“Essex Honey” es el primer disco que Devonté Hynes firma como Blood Orange en seis años. Desde su “Angel’s Pulse”, de 2019, se ha estado dedicando, fundamentalmente, a la composición de bandas sonoras y otras músicas de tradición escrita: ha escrito el soundtrack de “We Are Who We Are” (la miniserie de Luca Guadagnino para HBO), entre otras cinco obras cinematográficas, ha musicado una pieza en el Barbican Centre junto a la Orquesta Sinfónica de Londres y ha estrenado su sinfonía “Naked Blue” en la orquesta nacional Île-de-France en París, entre otros logros. Lo lógico sería pensar que en “Essex Honey” conviven la faceta R&B de Blood Orange con el gusto por el clasicismo de Hynes, como si ese desdoblamiento en su personalidad por fin se fusionara. Sin embargo, hay mucho más que ese contraste premeditadamente impostado en su nuevo disco.
En 2007, Hynes se mudó a Nueva York, ciudad donde actualmente reside, si bien pasó casi toda su infancia en Essex, al sureste de Inglaterra. Apuntarse a una liguilla de fútbol en los Estados Unidos, cargando las zapatillas de tacos en la misma bolsa en la que también llevaba sus partituras, le ha procurado una regresión a su infancia: así, “Essex Honey” es un mapa sonoro no solo de su niñez, sino también de su tierra natal. Su enfoque combina con habilidad elementos del pop alternativo, el R&B y otras manifestaciones urbanas, pero lo que realmente distingue su trabajo es la coherencia de esa ambición artística, dibujando un mapa sonoro de Essex en el que todas las tendencias conviven sin pisarse unas a otras.
Por tanto, “Essex Honey” parece un collage fragmentado en el que, si bien el final de una canción parece conectar con el principio de la siguiente, las texturas se entrelazan desde un planteamiento casi anárquico, como si hubiera tratado de condensar todos los discos que marcaron su infancia en uno solo: algo así sucede con el jungle que rompe en mitad de “The Last Of England”, con el indie clásico de “The Train (King’s Cross)” o con los arreglos sinfónicos de “Vivid Light”. Por ello, la intencionalidad del álbum va cambiando de forma abrupta: “Mind Loaded” pasa de un piano arpegiado a otro percutido con rabia casi de la nada, y en “Vivid Light” se detiene el ritmo lo-fi para dar pie a un solo de chelo, combinando capas que, pese a todo, no se suceden con agresividad.
Los recuerdos, sin embargo, nunca se presentan en su forma plena ni objetiva; siempre están velados por una neblina de percepciones fragmentarias, desplazamientos temporales y reinterpretaciones constantes. Hynes, que reside en Nueva York desde los 21 años, aborda su Essex natal a través de una memoria necesariamente borrosa, tan difusa y mutable como el reflejo que intenta reconstruir del lugar y de su propia infancia. Esa misma lógica, unida a su gusto por la música de tradición escrita, se traslada a las colaboraciones que pueblan el álbum (Lorde, Caroline Polachek, Daniel Caesar, Mabe Fratti, Tirzah o Brendan Yates de Turnstile, entre otros), que funcionan como resonancias de su trayectoria reciente en la música clásica: Hynes escribe para que otros interpreten. Además, toda esa bruma de voces también funciona, justamente, como ese collage fragmentado que representa su memoria, configurando un paisaje sonoro híbrido y polisémico.
“Essex Honey” es de lo más experimental que ha aparecido en 2025 dentro del espectro del pop, y no ha sido tanto por intención propia sino por llevar desde la era prepandémica aprendiendo otros sistemas tonales y modales para ser capaz de quebrarlos a su antojo. Así, el nuevo disco de Blood Orange, como cualquier memoria, está plagado de grietas, recuerdos y otras partes borrosas: es un recuerdo de todo lo que ha sido, pero también un reflejo de la persona en la que se ha convertido. ∎