En “Wasted In Soho”, la quinta canción de su nuevo disco, Mykki Blanco ve pasar a las pijas de la ciudad y canta: “She just wants a latte, I just want a beer”. Es lo más cerca que está de pedir algo en el “CAFÉ PARADISO” del título, un disco hecho, como lo ha descrito, para la creative class cosmopolita, sentada sola en una cafetería, ordenándose la vida o aparentando que lo hace. Blanco nació en California en 1986, creció en Carolina del Norte, se marchó de casa a los 16, aguantó dos semestres en la escuela de arte de Chicago, pasó por Nueva York y por tres sellos, y en 2024 se graduó de un máster en bellas artes en Suiza. Su café es un no lugar, una cafetería de especialidad donde acaban todos los que se mudan a la gran ciudad para ser artistas. El título de la canción aprovecha además las dos acepciones de wasted, la de ir ciego y la de estar desperdiciando la vida de uno. Ser creativo, ponerse hasta las cejas y hablar de una obra como transgresora aunque ya se hizo hace medio siglo: bienvenidos a cualquier café del Soho.
“CAFÉ PARADISO” es su cuarto álbum desde su debut de 2016, aunque como artista llevaba anclade al mundo del arte desde mucho antes: Blanco llegó al rap de rebote, por la poesía y la performance. Su nombre artístico nació en 2010 en un vídeo casero donde interpretaba a una adolescente, un año después publicó un libro de poemas y hasta 2012 no editó su primer EP. Para entonces la prensa musical acababa de inventar una categoría llamada queer rap y andaba buscando una cara que la encarnara. Elle aceptó el cargo a regañadientes y se ha pasado la década siguiente puntualizando que viene del punk y el riot grrrl, que nunca en su vida ha hecho vogue y que no le cuelguen la etiqueta de drag. Tras dos álbumes cargados de invitados de prestigio, se fue a estudiar a Suecia, y esto es lo que ha traído de vuelta: doce canciones dedicadas a los culos y, a veces, a Dios.
Las guarradas van casi todas al principio del trabajo. “Little Feet” es un funk a medio gas levantado sobre una estructura góspel a lo llamada-respuesta: Blanco lleva la línea principal y las voces de Ian Isiah y Breakaway le contestan desde atrás, azuzándole (“let me see you dip now”). El estribillo parece una postal para fetichistas (“little feet dancing in the street light”) y entre vuelta y vuelta encaja la estrofa a bocajarro, “rolling up at midnight”, un “pull my hair” con el remate de que no hay nada que le guste más, “more than hanging out with you”. “NYC DOGS”, por su parte, se va al spoken word sobre una base de indie guitarrero para dirigirse al público como si fuésemos perros: manos arriba, “open your mouths and stick out your tongues”, y el premio, “that’s a good dog”. Entre el “won’t you spread like butter for me” y un verso donde jadea como un chucho, frena ese deseo desquiciado para pedirle cuentas a Jesús (“Jesus if you love me, where’s my fucking money?”) y rematar que el diablo “always pays on time”. La primera voz que suena en el disco, la de Ian Isiah, viene del góspel de Brooklyn, y desde ahí Dios reaparece un par de veces más.
“Butt Sex”, producida por Patrick Holland y Physical Therapy, es un electroclash orgánico y algo minimal con una letra simple sobre sexo anal que acaba con una cuenta atrás de portero de discoteca para despejar la zona, “uglies, please exit the floor”. “Easy Does It” imita a conciencia el rap noventero de la Costa Oeste y arrastra un verso de cuatro minutos sobre pesca, dinero y jardines comparados con el Edén, con Evanora Unlimited y Simone Alysia; y “F*ck As Friends” despacha un synthpop de súplica a un ex. En “Cut Me Open” y “Spread For Me” entran unas guitarras que suenan a Nueva York de hace veinte años, y es que en ambas aparece la voz de May Rio, del grupo de indie rock Poppies. En la segunda vuelve la mantequilla de “NYC DOGS”, ahora dada la vuelta (“make like butter and spread”), por si alguien tenía dudas sobre cuál es la fijación del álbum.
El disco se pone serio en el último corte: “God Is Alive” cierra el trabajo con arreglos de flauta y estructura de poema. En él, se enfrenta a la Biblia y al que predica, pone el dogma en boca de un “ellos” del que desconfía (“they say that he died for our sins, do you believe them?”) y se queda con un dios al que llama borracho y amigo. Blanco anunció el álbum por Instagram diciendo que había encontrado el paraíso. El paraíso es relativo, según los placeres de cada uno. Pero hay una cosa que sí es universal: culo tenemos todos. Hasta Dios tiene uno. ∎