vida.

Sobre esta invisibilidad, algunas de tus últimas protagonistas interiorizan mucho sus sentimientos. Pienso en Vicky Krieps en “La isla de Bergman”, o en Léa Seydoux en “Una bonita mañana” (2022). ¿Cómo conduces a tus intérpretes a esa actuación contenida?

No hago muchos ensayos, pero sí hay un trabajo de conocimiento recíproco. Cuando empiezo, Vicky Krieps o Léa Seydoux no son amigas, no las conozco bien. Pero busco que haya tanta confianza entre nosotras como familiaridad, para que no haya distancia y llegar así a una verdad por parte de ellas en sus actuaciones. Hay que conocerse un poco, no hace falta conocer los detalles de la vida privada, pero sí pasar tiempo juntas para crear esa confianza. De manera general, la forma en que he trabajado con actores y actrices tiene mucho que ver con la simplicidad. Sé que hay muchos cineastas que buscan la performance, que quieren ver lo más dramático, lo más extremo, hacer cosas que van a impresionar. Yo busco todo lo contrario. Persigo más el trabajo inverso, el de intentar eliminar de los actores aquello que tiene que ver con los accesorios del juego para acceder a su interioridad. Eso es lo que me interesa.

Filmando sentimientos. Foto: Òscar Giralt
Filmando sentimientos. Foto: Òscar Giralt

El pasado 20 de marzo, en una sesión en la Filmoteca de Catalunya, dialogaste con Carla Simón después de una doble sesión con tu segundo corto, “Un pur esprit” (2004), y tu primer largometraje, “Tout est pardonné” (2007). Como ella, tu cine ha servido de inspiración para muchos cineastas, más allá de las fronteras.

He visto los largos de Carla Simón y me gustan. Nos conocemos un poco y hay una verdadera complicidad entre nosotras. Creo que hay una comunión de valores en cuanto a la relación con el cine y nuestra idea del cine. También lo siento con Jonás Trueba. Sigo sus películas y siento que está muy influenciado por la nouvelle vague, por el cine de Éric Rohmer, que es algo que me conmueve, porque no hay tantos cineastas hoy que acojan esta herencia. Es más bien lo contrario: nos encontramos en un cine del énfasis, de la fuerza, incluso en el cine autor, más que en un cine de la fragilidad. Y Carla y Jonás no tienen miedo de su fragilidad. Me reconozco bastante en ellos con esto.

En España se está dando, con Simón como uno de sus referentes, un cine emergente de mujeres, colaborativo y con vinculaciones transversales. ¿Está sucediendo también en Francia?

No lo sé, no creo que haya esta sororidad, como sí ocurre en España. Sí hay una generación de nuevas cineastas, con una acción muy personal, muy singular. Pero en Francia hay tantos y tantas cineastas de cualquier generación que tengo la sensación de que hay una dispersión más que una sororidad. En cuanto a mí, hay cineastas que no son necesariamente mujeres con los que he creado cierta sintonía. Mi criterio en mis relaciones no es el del género: hay muchas cineastas que me gustan y, por supuesto, también hombres. No es el género lo que determina mi relación con el cine de otra persona. Alberto Richart

