La magia siempre ha rodeado la vida artística del autodidacta y genial Fernando Vacas. No sé si recuerdan a Flow y sobre todo a Prin’ La Lá. Este último proyecto ya contaba con arreglos orquestales en temas como “La vida de un electrón”. El cordobés, que no es muy prolífico ni ortodoxo, dos cualidades poco valoradas –me refiero a la reflexión pausada y a la apostasía estética–, tiene en su haber, además, algunas producciones señaladas –Russian Red, Howe Gelb, Martha Tchai– y otro álbum Everest como “A través de la luz. Una ópera flamenca” (2018), que también contaba con personas deslumbrantes como Rosalía, Lin Cortés, Niño de Elche, Sonic Youth, Remedios Amaya, Jorge Pardo y otros muchos colaboradores.
“Sinfonía de la paz” es un proyecto que ha estado rumiando en la mente de Vacas –letra y música– durante varios años, un músico escurridizo que no duda en autocalificarse de jipi y que, con arreglo al cliché, ensalza la paz y la femineidad, dos conceptos, metafísico y antropológico, a nivel de panacea a la hora de solucionar los conflictos que siguen asolando a la humanidad. No podemos entretenernos aquí en cuestiones culturales de semejante dimensión, pero si Jesucristo –el amo–, Pico della Mirandola –la dignidad–, Kant –la paz perpetua– y Gandhi –la resistencia pacífica–, primeros jipis antiguo, renacentista, moderno y casi posmoderno por este orden, no han podido evitar lo que todos vemos a diario en la televisión, no lo va a solucionar Fernando Vacas. La revolución por la belleza se ha mostrado inoperante a fin de evitar el sufrimiento, pero es indiscutible que sin ella todo sería mucho peor. Y aquí fluye un río entero.
Producido y mezclado posteriormente por Vacas y el legendario Youth –Martin Glover–, junto al ingeniero Iván Moreno, en sus Space Mountain Studios de Granada, el disco parte de las cinco pistas grabadas el pasado 20 de marzo –coincidiendo con el equinoccio de primavera– por Laureano Serrano en el cordobés Centro de Creación Contemporánea de Andalucía (C3A), “no con sonido ambiente, sino micro por micro”, tal como le contó Vacas a Jesús Rodríguez Lenin en su reciente entrevista. Retransmitido por Radio 3, el concierto contó con la Orquesta Joven de Córdoba, el Coro de Niños de la Escolanía de la ciudad –dirigido por Auxi Belmonte–, todo bajo la conducción de Michael Thomas, y un plantel heterogéneo de cantantes femeninas integrado por Amy Scott-Samuel (británica de Liverpool, del grupo de folk She’s In The Trees), Ladan (potente voz iraní), Lola Jiménez –cantaora jienense más conocida como LaLola–, Miriam Toukan (la vocalista palestina que acaba de colaborar con Lorena Álvarez en “El poder sobre una misma”), R.U.T (una madrileña que orbita entre la copla y el urban), Sarah Lee Guthrie (su abuelo, Woody Guthrie, registró en 1963 una canción titulada “Peace Call”), Shira Golan (judía de madre polaca-asquenazí y padre libio-musulmán: canta en ambos idiomas), Giorgia Fumanti (cantante lírica ítalo-canadiense producida en el pasado por Craig Leon), Svalarna (élfica artista sueca), Valentina Levchenko (ucraniana practicante de un folk experimental) y Estrella Morente, que no necesita presentación. También intervienen las guitarristas flamencas Luna La Hara y Teresa Jiménez, los percusionistas Jesús Ramírez y Al McAulay, Suze en las programaciones electrónicas, el mismo Vacas al piano y un equipo de cetáceos anónimos cuyos sonidos abisales fueron proporcionados por la Fundación TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary. La ambición ecuménica del director de esta empresa épica quiere contar en el futuro con Maria de Medeiros, Beth Gibbons, Noa, Patti Smith o Björk, además de llevar su espectáculo pacifista hasta París, Nueva York o Jerusalén. ¡Quién habló de Trump para el Nobel de la Paz!
“Floating In The Air, Peace In Our Hands. A Symphony For Peace” es un crisol coherente de influencias diversas que hacen de él una composición incatalogable con especial protagonismo de las voces. “NOWADAYS”, su primera pieza, por ejemplo, comienza con unos violines sostenidos a lo Sibelius, seguidos de guitarra española, vientos fúnebres, los famosos timbales de Richard Strauss y así sucesivamente, donde el peso de la melodía y de la armonía al servicio de la expresividad juegan un papel central. En estos casi diez minutos de obertura lo que flota en el aire no es precisamente paz, y menos con ese título, sino tensión, melancolía y añoranza atemperadas por esos reconfortantes timbres femeninos.
El viaje a la oscuridad catártica prosigue con “CHAOS”, el corte más largo del disco –once minutos–, donde sonidos humanos comparten protagonismo con ballenas y delfines –hay precedentes específicos como “Vox Balaenae” (1971), de George Crumb–. Pensamos que uno de los objetivos de Vacas ha sido mitigar simbólicamente el ego de los intervinientes, incluido el suyo propio. No hay forma más inteligente de transmitir artísticamente una idea política. La violencia, el llanto, la confusión y la beligerancia quedan representadas en su parte intermedia a base de free jazz disonante y otras discrepancias musicales, aunque las fases por las que transcurre la acción son tan variadas, incluida una llamada musulmana a la oración, que sería más tedioso de lo que viene siendo hasta ahora describirlas enteramente. Lo bueno del ex Prin’La Lá es que, al rebajar tanto la pedantería en todo lo que hace, induce en el comentarista ese estado de relajación ideal para quienes no somos expertos en clásica, recordando que hablamos de una obra inclasificable a la que llamar “sinfonía” no deja de ser una merecida convención.
La misma línea melódica fundamenta los dos actos restantes con ese coro de vestales consagradas a la belleza redentora envueltas en un apabullante manto sinfónico. “PEACE IN OUR HANDS”, el himno flamenco a la alegría del aventurero Vacas, lo más cercano al “pop” que pueda encontrase por aquí, da paso a “SOUND OF LIGHT”, en la que interviene más perceptiblemente la Escolanía de Córdoba. ¿No son los niños la luz de la esperanza? En lugar de flotar, que también, la pieza nos conduce a las profundidades de un océano acogedor escoltado por esos bellos mamíferos embajadores de la inevitable nota ecológica cuando se habla de paz –menos pacíficos de lo que creemos, sin duda más nobles que nosotros–. Es una imagen muy utilizada también en el cine, la del niño salvífico, otra disciplina con su propia narrativa, como hizo Stanley Kubrick al final de “2001. Una odisea del espacio” (1968). “CODA” pone el punto final a este trabajo colectivo que crece en emoción a medida que lo escuchas –pasa con las mejores obras–, apelando a un sentimiento puro, universalista e integrador, el de las “tres culturas” –sin énfasis innecesarios y más por voluntad: la realidad histórica de Córdoba, la ciudad donde se estrenó, es bastante más convulsa–, que no necesita mayor explicación. ∎