Existe una paradoja en la trayectoria en solitario de Ed O’Brien que exige una mirada más severa de la que suele concederle el relato oficial. Tras tres décadas definiéndose por su habilidad para disolverse en la arquitectura colectiva de Radiohead, el guitarrista firma ahora un trabajo a título personal, con su nombre completo. No es un gesto trivial: es la enmienda directa a su primer intento.
En 2020, bajo las siglas EOB, publicó “Earth”, nueve composiciones marcadas por su estancia en Brasil que basculaban entre un folk acústico al desnudo y destellos de electrónica bailable. Aquel debut reveló una limitación evidente. Una voz adiestrada durante años para empastar sin sobresalir resultaba idónea como recurso textural, pero endeble al asumir el peso melódico principal. “Earth” confirmó que O’Brien domina el diseño del espacio sonoro con mayor soltura que su propia ocupación de ese espacio.
Ahí conviene detenerse, porque es la clave que se suele pasar por alto al hablar de este músico. En Radiohead, Thom Yorke aporta la neurosis y el texto; Jonny Greenwood, la tensión matemática y el arreglo docto. O’Brien fue siempre el meteorólogo del grupo, el encargado de diseñar el clima y la profundidad bajo los que respiraban las canciones de otros.
“Blue Morpho” no es el intento de un guitarrista por demostrar tardíamente que sabe componer himnos pop. Es la emancipación de su verdadera especialidad. El disco no compite con Yorke en rango vocal –O’Brien prefiere el recitado casi eclesiástico de fondo, parece un Tim o Jeff Buckley de bolsillo, la invocación antes que la melodía–, sino que demuestra que el delay, la reverberación y el arreglo pueden sostener por sí solos el peso narrativo de un álbum entero. Es el borrado deliberado del héroe de guitarra para convertirse en arquitecto ambiental.
La historia pequeña que rodea el disco –la catarsis tras un colapso personal durante el confinamiento, la sanación a través del paisaje galés, la afinación a 432 Hz– merece un escepticismo que la mayoría de opiniones le ha negado. La industria ha convertido la revelación del trauma en credencial automática de trascendencia, y ese discurso terapéutico, si se le deja hablar solo, tiende a la neutralidad new age.
Lo notable de “Blue Morpho” es que ese discurso fracasa una y otra vez frente a la producción de Paul Epworth, que sabotea la paz prometida con decisiones muy poco meditativas: el bajo físico y casi amenazante de “Teachers”, la pulsión motorik que devora los últimos minutos de “Incantations”. O’Brien busca (y no encuentra) la trascendencia espiritual de John Coltrane y el minimalismo pastoral de Talk Talk, pero lo que hace interesante el disco es la claustrofobia británica que sigue filtrándose entre las grietas de ese propósito.
Esa fricción entre la teoría y la práctica del álbum tiene su expresión más nítida en “Blue Morpho” –el tema y segundo corte–, donde O’Brien roza una zona inesperada, próxima al imaginario orquestal de David Axelrod de cuerdas expansivas, bajo con cuerpo, batería grave y una construcción casi cinematográfica que no usa la orquesta como ornamento, lo hace como fuerza motriz. La referencia no remite tanto a una cita directa como a una manera de concebir la canción como paisaje dramático. Donde Axelrod llevaba el jazz, el funk y la psicodelia hacia una solemnidad urbana y visionaria, O’Brien mueve esa arquitectura hacia un territorio más contemplativo, ligado a la naturaleza, la suspensión y la idea de tránsito que recorre todo el álbum.
Esa misma lógica orquestal reaparece, transformada, en el desenlace, y ahí el LP plantea su contradicción más chocante. O’Brien declara haberse cansado del rock de guitarras convencional y busca refugio en el jazz, la música clásica, el ambient de raíz espiritual.
Sin embargo, el clímax de “Obrigado”, casi diez minutos que parten de una cadencia cálida y brasileña, termina siendo un homenaje explícito y masivo al Pink Floyd de “The Dark Side Of The Moon” (1973), con una guitarra deudora de David Gilmour y una Eska emulando el “The Great Gig In The Sky”. Tras el corredor abstracto y depurado de “Solfeggio” y “Thin Places” –esta última suspendida sobre la flauta de jazz espiritual de Shabaka Hutchings–, O’Brien abraza sin pudor el rock progresivo panorámico. Puede leerse como rendición o como aceptación; probablemente sea la gravedad inevitable del músico de estadio: se puede salir de la banda de rock, pero el rock de estadio no sale tan fácilmente de uno.
Ahí reside, de hecho, lo que distingue a O’Brien de sus antiguos compañeros. Mientras The Smile persigue la deconstrucción matemática y Philip Selway busca el intimismo folk como formas de distanciarse del manual de estilo de Radiohead, O’Brien es el único satélite que no teme sonar monumental.
Los ecos de “Hail To The Thief” (2003) en “Incantations” o el cruce imposible entre la delicadeza de Nick Drake y la esquizofrenia de “Paranoid Android” que define “Sweet Spot” sugieren que firmar con su nombre completo no era un intento de competir con Yorke y Greenwood –no tendría sentido–, sino de asumir con orgullo su cuota de responsabilidad en el sonido que intentó cambiar dos décadas de rock. Aunque no sé si lo consiguió. Lo dudo.
Conviene, en cualquier caso, resistir el vocabulario que acompaña al disco –la crisálida, el renacer, las alas– porque la evolución real de O’Brien se explica mejor en la arquitectura que en la metáfora. Siete piezas, poco más de 38 minutos, donde el sonido se dilata y se contrae de forma orgánica: la Tallinn Chamber Orchestra, tutelada por el estonio Tõnu Kõrvits, sumergiendo la guitarra bajo las cuerdas en el tema titular, la flauta de Hutchings actuando como bisagra espiritual en “Thin Places”.
La sanación que el disco promete no está en ningún verso. Está en la forma en que cada pieza acumula capas con lentitud antes de romper su propia tensión, que es, al fin, el único lenguaje que Ed O’Brien ha necesitado siempre para decir algo. ∎