Álbum

Hostia Pedagógica

Homo Lamentábilis › Limbo Starr, 2026
“Homo Lamentábilis” es el debut de Hostia Pedagógica y trae doce canciones que recorren la impotencia reflexiva de radiante actualidad, esa por la que sabes que las cosas van mal y sabes también que no se puede hacer nada al respecto. No-hacer-nada porque hacer-algo no sirve de nada, aun a sabiendas de que no-hacer-nada sirve todavía menos: algo así como dejar de separar envases en el contenedor amarillo porque Taylor Swift va al Mercadona en su jet privado.

El trío barcelonés viste la chupa del post-punk y tiene algo de Viagra Boys en castellano (la voz declamada, la mala leche, el asco a la oficina), aunque mientras Sebastian Murphy canta desde dentro del personaje del que se burla, Hostia Pedagógica prefieren señalar con el índice estirado, y el nombre del grupo ya avisa de cuál es su método: la canción explica y el oyente se sienta en el pupitre mientras toma apuntes. “Abajo con el trabajo” enseña bien cómo escriben: “El trabajo dignifica la piscina de tu jefe”, “Meritocracia… y si no ya te ayuda tu padre”, “Esta reunión debería haber sido un adiós”. Cada verso podría haber salido de un tuit, se entiende en un segundo y se comparte a la misma velocidad memética, que es como el grupo ha encontrado a buena parte de su público gracias también a ese nombre que funciona como un anzuelo. Es difícil no darles la razón, con la abolición del trabajo y con el empleado que piensa que va a heredar la empresa, aunque la complicidad suele llegar un poco antes que la carcajada. La precariedad ha sido contada muchas veces en clave de chiste (Camellos, Parquesvr) y otras tantas en clave más seria y con el ceño fruncido (Biznaga). Es un terreno delicado, porque quien carga con el discurso necesita notas a pie de página y quien carga con el chiste necesita el remate en el momento justo, y “Homo Lamentábilis” se mueve entre las dos orillas: toma prestado el tono de manifiesto de unos y la vocación de chiste de los otros, aunque a veces se queda con la pancarta sin la bibliografía y con el guiño sin la carcajada. Donde más brillan es cuando se dejan llevar por la curiosidad: “Ameba” mete en la misma canción a los tardígrados (esos bichos microscópicos capaces de sobrevivir al vacío del espacio) y la función geopolítica de los ríos, por qué no.

Musicalmente, el disco es guitarra, bajo y batería tocando juntos, con los arreglos justos para acompañar lo que dice la letra, con estrofas y estribillo que tienen algo de campa de festival y de litrona compartida, de ese rock combativo que se canta abrazado a desconocidos y que en este país tiene más tradición que el post-punk. Algo de la Barcelona reciente también se oye: el garaje de Las Ruinas y ese sonido Carmel del que, de hecho, salieron unos Medalla que ya repartían bofetadas en “Lengua afilada” (“Mano abierta, hostia en la cara”).

Hasta 2007, el Código Civil permitía a los padres “corregir razonable y moderadamente” a sus hijos, y la hostia a tiempo fue durante décadas un método educativo con aval legal. En “Homo Lamentábilis” la música hace de vehículo del mensaje, el medio para el fin, y cuando el mensaje llega (y llega a la primera, porque está escrito para eso) te bajas del coche. Tenemos la hostia y tenemos la pedagogía; ¿sabrá ese puño pintar también un lienzo? ∎

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