Lo que distingue a “Tierra de mafiosos” (2025-) del aluvión de dramas criminales de prestigio no es tanto la arquitectura de su trama (la enemistad generacional entre los Harrigan y los Stevenson) como la atmósfera de inevitabilidad que se va espesando a lo largo de los episodios. Ronan Bennett (Belfast, 1956), apoyándose en la experiencia de haber moldeado la crudeza sociológica de “Top Boy” (2011-2023), escribe una serie donde el brillo superficial de la aristocracia mafiosa convive de forma incómoda con la corrosión moral subyacente. Y con Guy Ritchie dirigiendo los primeros compases en su mezcla característica de espectacularidad y brutalidad, la serie parece al principio la enésima estilización de la mafia londinense. Pero lo que se despliega después es más oscuro, más sombrío y más ambiguo: una meditación sobre el legado, la familia y la carga de mantener la maquinaria de la violencia engrasada y funcionando.
El centro de gravedad no es Conrad Harrigan (Pierce Brosnan), el patriarca imperioso, ni Maeve (Helen Mirren), la matriarca cuya elegancia encubre un pragmatismo despiadado, sino Harry Da Souza (Tom Hardy). Fixer de oficio, Harry es en realidad un eje trágico. Mantiene en marcha las operaciones de los Harrigan, saltando entre disputas, sofocando brotes de caos, enterrando cuerpos tanto en sentido literal como figurado. Hardy, tantas veces inclinado hacia personajes de extravagante amenaza, interpreta aquí con una contención inusual: un aire casi administrativo de cansancio, roto por arrebatos súbitos de ferocidad. Su intimidación reside en la calma: la voz baja, la mirada sin prisa, la certeza de que la violencia siempre está al alcance.
En el otro lado del espectro se sitúan los Harrigan y los Stevenson, encarnando el exceso. Su rivalidad se enciende por un arrebato juvenil: Eddie Harrigan, nieto de Conrad, arrastra a Tommy Stevenson a una noche de club que termina en sangre y desaparición. Lo que podría haber quedado en gamberrada se transforma en guerra abierta. Lo importante no es tanto el suceso inicial como sus ondas expansivas: la sospecha que se multiplica, las alianzas que se tensan, cada decisión de ocultar o vengar que agrava el desastre.
Lo que eleva a la serie por encima del cliché es el reposicionamiento sutil de la autoridad dentro del clan Harrigan. Brosnan interpreta a Conrad con altivez fatigada, pero es Mirren quien emerge como estratega y árbitro. Su relación con Conrad oscila entre consejo y mando: le permite creerse soberano mientras ella decide si la familia se inclina hacia la venganza o la contención. Su indulgencia con el carácter caótico de Eddie se convierte en uno de los hilos más inquietantes de la temporada, una maldición generacional disfrazada de orgullo materno.
Hay ecos de “Los Soprano” (David Chase, 1999-2007) en la exploración de la familia mafiosa como unidad disfuncional, y de “Ray Donovan” (Ann Biderman, 2013-2020) en la figura del fixer atrapado entre mundos. Que “Tierra de mafiosos” naciera como spin-off de “Ray Donovan” es más anécdota que destino, pero el parentesco permanece: Harry pertenece a la estirpe de hombres cuya misión es hacer manejable lo inmanejable, pagando un precio altísimo. Donde “Top Boy” extraía fuerza del realismo granular, “Tierra de mafiosos” opta por la escala operática, aunque la obsesión de Bennett sigue siendo la misma: cómo la violencia sistémica se filtra en lo íntimo, en los matrimonios, la lealtad filial, la amistad.
“Tierra de mafiosos” no reinventa el género, pero talla un nicho tonal distintivo: sombrío, elegíaco, menos interesado en el vértigo del crimen que en el agotamiento que provoca. Puede que no deslumbre con innovación, pero en sus texturas de claroscuro y en sus interpretaciones pesadas de cansancio consigue algo más raro: transmitir un mundo tan saturado de violencia que el verdadero drama reside en el esfuerzo por contenerla. ∎