Álbum

Bleachers

everyone for ten minutesDirty Hit, 2026

Hay cosas que son difíciles de creer. Es difícil de creer que la Tierra es plana, que tras la entidad del misterioso eme punto rajoy no se oculte un expresidente del gobierno español al que eligieron los vecinos o que el Real Madrid es el mejor club de mundo. También son difíciles de creer los discos de la banda de Jack Antonoff, Bleachers.

Tampoco se trata de psicoanalizar al personaje, pero… Más allá de lo que expone en sus canciones, letras en las que no oculta ese (a veces incomprensible desde este lado de la acera) tormento vital (expuesto ya desde la misma portada de este álbum) del que lo ha petado y sigue sintiéndose una incomprendida alma en pena en la sociedad contemporánea del odio virtual que tanto daño puede causar en la confianza y autoestima del creador sensible, el problema de Antonoff siempre ha sido balancearse en ese columpio en el que en un extremo hay la necesidad de sentirse un autor respetado, para luego virar hacia el lado en que el pesa la pulsión de escribir blockbusters pop. Dos querencias que no son del todo incompatibles, pero no se puede ser al mismo tiempo Bruce Sringsteen y Maroon 5. Bon Iver e Imagine Dragons.

A todo esto, supongo que tampoco debe ser fácil interiorizar y asimilar ser uno de los productores más relevantes e influyentes del siglo XXI, responsable directo de algunos de los éxitos más rutilantes de figuras de la dimensión de Taylor Swift, Lorde, Lana Del Rey, St. Vincent, Pink, Florence And The Machine, Kendrick Lamar, Sabrina Carpenter, Doja Cat… (suma y sigue), pero que sobre tu proyecto musical siempre pesen unos cuantos interrogantes. Con “everyone for ten minutes” las cosas no cambian en exceso. Por no decir que no cambian nada.

El nuevo álbum de la banda de Antonoff –tipo muy especialmente perseguido por el salseo y los titulares rosáceos: ha sido pareja de Scarlett Johansson, Lena Dunham (quien se ha tomado buena venganza de sus años juntos en la autobiografía “Famesick”, publicada este pasado mes de abril) y ahora parece estar felizmente casado con la actriz Margaret Qualley– padece del mismo mal que sufrían sus anteriores entregas. E incluso de la misma patología que dolían sus proyectos anteriores, Steel Train y Fun.: preocuparse más por el cómo que por el qué.

“everyone for ten minutes”, título sacado de una opción de la configuración de los AirDrop de Apple que, durante diez minutos, claro, te permite compartir archivos con todo quisque (una posibilidad que me temo solo conocía, y de la que por tanto solo ha hecho uso, Antonoff), son once temillas amables, con cierto atractivo, pero que acaban resultando reiterativos y, al final, algo cansinos. Por ahí en medio hay un par de piezas que volverías a escuchar: “dirty wedding dress” o “take you out tonight”. Y cuando lo vuelves a hacer, te topas con lo que ya sabías, que, en su ansia por ser el nuevo Bruce Springsteen, el Dylan de su generación (y en muchos momentos lo consigue, pero en una versión azucarada, forzada, artificiosa y sobreproducida), Antonoff acaba desperdiciando su talento dedicando más tiempo al continente que al contenido. A la estética y la cosmética que a la naturalidad; a pretender ser auténtico, cuando la autenticidad no es algo a lo que se pueda aspirar: se es auténtico o no se es (en este punto recomiendo leer el ensayo de Han Laguna: “Yo siendo yo. El teatro de la autenticidad en las estrellas del pop”). El tipo sabe juntar tres acordes, eso es innegable, así que el día que se proponga ser él, seguramente hará su mejor disco. ∎

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