A raíz de la publicación del single de avance “Twisted On A Train” –elegida como Canción del Día en Rockdelux el pasado 28 de enero–, nuestro compañero Nacho Serrano daba las claves no solo de la efervescencia rockera del tema, sino de la línea que seguiría el presente álbum de King Tuff, séptimo en la carrera del músico de Vermont. Un “back to basics” en toda regla. Por una parte, una vuelta a su estado natal desde su anterior residencia en California y, por otra que el propio Kyle Thomas confesaba, un regreso a la grabación analógica tras años de pasarse incómodas horas delante de la pantalla de un ordenador trabajando con softwares de sonido, moldeando ondas de frecuencia, seleccionando texturas, etc. No es que sus anteriores trabajos, “The Other” (2018) y “Smalltown Stardust” (2023), estuvieran nada mal. Ofrecían una versión más atmosférica y pausada de su forma de entender el rock y el power pop. La ilusión de trabajar con los instrumentos básicos del rock –guitarra, bajo y batería, todo grabado por él mismo, excepto la batería en siete canciones y el bajo en una– se traslada a las partituras. De hecho, el título del álbum, “MOO”, hace alusión al mugido de la vaca, sonido que el autor relaciona con la insuflación de vida por la vía natural.
En el texto promocional, Thomas habla de garage e imperfecciones, y sin la intención de enmendarle la plana, sino de matizar, no se trata tanto de garage inspirado en el punk rock, ni siquiera en el pionero de The Sonics o The Stooges, sino un rock eléctrico, cálido y celebratorio de raíz setentera. Se ve más claramente con un “Stairway To Nowhere” que rebaja el ritmo del tema de apertura, pero no así su energía eufórica en esa onda tan americana de heroicidad de barrio que manufacturaban bandas como Cheap Trick. Pero hay más. En la chispeante “Invisible Ink” parece homenajear a todas aquellas bandas de glam rock que animaban la salidas de fin de semana de los currelas de medio mundo con camisas de fantasía y pantalones de campana. “Crosseyed Critters”, sin dejar la onda, emana esa forma más lenta de hacerlo a lo Marc Bolan, mientras que el acelerador se vuelve a pisar a fondo en el boogie “Oil Change” (dejad paso a los Mott The Hoople). En esta jukebox de sala de recreativos también hay un botón para el power pop de guitarras cristalinas al ralentí con “Unglued”, que dibujaría una sonrisa en la cara del más agrio: el mismísimo George Harrison le daría el visto bueno.
Más de uno notará también cierto territorio común en el sonido con un colega de giras y banda como Ty Segall –presente en dos temas como batería–, con ese rock crudo que bebe de la raíz country y rhythm’n’blues norteamericana, como en la compartida “Delusions” o la más cercana a Neil Young “Landline”. En la coctelera de nombres hay sitio para Suzi Quatro o la Creedence Clearwater Revival y, en resumen, para todo ese rock que apela a la emoción primaria y a la diversión por el lado luminoso de la existencia. Bandas que con el canon velvetiano fueron tenidas por poco cool por críticos y aficionados sibaritas, pero que, como dice Luke Haines en su reciente libro “Freaks Out!” (2024; Contra, 2025), serían bandas nada cool que son realmente cool frente a bandas consideradas cool que quizá no lo sean tanto. Juegos de palabras y gustos personales aparte, lo cierto es que esta colección de canciones transmite alegría de vivir y hace que se note que el músico lo estaba pasando realmente bien mientras las compuso y grabó. Sí, esto último es un repetido tópico del rock’n’roll y los más veteranos habrán visto a más de un músico disfrutar como un enano en el escenario con música ininteligible o soporífera para su audiencia. No es el caso: aquí hay espacio compartido con el oyente para disfrutar juntos de la música que aman. Y lo mejor de todo es que no hace falta ser un conocedor del rock de la citada década para disfrutarlo. La receta para hacerlo parece sencilla, pero lo que importa es la mano del cocinero. ∎