En estos tiempos de saturación audiovisual en los que vivimos, con un exceso de series que provoca que unas se superpongan a las otras hasta hacerse casi indistinguibles, resulta sorprendente hallar una obra como “Superestar” (2025), que destaca, a pesar de sus imperfecciones –que en cierto modo son parte de la propia obra– por su imaginación y originalidad.
“Superestar” se centra en una de las épocas más sórdidas de la televisión española, la década del dos mil, con programas tipo late night show como “Crónicas marcianas”, nave de extraterrestres y extraterritoriales, de freaks y malvados, que captó la atención de millones de espectadores. Un período que aquí Nacho Vigalondo (Cabezón de la Sal, 1977), creador y director de la miniserie, narra de forma más interesante en realidad de lo que fue y que tiene como protagonista a un personaje que es fruto, o más bien producto, de esa época: la cantante Tamara.
Así, Vigalondo ha filmado un “Ha nacido una estrella” a la española, acentuando lo grotesco y lo esperpéntico de ese mundo que tiene algo de pesadilla lynchniana en botijo, y que mezcla lo surreal con lo fantástico, el humor negro con el sainete, para hacer un retrato de Tamara y la época en que se hizo famosa. Huyendo del realismo y de lo verosímil (los personajes eran efectivamente inverosímiles pero reales, existieron), Vigalondo es consciente de que en ocasiones solo a través del exceso puede surgir un destello de verdad, podríamos decir. No es por tanto casual que en uno de los episodios aparezca el famoso callejón del Gato, donde algunos de los protagonistas de “Superestar”, como Leonardo Dantés o Arlequín, se miran en los mismos espejos deformantes que ya mencionó Valle-Inclán en “Luces de bohemia” (1924). En cierto modo, ellos mismos son imágenes deformadas de sí mismos, irreconocibles.
Otro de los hallazgos de “Superestar” es que la serie se centra, más que en Tamara, en los buscafortunas que la rodearon, y que narra su periplo vital de forma no cronológica. Cada episodio cuenta la vida de cada colaborador, amigo o enemigo que tuvo que ver con la ascensión de Tamara al estrellato. Son historias narradas desde una radical subjetividad que roza lo delirante, personajes trash del mundillo televisivo, caso del compositor Leonardo Dantés, el vidente de verduras Paco Porras, el mánager conocido como Arlequín, el cantante Tony Genil y la rival de Tamara, Loly Álvarez. Aunque quizá el personaje más interesante de la serie, además de Tamara, es la sobreprotectora madre de la cantante, Margarita Seisdedos, también protagonista de su propio episodio. Una mujer que acaparó la atención de los medios por defender a su hija a capa y espada y que tenía una fe fatal en la cantante.
Pero el episodio más sorprendente y provocador de “Superestar” es el dedicado al vidente Paco Porras, cuyos delirios y aventuras sobrenaturales llevan la serie al límite. Es el personaje que en cierto modo resulta más actual, ya que se ve envuelto en conspiraciones y colabora con extravagantes sociedades secretas capaces de conocer el futuro, amenazado por el feminismo que representa la propia Tamara.
Así, “Superestar” actualiza la tradición esperpéntica, el surrealismo buñueliano, aunque sea a través de Lynch, y el kitsch almodovariano, pero de una forma absolutamente libre, divertida y desenfadada, con escenas que recuerdan a series como “Atlanta” (Donald Glover, 2016-2022). Pero también, como decía al comienzo, “Superestar” es una serie imperfecta. A veces pierde el ritmo y otras se vuelve repetitiva, defectos que en cierto modo son aquí virtudes, porque logran que salga de lo homogéneo, de ser un producto prefabricado de Netflix. La serie tiene algo de monstruoso en el sentido de que es única e irregular, y cada episodio sorprende más que el anterior. No sabes qué te vas a encontrar. ∎