Cómic

Rayco Pulido

Saquen sus muertosAstiberri, 2026

En el verano de 1851, una epidemia de cólera arrasó Las Palmas de Gran Canaria. En apenas unos meses, la ciudad perdió a una quinta parte de su población. Después, todo se olvidó con la misma rapidez con la que llegó la tragedia. El escritor canario Claudio de la Torre (1895-1973) convirtió aquel episodio en la novela “Verano de Juan ‘El Chino’” en 1971, una obra corta que también cayó en un olvido difícil de justificar. Cuando estalló la pandemia de COVID, el mundo rescató casi de forma automática a Albert Camus, mientras que De la Torre volvió a quedarse fuera del foco. Ahora, otro ilustre artista canario, el historietista Rayco Pulido (Telde, 1978), recupera la historia en formato de cómic con el título de “Saquen sus muertos” y la intención de, por fin, fijar un recuerdo hiriente.

“Verano de Juan ‘El Chino’” fue la última novela de Claudio de la Torre: de prosa sobria y economía expresiva, avanza apoyada en la acción y el diálogo, con un ritmo y un montaje muy próximos al lenguaje cinematográfico. Su homónimo protagonista es un hombre aparentemente inmune a la enfermedad, que recorre una ciudad en descomposición desalojando los cadáveres de las casas, al grito que da título tanto al cómic como a la novela. Los ricos han huido al campo y el orden social se ha quebrado: en la ciudad solo quedan vivos y muertos. Y entre los primeros, muchos aprovechan la ausencia de autoridad para entregarse al saqueo y la rapiña.

La adaptación de Pulido –sin parentesco con quien firma esta reseña– prescinde, como en la novela, de monólogos internos y de la voz del narrador, pero evita caer en el mero resumen ilustrado del original, uno de los riesgos más habituales en la traslación de obras literarias al cómic. Pulido, uno de esos autores que no hacen ruido pero construyen una trayectoria sólida, no es ajeno a este tipo de ejercicios. En su reformulación del universo de Benito Pérez Galdós en “Nela” (Astiberri, 2013), ya recurría a la elipsis narrativa y a un blanco y negro austero; aquí retoma esos recursos y los lleva un paso más allá, enfriando aún más la temperatura emocional del original hasta volverla casi glacial. El autor añade además escenas que no estaban en la novela, como las de una familia cazando ratas y palomas para comer, que anclan esa visión misántropa de la condición humana sin necesidad de subrayarla.

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Juan “El Chino” es un protagonista romántico en todos los sentidos del término, que aporta el único resquicio de esperanza del relato. Encarna la soledad del individuo frente a un territorio hostil, como sucede en uno de los cómics preferidos de Pulido, la serie “Las memorias de Amorós” (1987-1993), de Felipe H. Cava y Federico del Barrio, pero también una forma de rebeldía no exenta de oscuros secretos, que se intuyen en ese jazminero que preside el patio de la mansión a la que acude para curar a una de sus propietarias. En un mundo así de yermo, no sorprende que el romance interclasista al que aspira nazca ya condenado a extinguirse.

En contraposición a “Lamia” (Astiberri, 2016), probablemente su obra más conocida, con la que ganó el Premio Nacional del Cómic 2017, Pulido opta aquí por composiciones más horizontales, con viñetas depuradas de elementos y un diseño de personajes mucho más naturalista y orgánico, llena de hallazgos creativos. Basta fijarse en una de las secuencias iniciales: tres viñetas que repiten la misma balconada desde la que una familia aristocrática observa el trasiego de carruajes cargados de cadáveres. La arquitectura permanece inmutable, pero la escena se va vaciando progresivamente de figuras, como si la propia imagen enfermara. Algo similar ocurre en esa impactante imagen en la que dos hermanas yacen postradas, próximas a la muerte, en la que la simetría de la composición eleva el momento a la categoría de icono fúnebre.

En una obra atravesada por la necesidad de representar el vacío físico y moral de la ciudad y sus habitantes, resulta lógico que Pulido apueste por un blanco cegador, sobre el que destacan tanto las frases lacónicas de los personajes, pequeñas detonaciones que marcan el ritmo, como las rocas volcánicas, la vegetación o el zumbido constante de las moscas. Por contraste, cuando el protagonista emprende un viaje nocturno a mitad del libro, Pulido despliega una gama de negros que siluetean a los personajes y cargan la atmósfera de peligro.

Aunque “Saquen sus muertos” picotea con naturalidad de varios géneros, odisea aventurera, romance o literatura costumbrista, su verdadero peso reside en su carga simbólica y crítica, que dialoga inevitablemente con el presente. Claudio de la Torre escribió sobre 1851 en 1971 porque, con el dictador aún boqueando, necesitaba poder decir sin decir. Pulido retoma este material en 2026 y la ironía se explica sola: nos prometimos que íbamos a salir mejores y, en cuanto pasó la amenaza, todo volvió a olvidarse. “Saquen sus muertos” es un tebeo sobre una epidemia del siglo XIX que habla del presente con una precisión que incomoda. ∎

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