Álbum

Joan Miquel Oliver

RoïssosSatélite K, 2026

En catalán, “Roïssos” son las sobras de una comida o un ágape. Los restos. La ropa vieja. Todo eso que no se come a la primera, pero tampoco se desperdicia, porque se reserva para otra ocasión. En música se les suele identificar como descartes. Pero no estoy seguro de que esa sea la idea que alumbra el noveno trabajo largo de Joan Miquel Oliver, porque si algo no brindan estas canciones es ninguna aura de desecho. Simplemente van al tuétano de la canción. A su esencia. A su forma más deshuesada. A un formato austero de batería, bajo, guitarras y, de vez en cuando, una flauta travesera (sustituyendo a veces a las líneas de teclado) que les otorgan una corporeidad orgánica, crujiente como recién salida del horno, que particularmente me recuerda a algunas producciones de John Parish o de Mitchell Froom, a falta de paralelismos patrios (bueno, quizá el de Paco Loco). Independientemente de la forma, de ese acabado tan back to basics, forjado en el estudio de su casa en Felanitx, quizá por la necesidad imperiosa de no repetirse, conviene recalcar que también el fondo, lo que es la materia compositiva, está a la altura de cualquiera de los mejores momentos de su discografía. Y publicado, por cierto, en triple formato: vinilo, CD y casete. Como lo que es, todo un producto artesanal.

Resulta especialmente refrescante la forma en la que el cantante y compositor mallorquín se ha servido de ritmos ternarios y no binarios, a veces tan ambiguos que no disciernes si se adscribe a la primera categoría o a la segunda. Una vivacidad acrecentada por la concisión: la canción más larga de estas catorce solo dura tres minutos y catorce segundos. Solo cuatro rebasan los tres minutos. Es tremendo cómo logra, con una paleta sonora tan magra, mostrar una gama tan amplia de coloraciones, texturas, timbres y sensaciones. Cada nota, cada giro, cada instrumento cuentan. Cada elección, por menor que parezca, se revela determinante en el resultado final. Porque Oliver no es solo un gran prestidigitador del lenguaje, de un estilo intransferible cuyas cualidades no vamos a volver a glosar por no redundar en lo dicho cien veces: también lo es aquí del sonido. Aunque estas consideraciones seguramente le importen entre poco y nada. Nunca le ha interesado mucho lo que la prensa pueda decir de él.

Se me hace muy difícil destacar cortes particulares en un cancionero tan distinguido. Si acaso, me quedaría con la colaboración del siempre evocador Miquel Serra en una “Dins aquests dies” que revela su faceta más abiertamente pop (con la flauta travesera de Lauriane Orsini dándole el punto diferencial), con el escapismo levitante de perfil acústico de “Des d’una grossa”, con la dinámica casi ska de la radiante “Gent que mola un munt” (sería un hit veraniego perfecto en un mundo perfecto), con la delicadeza a ritmo de vals de la preciosa “Tu no hi ets” o el grácil dueto vocal con Lauriane Orsini en “Puzle no resolt”, con los coros beatleianos de “Carrer Morey”, con la hechura casi improvisatoria de “The Tuning Song” (suena como recién parida) o con el potentísimo spoken word de Xantal Rodríguez (Remei de Ca La Freca) en la telúrica “Faig snòrquel”, pura combinación de agua y fuego con las corrientes del Mediterráneo como marco mental, broche perfecto a otro disco sin desperdicio alguno, negando cualquier posible lectura sesgada de su título. ∎

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