Cuando Gigi Masin perdió a su mujer hace cinco años tras una larga enfermedad que la había dejado postrada en la cama durante mucho tiempo, el duelo lo mantuvo en vela varias noches. Insomne y agotado, sentado frente al televisor a las cuatro de la mañana la noche después de que ella muriera, Gigi se topó con un documental sobre el aparima, la danza tradicional con la que las mujeres de Tahití y otras islas polinesias narran historias y leyendas de generación en generación. El vaivén de sus caderas, el movimiento sugerente de los brazos, los gestos de las manos y cada expresión del rostro representan palabras y emociones que trazan un lenguaje a través del cuerpo.
Viendo bailar a aquellas mujeres tahitianas, Gigi pensó en su esposa y todo el tiempo que ella había permanecido postrada, presa del dolor y los impedimentos de la enfermedad. En aquel momento eligió creer que donde quiera que se encontrara, su mujer también estaría bailando, libre de todo sufrimiento, esbozando una sonrisa llena de ternura. Y le dedicó todo un disco, “Vahiné” (2022), que tomó como título la palabra “mujer” en tahitiano, y que en muchos sentidos es el origen de “Movement”.
Con las imágenes de aquellos bailes polinesios impregnándose en la mente en un momento tan doloroso para él, Gigi reparó en un significado más profundo de la danza: el movimiento, coreografiado, sincronizado o completamente libre, como una expresión primordial de la vida en oposición a la quietud total que asola al cuerpo cuando muere. Ahora que ha cumplido 70 años y que él también está más cerca de su propio final, esa dimensión ontológica del baile recobra fuerza en la música más exultante y vigorosa que ha creado nunca.
Aunque su gama de sonidos ha incluido ritmos sintéticos desde hace décadas, sus temas nunca habían abandonado el patrón downtempo tal y como se definió en los años noventa: cuando aparecían, los bajos, los graves y las réplicas programadas de percusiones funcionaban como un amarre para las mareas de ambientes y texturas gaseosas, poniendo diques a las corrientes de música inasible, construyendo secuencias a partir de esa materia abstracta. Pero en varios de los momentos cruciales de “Movement” el ritmo cobra empaque y tamaño, ganando espacio, y el tempo se acelera fragorosamente. Masin proyecta una energía muy distinta a la habitual en él: el techno es el tirón gravitacional que ancla “Deception Dance”, corpulenta, tenaz y magnética, y también asienta el engranaje de “Golden”, rematada con ráfagas kosmische. El corte que da título al álbum se sirve de cadencias house y su tempo se dispara hasta la euforia de las 120 pulsaciones por minuto. Y los rodillos de ritmos de “The Age Of Sampling”, de caída industrial y peso de plomo, se abalanzan con la vehemencia del hip hop.
A estas alturas, esa versatilidad y esa libertad estilística no deberían sorprender a nadie que conozca bien el catálogo de Gigi Masin. Aunque su material en solitario siempre ha orbitado en torno a la misma decantación de una música horizontal y expansiva, vertida a lo largo del minutaje como el horizonte de azules y blancos cegadores de una salina, su trabajo colaborativo a lo largo de los años refleja una mente más abierta, más cómoda en la incertidumbre, siempre cercana a la libertad del jazz, algo especialmente evidente en “Dolphin” (2023), con el pianista Greg Foat, o “Postcards From Nowhere” (2019), con Jonny Nash, con quien también comparte ese gusto por los tonos desgastados por el sol y el espíritu balear de Gaussian Curve, junto con Marco Sterk (Young Marco).
Puede que la fascinación por el ritmo que Masin demuestra en “Movement” parta de una respuesta somática: adoptar el lenguaje del techno lo ayuda a manifestar un propósito inédito en su música, a ampliar el terreno de juego tras cuatro décadas en activo, rendido a los tempos elevados y la pulsión primitiva de noches sudorosas en sótanos abarrotados. Todo eso alude a una voluntad clara de evitar el estancamiento, de transformarse para seguir avanzando, algo inusual en compositores de su edad. Esa inclinación hacia el techno encuentra cabida entre los avatares más reconocibles de su sonido: el ambient extático y la perfección formal de “Bed On Mars”, que abre el álbum con parte de su música más conmovedora; “Lost”, con trompetas simuladas, sumidas en el curso de ritmos procelosos; o “UMI”, en la que se reafirma en sus costumbres melódicas sobre acordes de piano esparcidos.
A lo largo de los años, ha podido ser tentador menospreciar la música de Masin por su apego a los tópicos de la new age y las postales costeras de chill out, llegando a confundir su saber hacer con una concepción puramente utilitaria del ambient. Pero a través de su manera de atajar la melodía, de esa insistencia en las formas más reconfortantes de lo abstracto, discos tan extraordinarios como “Wind” (1986) o “Calypso” (2020) revelaban profundidad, corazón y una belleza que vuelve a imponerse en los momentos más inspirados de “Movement”.
Frente al letargo y la placidez de aquellos dos LPs formidables, este álbum suena más pedestre, frontal y vertical. Pero sirve para volver a reivindicar la maestría de Masin y su rol como padre del ambient mediterráneo junto con Suso Saiz. El sello holandés Music From Memory jugó un papel fundamental en la recuperación de ambos, rescatando su catálogo del olvido y reviviendo sus carreras. Para cuando idearon una retrospectiva de Masin con el recopilatorio “Talk To The Sea” (2014), él llevaba mucho tiempo alejado de la música, trabajando como funcionario de correos en su Venecia natal, después de que una inundación arruinara casi todo su equipo de estudio, incontables horas de grabaciones y buena parte de su archivo musical. ∎