Seis conflictos dramáticos, seis filmes radiantes

La descubrimos en el delicado papel de una adolescente enamorada de un hombre maduro y enfermo terminal en una de las mejores películas de Olivier Assayas, “Finales de agosto, principios de septiembre” (1998), compartiendo reparto con François Cluzet, Mathieu Amalric, Jeanne Balibar y Virginie Ledoyen. Mia Hansen-Løve tenía entonces 16 años. El azar –una prueba de los responsables de casting en el instituto en el que estudiaba– hizo que se convirtiera en actriz y quedará fascinada por el trabajo colectivo en el rodaje. Intervino en el siguiente filme de Assayas, “Les destinées sentimentales” (2000), e inició una relación sentimental con él que se prolongó hasta 2016. Entre 2003 y 2005 escribió varios textos en ‘Cahiers du cinéma’ y, siguiendo el viaje emprendido por tantos colaboradores de la revista, Assayas incluido, pasó a la dirección con el corto “Après mûre reflexión” (2003). En la encuesta del British Film Institute de 2012 sobre los mejores filmes de la historia, Hansen-Love escogió títulos como “Millennium Mambo (Hou Hsiao-hsien, 2001), “Heat” (Michael Mann, 1995) y “La mamá y la puta” (Jean Eustache, 1973). Además de los seis largometrajes que destacamos, ha dirigido “Tout est pardonné” (2007), sobre la fractura familiar y los paraísos artificiales de las drogas, y “Maya” (2018), un viaje introspectivo a Goa que es también su filme menos logrado.


“La père de mes enfants”
(2009)

Su primer largo estaba dedicado a la memoria de Humbert Balsam, actor con Robert Bresson y productor de Claire Denis y Béla Tarr, entre otros. El segundo se basa en la personalidad y obra de Balsam (Mia escribió un texto en ‘Cahiers du cinéma’ con motivo de su suicidio en 2005). Es una auténtica maravilla, trágica y emotiva a la par, sobre un productor honrado que entra en quiebra y se quita la vida. Él es el protagonista, pero el punto de vista corresponde a la esposa e hijas.


“Un amour de jeunesse”
(2011)

El relato comienza en febrero de 1999 y la joven que experimenta el amor de juventud (en realidad dos amores, uno con un hombre mayor) tiene 16 años, más o menos los mismos que Hansen-Løve en 1999. Otra forma luminosa de encarar el conflicto y fractura amorosa que además dialoga o se complementa con “Después de mayo” (2012), de Assayas: ella quizá habla en su filme de sus primeros amores y él lo hace en el suyo de las experiencias sentimentales y musicales en el Mayo de 1968.


“Eden. Lost In Music”
(2014)

Primero de sus retratos familiares: Mia contempla en esta película agitada y magnética –también muy conectada con el cine de Bresson y Jean Eustache– la escena francesa del garage house y la cultura de clubes a partir de la experiencia de su hermano, Sven Hansen-Løve, DJ y productor en los noventa. Un filme sobre la euforia en el nacimiento del movimiento y la melancolía cuando este termina. Una historia de amor con giradiscos y samples. Daft Punk no falta en la banda sonora.


“El porvenir”
(2016)

Segundo retrato familiar: la profesora de Filosofía que encarna Isabelle Huppert tiene rasgos de la madre de la cineasta. Hansen-Løve vuelve a contarse a sí misma a través de sus familiares directos. La protagonista experimenta un carrusel emotivo: divorcio de su marido, muerte de la madre, embarazo de su hija mayor, independencia del hijo pequeño, conflictos con sus alumnos. La luz brumosa de Bretaña actúa como catalizador de tantas emociones y cambios.


“La isla de Bergman”
(2021)

Autorretrato: Vicky Krieps encarna a una directora de cine y el filme habla de las tensiones de la creación compartida entre cineastas que son pareja (Tim Roth es el marido); ecos de su relación con Assayas. Además el filme acontece en la isla de Fårö, la isla de Ingmar Bergman, a quien Assayas consagró un libro de entrevistas y que ha sido faro permanente de Hansen-Løve: “Fanny y Alexander” (1982) figuraba en el listado que hizo para el BFI y hay una divertida escena alrededor del director de “Persona” (1966).


“Una bonita mañana” (2022)

Una espléndida Léa Seydoux da vida a una mujer dedicada a su hija de 8 años y a su padre, que sufre una enfermedad neurodegenerativa. Explicado así parece un drama considerable –y argumentalmente lo es–, pero la fluidez –de cámara, de los movimientos de la actriz– le confiere una emoción radiante a todo el relato. Rasgos autobiográficos y la conciencia de registrar el tiempo y la memoria en la escena casi documental en la que la directora filmó a su abuela poco antes de morir. 

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