Todos los proyectos ligados a la música urbana de la última década nacieron de una economía del impacto inmediato, sostenida en imaginarios de exceso, sexualidad explícita y desafío juvenil. Cuando esa estética se prolonga demasiado, corre el riesgo de dar cierto lache; cuando se modera o se depura, puede leerse como un proceso de integración en lógicas más amplias del mercado. En ese punto aparece una tensión clásica entre autenticidad, maduración y profesionalización. Dentro del contexto español, esa tensión se vuelve especialmente visible en artistas que construyeron su identidad pública desde figuras hiperbólicas como la del dealer, la hoe o la chica mala. Mantener esos códigos intactos durante una década puede resultar repetitivo; abandonarlos por completo puede desactivar parte del magnetismo inicial del proyecto. Es difícil sostener un discurso de madurez cuando el personaje nació, precisamente, de una intensidad adolescente.
Bad Gyal no ha dejado de hablar de los mismos temas, pero lo hace hoy desde una lírica más contenida y un sonido menos agresivo. Su trayectoria, construida inicialmente a partir de una relectura local de los sonidos jamaicanos y caribeños, se amplía en “Más cara”, su nuevo álbum, hacia un espectro más claramente latino. Aquí aparecen con mayor nitidez el reguetón clásico, el merengue house, la guaracha o el kompa, géneros que se incorporan a su universo sin romper del todo con el dancehall, el shatta o esa pulsión jamaicana que definió sus primeros trabajos. Bad Gyal no solo cita o adapta esos códigos, sino que se inserta de lleno en una industria y en un lenguaje que hoy circulan globalmente bajo el paraguas de la “música latina”, un término que a menudo desborda lo estrictamente latinoamericano para englobar músicas en español pensadas para un mercado transnacional.
El disco se abre con la canción que le da título, un tema que ya no mira tanto a Kingston como al reguetón global, con pads heredados del dancehall pero organizados dentro de una estructura pop mucho más clara. “La iniciativa”, junto a J Álvarez, va todavía más lejos: reconstruye deliberadamente el reguetón romántico de principios de los 2010 y lo hace además en colaboración con una de las figuras que ayudaron a definir ese sonido. “Choque”, con Chencho Corleone, prolonga ese gesto de filiación directa con la genealogía del género, mientras que “Noticia de ayer” mezcla house con merengue.
La producción, coordinada por Cromo X, sirve precisamente para ordenar ese mapa de referencias. Lo que en otras etapas podía parecer una playlist dispersa de influencias se convierte aquí en un cuerpo claramente pop. “Un coro y ya :)”, por ejemplo, mira al R&B de finales de los noventa, ahora que el género vuelve a ocupar espacio central en el mainstream tras años en los que el mercado afroamericano había privilegiado estéticas más agresivas. Algo parecido sucede con el tratamiento de la sexualidad: en sus primeras etapas, Bad Gyal trabajaba con una explicitud más brusca, heredera del trap español de finales de la década pasada. En “Más cara” ese registro se estiliza: sigue presente, pero aparece menos dependiente de la provocación inmediata y más integrado en una estética pop.
En ese sentido, el disco puede leerse también como una respuesta al problema inicial. ¿Qué ocurre cuando una artista construye su identidad a partir de una intensidad juvenil difícil de sostener con el paso del tiempo? “Más cara” conserva la noche, el club, el cuerpo y la pose desafiante, pero los sitúa dentro de una arquitectura más ambiciosa, más internacional y más claramente profesionalizada. Hay menos sensación de underground, y, en realidad, Bad Gyal lleva tiempo sin pertenecer realmente a ese espacio (si es que alguna vez lo hizo del todo), pero en sus trabajos anteriores todavía persistía cierta textura áspera, un eco sucio que transmitía cercanía y riesgo. Aquí, en cambio, todo suena más pulido, más grande y más pop. La cuestión es qué se pierde cuando una artista deja de parecer una anomalía de club para convertirse definitivamente en una estrella. ∎