Finalizada en 1980 e inédita hasta ahora –Fran G. Matute se encarga, entre otras cosas, de detallar las peripecias del manuscrito en su magnífico prólogo–, “Lo que dura una canción” es la única novela de Quico Rivas (1953-2008).
Nacido en Cuenca, Rivas –crítico de arte, comisario de exposiciones, editor, promotor…– fue uno de esos motores –más o menos en la sombra– que activaron la contracultura en nuestro país. Primero en Sevilla y, más tarde, en Madrid, su labor merece un reconocimiento que, al menos institucionalmente, ya posee: sus archivos, con centenares de documentos, están depositados en la Biblioteca del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía.
“Lo que dura una canción” es un documento vivo, entre la ficción y la verdad histórica, sobre el nacimiento del rock y la incipiente escena hippy en Sevilla, antes de que la plaga de melenudos se esparciera por el resto de la península. Narrada en primera persona por Quico, alter ego del escritor, la novela detalla el germen de una nueva forma de entender la vida que rompía con los rígidos esquemas de la sociedad franquista de los años sesenta y setenta. En el centro, las peripecias de los Flippers, grupo de rock ficticio –basado, asegura Matute, en Los Lazos, pioneros de la escena rock sevillana– liderado por su magnético vocalista, Carlos Pinball. Amor libre, drogas, comunas y pelos largos anidan en los parques y plazas de la capital sevillana bajo el influjo de Jimi Hendrix, santo patrón de los grifotas y colgaos.
La influencia de los soldados de las bases americanas –inolvidable el personaje de Tom, negro de Detroit atrapado por el embrujo sevillano y batería de los Flippers–, el trapicheo en las barriadas gitanas, las juegas de anfetaminas y ácido, los gangs juveniles –Los Cuervos, La Mancuerna–, las amistades más o menos volubles y el descubrimiento del sexo desfilan por los recuerdos del protagonista –el libro es todo un flashback que rememora unos tiempos psicodélicos donde toda revolucion parecía posible… pero no, ni mucho menos– en una prosa vivaz y cristalina con espacio casi para el periodismo –hay breves cameos de Ordovás, Manrique, Joaquín Salvador (Radio Sevilla) y el mítico Silvio; véase asimismo el capitulo XVII, que desmenuza la rocambolesca historia de Smash–. Hay también un hermoso poso de regusto melancólico por lo que pudo ser y acabó machacado por el rodillo capitalista, el individualismo y/o el exceso de estimulantes (muy ilustrativas las cartas que recibe Quico de Fali, su amigo del alma, detallando sus andanzas por Ámsterdam y París).
“Lo que dura una canción” es un espléndido coming of age en el entorno de un momento histórico irrepetible y otra prueba de que el talento de Rivas no se amedrentaba ante nada. La lectura debe/puede acompañarse con esta lista de reproducción –Hendrix, Gong, Nuevos Tiempos, Smash, Goma, Triana, Lole y Manuel…– seleccionada por Matute. ∎