Álbum

Floating Points

Mere MortalsPluto-Deutsche Grammophon, 2026

La relación de la música electrónica y el mundo del conservatorio y el clásico-contemporáneo no es nueva, igual que este no es el primer disco de un productor/compositor de música electrónica en Deutsche Grammophon ni el primero que pone música a un ballet, una faceta hacia la que, sin ir más lejos, se ha reconvertido Thomas Bangalter de Daft Punk en los últimos años, con “Mythologies” (2023) y “Mirage” (2026). Por ahí “Mere Mortals” no sorprende demasiado, pero sí lo hace enseñando unas dinámicas musicales que hasta ahora podíamos tan solo intuirle a Floating Points: minimalismo, avant-garde, orquestal, ambient son términos que no desentonan en general con los proyectos de Sam Shepherd, y quien esté familiarizado con sus programas en NTS le habrá escuchado ya alguna salida más pensada para los auditorios… Esta vez el minimalismo se convierte directamente en totalismo apostando por la masa sónica –con la San Francisco Ballet Orchestra–, y la electrónica se queda detrás para poner a la orquesta en relevancia; presente más por su diseño sonoro, su valor como enlace narrativo y su capacidad evocadora que por su resonancia emocional.

“Mere Mortals”, claro, no es un disco normal. Pone música a un ballet coreografiado por Aszure Barton y basado en el mito griego de Pandora, y como tal sus humores están más pensados para representar los acontecimientos y sus temas musicales para presentar a los personajes. El primer movimiento, “Fire”, es más bien un drone lejano y apenas perceptible, y acercándose a los principios del reduccionismo y trabajando sobre el silencio captura la sensación de sigilo, la tensión quieta de Prometeo robando a Zeus el fuego para devolvérselo a los hombres. El violín de Cordula Merks, después, entra en solo representando esa devolución, un hálito de esperanza para la humanidad, pero el hurto ya ha desatado la ira de los dioses, que se descarga en el tercer movimiento en forma de un totalismo percutor que haría estremecerse a Glenn Branca. El dramatismo se le presupone a una historia sobre la Eva de la mitología clásica, mujer original que liberó todos “los males, amarguras, duras fatigas y enfermedades” de la humanidad contenidos en un ánfora entregada por los dioses, pero además encarna bien la intensidad de un ballet contemporáneo, esa armonía de cuerpos en esfuerzo.

Según el mito original, Zeus ordenó a Hefesto crear a Pandora para castigar a los hombres por la osadía de Prometeo. Esta orden llega entre voces celestiales resonantes, cortadas y pegadas, y es el único momento que puede encajar en cualquiera de los trabajos de Floating Points en el campo de la electrónica progresiva, como si el propio Zeus fuera Four Tet; resulta muy poderoso el contraste entre la iracunda explosión previa, esta orden divina casi delicada y la posterior creación de Pandora, que es ya un viaje orquestal cinemático con ecos, como toda la obra, del período ruso de Ígor Stravinsky. Hay algo de humor en la algarabía final, como queriendo capturar el ritualismo con el que el dios herrero se toma su trabajo, y unos tambores redoblantes acompañan el momento en el que se desvela definitivamente el resultado.

El sexto movimiento, “Pandora’s Theme”, funciona como un augurio de un modo que recuerda mucho al tema de Gollum en “El señor de los anillos. La comunidad del anillo”, pero donde aquel encuentra la liberación de la Comarca este halla una distorsión electrónica, una interferencia hecha con micrófonos de contacto: el destino de Pandora está escrito, y su misma existencia es tan solo un engaño de los dioses y la ruina de la raza humana. Todo lo que rodea su presencia en el ballet es furioso, cambiante, intensísimo, casi avasallador. Y su descenso a la Tierra, alienígena, es como ver estrellarse un meteorito de glitches y subgraves, además de marcar el momento en el que lo electrónico y lo orquestal colisionan con mayor claridad, como si dentro del corazón (por designio de Zeus “falaz y ladino”) de Pandora se debatieran con violencia la divinidad y la humanidad.

Prometeo, siempre suspicaz y receloso de las posibles argucias de Zeus, avisa a su hermano Epimeteo para que se mantenga alejado de Pandora en la forma de un ambient electroacústico con sintetizadores y una gran presencia de los vientos, pero el dios del trueno lo encadena a la cima del Tártaro mientras un águila devora sus tripas por toda la eternidad y Epimeteo, sin los avisos de su hermano, cae irremediablemente en el embrujo de Pandora. El arpa de Miriam Adefris baila en “Her Gift”, el décimo movimiento, con un Therevox ET 4.3 como baila la pareja, recién encontrada y envuelta en un romance tan pastoral como espectral; y efectivamente es algo así como el último baile, la calma antes de que se desate la tempestad, antes de que Pandora destape de una vez por todas el ánfora de los truenos. Todos los males se liberan en una composición, “Opening Of The Jar”, oscura, chirriante y terrorífica marcada por sustos de orquesta, drones ominosos, disonancias electrónicas, sombras insidiosas, señales diabólicas, helicópteros de guerra y colapsos industriales.

El final del ballet presenta una conclusión más o menos alternativa a las versiones canonizadas del mito: una humanidad agonizante vuelve a aparecer en el violín de Merks, esta vez acompañada también del metalófono de Victor Avdienko para una especie de súplica sin respuesta, y desde este momento parece que los dioses ya no están ni se les espera. La esperanza, lo único que queda en el ánfora tras el cataclismo, se libera con la timidez de las especies acuáticas que por primera vez tocaron tierra y asimilaron el oxígeno. Y en su vuelo, que parte del mismo tema que “A Plea”, que esa última súplica de la humanidad, no parece encontrar, por desgracia, ningún lugar donde posarse. La esperanza, al menos, es lo único que queda sobrevolando las ruinas de lo que hemos perdido. Y lo único que estará ahí para que lo atrapen los que quiera que vengan a volver a reconstruir. ∎

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