Esta noche y todas las noches, durante muchas semanas, meses. Ahí estará Bowie una y otra vez. El deseado, el hermoso, el elegante e indescriptible dandi que antaño fuera un extraño andrógino y que hace ya tiempo decidiera dejarse de gaitas, el gran Bowie, tiene para el 84 un LP a su altura. Con Bowie siempre hay incertidumbre, jamás se sabe si su siguiente producto será un patinazo o una obra maestra. Esta vez no ha llegado a ninguno de los dos extremos. Esta vez ha hecho, sin más, un álbum coherente y bien pensado, perfectamente pulido y sin duda pergeñado pensando en un gran show en directo. No es el mejor LP de Bowie, ni tampoco el peor, pero sí es, con diferencia, el más original de cuantos ha parido en los últimos cuatro o cinco años.
La cara A es lenta, muy lenta, más lenta que un trámite de urgencia en las Cortes; es un derroche furibundo de tranquilidad relajante. Cargada de sugerencias jamaicanas, de ese reggae con el que a Bowie le gusta tanto jugar últimamente. La B es todo lo contrario: fuerza (comedida, lógicamente), aspereza de cuando en cuando, intensidad, colores varios.
Excelente “Blue Jean”, entusiastamente “Tumble And Twirl”, aplastante el viejísimo “I Keep Forgettin’” (tema de Leiber y Stoller para Chuck Jackson firmado allá por el 62). Y como postre, perfecta la guinda, un “Dancing With The Big Boys” (con Iggy Pop) que rompe con todo.
Un álbum, por tanto, complejo y completo, irreprochable e inteligente. A Bowie le queda cuerda como para dar con ella varias vueltas al mundo. Es el sujeto que mejor y más sabiamente evoluciona de cuantos viven del rock sofisticado. ∎