Álbum

M.I.A.

M.I.7OhmniMusic, 2026

Veinte años después de que “Arular” (2005) nos enseñara que la perversión del pop podía ser un campo de batalla global, M.I.A. regresa para recordarnos que la verdadera insurgencia hoy quizá consista en cerrar los ojos y rezar. Tras décadas siendo la “guerrillera electrónica” que nos voló la cabeza con el sampleo de cajas registradoras en “Paper Planes”, Maya Arulpragasam ha decidido cambiar el fusil por el rosario. Su séptimo largo, que comparte nombre con la desaparecida sección de propaganda e inteligencia militar británica, “M.I.7” (autoeditado en OhmniMusic), llega envuelto en una mística numérica casi obsesiva: la artista lo promociona como un conjunto de siete canciones, grabadas en siete lugares, durante siete días. Sin embargo, la realidad de este trabajo es mucho más desbordante y contradictoria. Nos encontramos con dieciséis cortes donde la estructura de “siete” es más un anclaje espiritual que una realidad matemática engrosada, eso sí, por siete interludios bautizados como “TRUMPET 1”, “TRUMPET 2, etc., que remiten a las trompetas del Juicio Final. Quién no recuerda ese sample trompetero de la película “Rocky” (John G. Avildsen, 1976), el mismo que ya le sirvió para armar la insurgente “Bucky Done Gun”, que aquí reaparece entre el ruido, dándole ahora una vuelta de tuerca apocalíptica que funciona como un eco de su propia mitología.

Lo primero que golpea es la transformación vocal. En PRAYER 777”, M.I.A. parece otra persona. Hay una paz conmovedora, casi una rendición, que resulta extraña de captar en una grabación comercial. Es acá donde surge el debate: ¿estamos ante una conversión genuina o ante la última provocación de una artista que sabe que, en un mundo hipertecnificado, lo sagrado es el nuevo punk? Al igual que sucedió con el giro espiritual de Kanye West en 2019, muchos perciben este cambio como una pérdida de identidad frente a un misticismo que a ratos convive con sus alertas distópicas. Esta obsesión se materializa en Ohmni, su marca de ropa de lujo que promete blindaje contra campos electromagnéticos. La propia portada del álbum refuerza esta idea al mostrar a M.I.A. vistiendo una de sus chaquetas bloqueadoras, dejando claro que su espiritualidad y su inquietud tecnológica son ya indivisibles.

A diferencia de otros artistas que, al abrazar la fe, caen en el simplismo moralista, M.I.A. entiende la Biblia como la obra artística compleja que es. Y lo es. No hay aquí sermones de domingo, sino un “remix apocalíptico” donde los versículos se mezclan con un descaro que solo ella posee. En “SACRED HEART”, quizá el momento más brillante del disco, integra una canción devocional tamil cantada por su madre Kala (tal y como llamó a su segundo largo en 2007), creando un puente entre sus raíces, marcadas por el fuego de las guerrillas en Sri Lanka, y su presente espiritual, que recuerda a las texturas corales de Rosalía en “LUX” (2025). Resulta fascinante el contraste: mientras la catalana o Lily Allen utilizan la imaginería religiosa casi como un atrezo estético para canalizar el despecho en sus últimos trabajos, M.I.A. parece haber traspasado la pantalla. Para ella, el Arca de la Alianza y la protección contra la radiación son parte de la misma lucha por la libertad individual.

No todo el camino es celestial. El álbum propone un juego de contrastes que invita a la reflexión, especialmente en piezas como MONEY”. Lejos de una simple obsesión material, la letra revela una visión más compleja: Maya nos dice que “el dinero es un espíritu” (“money is a spirit”) y que su intención es cambiar de frecuencia para manejarlo como una responsabilidad, alejándose de la adoración al lucro (“I never worship Mammon”). Es un hilo conductor que conecta en cierta manera con el realismo de “10 Dollar” (en “Arular”) y la ironía de “Paper Planes” (en “Kala”), sugiriendo que, en su nueva fe, la prosperidad debe servir para ayudar a los más necesitados y no solo para acumular. El cierre llega con los treinta minutos de silencio que remiten al séptimo sello del Apocalipsis: “And when he had opened the seventh seal, there was silence in heaven about the space of half an hour”. Esta pausa radical actúa como un espacio de descompresión necesario para que el oyente procese el viaje, un gesto de exceso que pone a prueba la paciencia y permite contemplar el propio arrepentimiento mientras fragmentos de sus viejos éxitos asoman sutilmente tras el mutismo.

¿Se ha roto algo en el ecosistema de las teorías de la conspiración o es simplemente una loba solitaria siguiendo su propio norte? M.I.A. parece haber encontrado en estas posturas antivacunas (epidemia que llegó a otras esferas de cierto estrellato como Van Morrison) y en la fe un refugio contra un sistema que ya no comprende. Sea como fuere, cada minuto que pasas escuchando “M.I.7” sigues queriendo bailar, rapear con ella en su amor a Jesús. Sí, estas canciones captan la fe. Ya sea para comulgar con su mensaje o para disfrutar de las barras sobre el tiempo de “CIRCLE” (“Every hour has a minute / Every minute has a second”), seguimos a bordo por su descaro innegable. Como ella misma canta en la pista oculta: “Every tear falling from a cry turns to joy, it turns the tide”. El futuro de M.I.A. busca ser eterno. Amén, hermana. ∎

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