A principios de 2024, Marc Parera publicaba “La nit més clara” en La Magrana y la comunidad LGTBTIQ+ abrazaba la novela como fenómeno literario en petit comité. Para cuando la editorial Dos Bigotes editó la traducción al castellano, el comité ya no era tan petit, sino que se había convertido en una gran masa heterogénea que abrazaba una propuesta compleja por lo que tenía de fragmentaria: Parera abordaba la historia de un chico que se mete en la prostitución para sobrevivir a base de textos cortos, muchas veces un único párrafo actuando a modo de microcapítulo, que se perciben como fogonazos, zarpazos, piezas diminutas de un puzle que pedía al lector que se involucrara de forma íntima para armar el paisaje general.
No pude evitar pensar en “La nit més clara” en cuanto empecé a leer “Foto por privado” (“Photo sur demande”, 2025; Random House, 2026; traducción de María Enguix Tercero), texto con el que Simon Chevrier (Saint-Nazaire, 1992) ganó el premio Goncourt a la primera novela en 2025 y que fue escrito como parte de un máster de escritura en Le Havre. Para empezar, por la coincidencia en el formato de microcapítulos en forma de pildorazos cortos y secos. Un formato muy Gen X, estrechamente ligado al gran mal de esta franja de edad: el déficit de atención. La forma deviene así herramienta que impone inicialmente una distancia entre el lector y lo que está leyendo, pero que acaba atrapando al reclamarle una participación activa y un extra de atención para entender qué está ocurriendo.
Y lo que está ocurriendo es apasionante. Partiendo de la historia de un chaval que se busca la vida como puede, Chevrier firma un desarmante retrato de las diferentes caras de la precariedad zillennial: la dificultad para encontrar trabajo (con entrevistas laborales que ponen los pelos de puntas a base de despotismo institucional), el vagabundeo de casa en casa porque tener casa propia es inviable, el poco fructífero intento de despegarse de la sombra de los padres para acabar volviendo a ellos por culpa de todo ese cúmulo de circunstancias adversas incontrolables que le ha tocado vivir a la Gen Z (la pandemia COVID, evidentemente).
De hecho, la familia es particularmente importante en “Foto por privado”. Especialmente, en lo tocante a una figura del padre siempre tan potencialmente problemática en la construcción de la identidad de un niño gay: el padre como ese hombre al que el protagonista abrazaba constantemente de pequeño hasta que de repente ya no, el padre como la mirada de silencioso reproche al encontrárselo vestido con la ropa de la abuela, el padre como ese modelo de zapatos que siempre viste y que el prota no quiere pedirle como regalo porque sabe que vestir su mismo modelo de zapatos se parece demasiado a seguir sus pasos. El padre primero como una presencia distante, finalmente como una ausencia presente.
Más allá de la importancia de la familia como fuerza que se rechaza pero hacia la que es imposible no verse atraído, Chevrier también retrata otro rasgo identitario zillennial: su economía relacional. El protagonista de “Foto por privado” habla de “el amor” cuando en realidad está hablando de “el sexo”. Una confusión (o no) que late en el corazón de un sistema de relaciones gay que también aplica al mundo hetero actual: “Cuando una ruptura con un hombre se concreta, poco importa el grado de la relación, me conecto en Grindr y encuentro a alguien a la media hora. Una vez concluido el asunto, me quedo generalmente solo, aliviado y saciado de dopamina por esa noche. Después del contacto con otro cuerpo, pienso menos en la ruptura. El que lo ha precedido desaparece, durante un rato. Y, en cuanto reaparece la sensación de vacío, abro Grindr otra vez y busco al próximo chico contra el que restregarme”. Las relaciones sexoafectivas del mundo real practicadas como el scroll infinito del mundo virtual.
La sucesión de cuerpos a los que el protagonista se entrega, con la misma brevedad y sequedad de los microcapítulos de la novela, le conduce a pensar que siempre hay algo mejor esperando a la vuelta de la esquina. Una promesa que justifica la liquidez de sus movimientos serpenteando alrededor de unas relaciones y encuentros que a veces son con clientes (porque, por cierto, una de las formas en las que se busca la vida es la prostitución… y aquí se cierran los parentescos con “La nit més clara”), y otras veces son polvos rápidos a golpe de Grindr. Ambas posibilidades, sexo comerciado o sexo liberado, se confunden al recibir el mismo tratamiento desde la superficialidad y la desafección.
En cierto momento del libro, el protagonista menciona a una psicóloga con la que habla de su enfermedad mental. Y entonces todo cuadra, por mucho que nunca se acabe de especificar cuál es precisamente esa enfermedad mental. Ni falta que hace. Cada lector puede diagnosticar lo que le dé la gana a partir de un cuadro sintomatológico en el que se suman desapego, distancia emocional y tendencia asocial. También una compulsión obsesiva que se plasma en forma de fijación con Daniel Schook, un chaval (el de la portada de esta edición de Random House) fotografiado en 1981 por Peter Hujar con el que el protagonista se ve claramente identificado, por mucho que no lo haga de forma consciente. Los paralelismos entre Daniel y el protagonista son incontestables: las descripciones físicas de ambos, la preocupación por el VIH y las infecciones de transmisión sexual (algo que resuena en la muerte de Hujar y su entorno por complicaciones derivadas del sida), la búsqueda de los padres perdidos…
Este hermanamiento entre el protagonista y Schook pega especialmente fuerte cuando, al final de todo, el primero descubre que el segundo siempre fue una especie de alien: “En el artículo de Maureen Dowd se precisa que le gustaba maquillarse desde la edad de cinco años y que no creía proceder de este planeta. En mi cuaderno, apunto que pasó treinta años tratando de encontrar el suyo”. Schook se revela entonces como una obsesión que ha actuado como espejo en el que aceptar la imagen propia. ¿Pero no son todas nuestras obsesiones precisamente un reflejo de nosotros mismos? ¿No estamos hablando entonces de un narcisismo que ya no es feudo exclusivo de los zillennial, sino que también nos afecta a ti y a mí por igual? ∎