Después de la brillantísima pirueta que supuso el magnífico “Cuatro rosas” (1984), no era fácil la papeleta discográfica que aguardaba al grupo más madrileño de todos. Nada fácil. Enterrada su etapa siniestra y con un primer LP, “Que Dios reparta suerte” (1983), que no por frustrado dejó de establecer un concepto arriesgado dentro del panorama pop español, apostando sin remilgos por el desarrollo de un sonido propio que aglutinara influencias foráneas trituradas y adaptadas a un entorno concreto y “castizo” y reivindicando con ello una aplastante chulería de medios y disposiciones, los Caligari lograron plasmar sus razonamientos con abrumadora convicción en el citado mini-LP “Cuatro rosas”, seis canciones intachables y rotundas que, no todo iba a ser bueno, no encontraron su adecuado traslado al directo, quedándose enclenques, aburridas y desdibujadas sobre un escenario.
“Al calor del amor en un bar” es una profundización y extensión de la temática musical y literaria del anterior, diez canciones que los muestran totalmente maduros y dueños del resbaladizo terreno que pisan, diez temas impecablemente ideados y trasladados al vinilo ante los que no queda otra opción que la de rendirse y reconocer su valía, aunque, como en mi caso, pese toda una carga negativa por venir de donde vienen (no geográficamente, claro), con todo un background existencial, ideológico y estético con el que un servidor no tiene nada que ver ni esperar tenerlo en la vida… pero hay que ser objetivo, ¿no?
El álbum se abre con “Al calor del amor en un bar”, un perfecto cuadro de bares y amor arropado por una sorprendente mandolina; después, “A dormir”, balada ondulante que atrae por el desarrollo de un texto, como todos los suyos, sin equivalente conocido dentro de la música nacional. Sigue “El juego y el juguete”, quizá lo más flojo, preludio de “Rey o vasallo”, otra balada llena de ecos de la mejor música hortera/ligera de estos pagos (y no es un reproche). “El último tranvía”, un pequeño himno subrayado por la imprescindible voz de Teresa Verdera, no tiene desperdicio, como tampoco el inicio de la cara B, “Malditos refranes”, o “Las dos caras del mar”, guitarras perezosas recostadas en teclados de crepúsculos. “Canción del pollino”, “Por la paz” y “Esta canción no existe”, el resto, son igualmente supremas.
En fin, sin rodeos, un disco sobresaliente, mayor, acertado; lástima que presuman de ser “los que no saben, no contestan / Con excepción del uno-equis-dos / (somos) los que no tienen biblioteca / (y somos) más de un millón” porque algunos guiños cultamente utilizados con puñetera certeza los apartan, aunque ellos no quieran, de esas pretendidas y vulgares miras de general popularización masificada. De lo que no hay duda, no, es de que de los españolitos como los retratados en “Canción del pollino” hay más de un millón. Y así nos va luego. ∎