Max Fridman es francés y reside en Suiza durante la agitada década de 1930. En Ginebra regenta un negocio de importación de tabaco que justifica sus continuos viajes: la tapadera perfecta para alguien que, como él, ha estado durante años vinculado a la Firma, una agencia de los servicios secretos franceses. Ahora está alejado, pero como ya le advirtió uno de sus colegas, “nunca se está del todo fuera de la Firma”. Max Fridman es el personaje más popular del italiano Vittorio Giardino (Bolonia, 1946), un ingeniero electrónico que decidió dedicarse a la historieta y que hoy es uno de los grandes clásicos del cómic, un maestro del género policíaco que, en sus manos, se funde con la crónica histórica.
En su primera aventura, “Rapsodia húngara” (1982), Fridman viajó a Budapest. En la segunda, “La puerta de Oriente” (1986), se desplazó a Estambul. Después participó en la Guerra Civil española en otro espléndido episodio titulado “¡No pasarán!” (1999). Años más tarde, en el bar de un hotel le preguntarán con reproche: “¿Ha luchado por los rojos?”. Y él responderá, imperturbable: “He luchado por la República”. En las obras de Giardino no hay diálogos gratuitos.
Ahora llega con su última y voluminosa entrega, “Max Fridman. Los primos Meyer” (2025; Norma, 2026), con traducción de Gema Moraleda. El álbum, que puede leerse con independencia de los anteriores, nos traslada hasta Viena, en abril de 1938, cuando Austria acaba de ser incorporada al Tercer Reich. Los Meyer del título son una familia judía ilustrada de la burguesía vienesa que asiste, incrédula, al auge del nazismo. Las páginas retratan con precisión cómo muchos austriacos pasaron de la incredulidad al horror en muy poco tiempo. “¿Crees de verdad que el país de Mahler, Zweig, Roth y Werfel asumirá un régimen antisemita? –se pregunta el patriarca del clan– ¡Qué tontería!”. Luego, la realidad se impone, testaruda. Los judíos son despedidos de su trabajo, se les impide relacionarse con arios, sus bienes e incluso sus casas son confiscados. Deberán buscar la manera de escapar y nadie mejor que ese primo lejano que vive en Ginebra para intentar sacarlos del país.
Sin perder el aplomo, Max Fridman sabe moverse entre traiciones, delaciones y falsas apariencias. No es un héroe convencional porque su autor quiso hacerlo distinto. En algunas ocasiones, Giardino lo ha definido como la antítesis de James Bond porque no es alto, ni joven ni tampoco especialmente guapo. Sin embargo, eso no le impide acabar, una y otra vez, en brazos de bellas mujeres viviendo historias de amor intensas pero crepusculares, pues nacen ya marcadas por un inevitable final. Con “Los primos Meyer”, Giardino homenajea a quienes, en algún momento de su vida, se han visto obligados a abandonar su hogar de un día para otro, obligados a meter toda su vida en una maleta, como cuenta el autor en el prólogo. Este es un álbum con una intriga de espionaje clásica y, al mismo tiempo, un álbum político con inquietantes resonancias con la actualidad. Poco importa que el protagonista tarde más de 70 páginas en aparecer; el objetivo es retratar, primero, el ambiente de esa Austria recién anexionada y la mancha fascista que se extiende imparable.
Narrador original y ambicioso, Giardino despliega un ritmo cinematográfico pausado donde las viñetas son como gotas de una fina lluvia: no nos damos cuenta y al rato estamos impregnados con el relato. Aunque sus tramas beben de Greene y Le Carré, y en su grafismo resuenan ecos de Tardi, Pratt y Manara, Giardino nunca ha pretendido imitarlos. Al contrario: ha aprendido de ellos para consolidar una obra absolutamente personal. Su meticuloso dibujo reconstruye la memoria de un tiempo y de un espacio para que podamos habitar en los escenarios de la ficción. Pero, finalmente, el encanto de sus historias se debe también a la autenticidad de sus protagonistas. Los personajes de Giardino poseen algo muy difícil de encontrar: la hondura. Hay en ellos un poso que les da entidad, que los define y los hace genuinos y humanos. Con ellos el autor sabe que puede embarcarnos en cualquier historia porque enseguida nos rendiremos a su encanto. ∎