En la bibliografía del primer ensayo de Pablo García Díaz, autor también de la novela “La bestia colmena” (H&O, 2018), asoman, entre otros, Platón, Aristóteles, Heródoto, Hipócrates, San Agustín, Giordano Bruno, Dante, Aleister Crowley, Mircea Eliade, Gilles Deleuze, Michel Foucault o Madame Blavatsky. El asturiano se graduó en Comunicación Audiovisual y tiene un doctorado sobre Persona y Sociedad en el Mundo Contemporáneo perteneciente al ámbito de la psicología social, pero afortunadamente aún no sabemos en qué categoría encaja Pablo Und Destruktion, algo que no representa mayor problema: lo más importante en “Música de carne. Pop, seducción y sacrificio” no es la veracidad de lo que dice, que es abundante, sino su verosimilitud, es decir, la apariencia de verdadero por no ofrecer carácter alguno de falsedad. ¿Qué podemos decir sino amén ante la siguiente definición de canción?: “Un jeroglífico que encripta conocimientos que trascienden la literalidad; una herramienta de transmisión filosófica cuya autoridad no reside únicamente en un sistema de ideas; un sistema de intuiciones que encuentran en ella su vehículo de expresión”.
El reto que plantea este libro es enorme. Su torrencialidad en forma de citas, nombres, conceptos y cavilaciones requiere de gran atención, lecturas comprensivas, relecturas aclaratorias, tener a mano la enciclopedia, superar los retorteros léxicos y paciencia para entender que nunca es sencillo transferir el significado de términos como pneuma, espíritu intermedio, aire sutil o éter akáshico. Curiosamente, Pablo no habla del filósofo francés Henry Bergson, otro enemigo del mecanicismo defensor del élan vital, una fuerza creativa invisible que se percibe solo por la intuición y no por la ciencia, que descarta su existencia. Sí lo hace del spiritus mundi de Ficino, según el cual “la música es una teúrgia sonora. No es alegórica sino técnica: un modo de actuar sobre la materia sutil del espíritu” –teúrgia: una especie de magia para contactar con la divinidad y operar prodigios–. Pablo dice que se trata de un encargo de la editorial que solo tardó tres meses en escribir –entre meritorio y menos llobus, diríamos nosotros–, enmarcado como el reciente “Antineutral. Música y economía moral en la era del turbocapitalismo”, de Pepo Márquez, en la serie de ensayos Buruhauste, que en euskera significa rompecabezas o preocupación.
Y es verdad que “Música de carne. Pop, seducción y sacrificio” es un libro asaetado por una gran inquietud de corte apocalíptico: el sometimiento del pueblo por lo cuantitativo en lugar de lo cualitativo, por un algoritmo consciente de que la canción es una de las primeras tecnologías de neuromodulación de la historia. La salida no inédita que propone el autor está en la carne, último bastión de libertad. ¿Y en qué consiste eso? En resistir tal asedio eligiendo, frente a la “carne aumentada” –de nuevo lo que se puede medir en forma de inminentes “implantes neuronales que convierten al hombre en un nodo terminal de una red de control global”–, la vía de la “carne despierta”, “espiritualizada, donde el cuerpo, sumiendo su condición sacramental, se sabe máquina simbólica y se vuelve receptáculo consciente del pneuma, del Espíritu, y el lugar de la verdadera parusía” –parusía: advenimiento de Jesucristo al fin de los tiempos. Un camino místico que propone emplear la “tecnología instalada en nuestros corazones”. Se puede decir de otra forma: mirada interior, leer más y dejar de hacer el scroll infinito–.
Uno lee el libro con la esperanza de que Pablo Und Destruktion se apiade de ti y resuma el tsunami de reflexiones con el teúrgo poder clarificador que sin duda posee –ver páginas 94, 139 y alguna otra–. Su gusto por epatar con frases de brillante ininteligibilidad, densas –indudablemente condicionado por las limitaciones de espacio de la colección–, crípticas, relativamente digresivas y a veces humorísticas, entorpece de forma innecesaria la comprensión de un relato internamente coherente, erudito en su discurrir desde la Antigüedad hasta hoy, brillante en su idiosincrático academicismo de círculo hermético y acertado en sus fundados diagnósticos sobre el comunismo (en la página 110) o el capitalismo (en la página 142). Tampoco puede evitar exageraciones del siguiente cariz: “La música ya no responde al deseo de placer, sino a una política del ritmo, de la adicción y de la gestión emocional heredada de los totalitarismos, generando el más perfeccionado de los mecanismos de control de masas”. Y no faltan menciones a los pitagóricos, los cátaros, los ocultistas, los nazis, los Beatles, David Bowie, The Residents, Current 93, Andy Weatherall, Rosalía o Elle Belga.
Si tuviéramos que elegir entre genial y facundo, no nos podríamos decidir. Que ideas como la “tecnificación del pneuma universal” –aliento racional que ordena el universo– solo puedan llegar a intuirse a pesar de los esfuerzos del trovador astur no le resta mérito a este inclasificable opúsculo que mezcla bienintencionadamente esoterismo, historia, política, neurociencia, medicina y canciones populares.
Siempre se ha dicho que la filosofía exige escribir bien y Pablo lo hace como los ángeles, aunque sean caídos, pero la filosofía no es literatura y su labor es, en todo caso, desentrañar las nociones recónditas. Claro que este no es un libro de filosofía, sino un manifiesto de denuncia y curación. Su estilo es antitéticamente magmático y fragmentario, aunque ideas como la desacralización de la música sean tan claras y distintas como su devoción por la Santina. Según Pablo, el proceso ha ido “proponiendo para el pueblo una falsa música profana, tan sacra como siempre pero al servicio de los dueños de los medios en los que dicha música se propaga” , patronos identificados como “tecnomagos” que han querido intercambiar maliciosamente “comunión” por “consumo”, comprendiendo que “el canto es vínculo y el vínculo, poder”. Lo importante es ser consciente del quilombo. Para eso, lean este libro. ∎