La industria cultural siente una debilidad casi enfermiza por las figuras rotas, y si vienen envueltas en jazz y tragedia, el festín está servido. Durante décadas, la narrativa en torno a Billie Holiday (1915-1959) ha chapoteado cómodamente en ese fango: la diva marchita, el juguete roto a merced de las adicciones y de hombres tóxicos. Paul Alexander (Birmingham, Alabama, 1955) desembarca con “Una amarga cosecha. El dolor y el triunfo del último año de vida de Billie Holiday” (“Bitter Crop. The Heartache And Triumph Of Billie Holiday’s Last Year”, 2024; Vaso Roto, 2026) dispuesto a sabotear este relato tan manido. El biógrafo de figuras como Sylvia Plath y J. D. Salinger se calza los guantes para diseccionar el último año de vida de Lady Day, pertrechado con un arsenal de archivos, documentos y entrevistas propias. Todo ese aparato documental ocupa casi una cuarta parte de sus páginas.
Lo más efervescente de este volumen es su empeño en devolver a Billie Holiday al centro de su propia historia. El propio texto, traducido maravillosamente por Jaime Blasco Castiñeyra, lo resume a la perfección cuando señala que “sería mucho más apropiado, sin embargo, juzgarla por lo que fue en realidad: una artista iconoclasta que realizó una aportación imperecedera al arte estadounidense”. Alexander esquiva el arquetipo facilón para perfilar a una creadora ambiciosa, divertida, lúcida en su trinchera política y muy curtida en el tajo.
Del mismo modo, cualquier amante del jazz va a disfrutar muchísimo con la formidable labor de documentación de la obra. El autor nos regala un mapa detalladísimo de cada ciudad y de cada local, desde su adorado Café Society de Nueva York hasta sus accidentados conciertos en el Flamingo Lounge de Massachusetts, mostrándonos de forma vibrante cómo se cruzaban los grandes artistas de la época entre bambalinas. Entre ellos asoman gigantes como Lester Young, el mítico “Prez”, amigo y compañero musical fundamental en la vida de Billie; un devoto Frank Sinatra siguiéndola desde primera fila y aprendiendo de su fraseo; divas del exceso teatral como Tallulah Bankhead o tótems de la talla de Miles Davis y Orson Welles. Pero el verdadero caviar para los más cafeteros del género está en el impresionante plantel de músicos que fueron cruzándose con Holiday en distintos momentos de su carrera: maestros de las teclas como Mal Waldron y Teddy Wilson; vientos legendarios de la talla de Buck Clayton, Harry “Sweets” Edison, Coleman Hawkins o Charlie Shavers; y una sección rítmica en la que encontramos baterías como Jo Jones y “Big Sid” Catlett o contrabajistas como John Simmons.
En este rico ecosistema asoma la otra gran virtud del libro: señalar a un tercer actor en la caída de la artista. Como se lee en sus páginas, “sobre todo en los años cincuenta, una década definida por el conservadurismo en sus múltiples variedades de sexismo, racismo y homofobia, Billie Holiday fue menospreciada como mujer y subestimada como cantante y artista”. Alexander pone en primer plano el hostigamiento del Federal Bureau Of Narcotics, la revocación de su cabaret card –la licencia necesaria para actuar en los locales neoyorquinos que servían alcohol– y una persecución policial que llegó al extremo de detenerla en la propia cama del hospital. Además, el autor tiene el acierto de separar los hechos de las falacias que la propia cantante sembró en su autobiografía “Lady Sings The Blues” (1956) coescrita con William Dufty.
Ahora bien, la ambición de abarcar tanto exige ciertas concesiones narrativas. Para dar contexto a esos meses finales de 1958 y 1959, Alexander necesita ejecutar continuos saltos de pértiga hacia el pasado. Esta estructura de flashbacks puede resultar un poco desorientadora a ratos y acaba provocando la repetición de algunos episodios y datos. Por otro lado, en su afán por acercarnos a la parte más humana de Billie, el biógrafo se toma en ocasiones la licencia de atribuir pensamientos a la artista en momentos de intimidad. Pero quizá la principal espina, sobre todo para quien acuda buscando la alquimia puramente musical, es que se echa en falta un análisis algo más sostenido del milagro de su arte: su fraseo subversivo, su dominio libérrimo del tempo o cómo logró convertir el declive físico de su voz en un vehículo de expresión profundamente conmovedor.
Con todo, “Una amarga cosecha” es una obra vigorosa, compasiva y rigurosamente documentada. Un fresco imprescindible para comprender que la caída de Lady Day no puede explicarse únicamente por la mala vida, sino también por un engranaje diseñado para triturarla. Eso sí, si se quiere entender por qué su voz sigue parando los relojes, basta con escucharla. Hay fantasmas cuya grandeza sigue ocupándolo todo. Lo suyo era un conjuro indomable. ∎