De la absoluta nada, Neurosis han hecho acto de reaparición con un vigor tormentoso. Podría decirse que, quizá a partir de “The Eye Of Every Storm” (2004) –o, en cualquier caso, a partir de “Given To The Rising” (2007)–, el combo californiano había ido padeciendo un paulatino (y en el fondo prototípico) proceso de entumecimiento. Sus álbumes seguían siendo escuchables, pero sufrían del síndrome del piloto automático y la regurgitación/simplificación de ideas ya demasiado sobadas. El aparente enajenamiento social-personal de Scott Kelly, uno de los miembros fundadores y compositor principal del conjunto, contribuyó a esta seudoparálisis artística –y su expulsión del grupo en 2019, después de que admitiera haber perpetuado violencia doméstica contra su mujer e hijos, dejó una marca oscura en la banda y puso en duda la posible continuidad futura del proyecto, que fue inmediatamente pausado–. Por esos mismos antecedentes grises, el lanzamiento súbito, no anunciado, de este disco ha dejado noqueados a muchos fans; y el hecho de que Aaron Turner, vaca sagrada del post-metal, haya pasado a ocupar el hueco dejado por Kelly ha maravillado a la totalidad de los fans del grupo. No es una elección trivial, y menos aún cosmética. En este insospechado álbum, asistimos a una situación clarísima de regeneración creativa, donde Turner, responsable directo de las bases compositivas y conceptuales de algunas de las canciones, aporta la suficiente sangre nueva como para rearticular el sonido de la banda, que, simultáneamente, impelida por esa flamante fuerza, redescubre algunas de sus raíces más bombásticas y dinámicas, que quizá habían olvidado con el paso del tiempo, de forma consciente o no. El resultado son ocho pistas donde, a diferencia de los últimos años con Kelly, lo refrescante se impone a lo prosaico o formulaico: he aquí un auténtico regreso a los “tiempos de gracia”.
Han abundado, por supuesto, bromas sobre el posible rebautizo de la banda como Neurisis. En general, la huella de Turner palpable en estas canciones comulga más con SUMAC (o incluso Old Man Gloom) que con otros de sus proyectos más célebres, y hay mucho de los Isis de “Oceanic” (2002) o “Panopticon” (2004) en “In The Waiting Hours”, quizá la pieza de post-metal más “genérica” (con cierto aire neocrust) del disco. En “First Red Rays”, por ejemplo, el riffeo sludgesco propio de los Neurosis de antaño deviene ligeramente matemático, una aportación probable de Turner –su recitación vocal “limpia” al final de esa misma pista, sobre movimientos de guitarreo angular, también resulta un tanto diferente–. Lo cierto es que la compenetración entre Turner y Steve Von Till es precisa y satisfactoria, y le sacan bastantes instantes memorables a los mástiles: el arrastre de solos parecidos a una daga llorona en “First Red Days” o a una agresión de feedback en “Seething And Scattered”, el vaivén de sablazos filtrados con un pedal de delay en “Untethered”, los diálogos a doble guitarra de los instantes más post-rockeros de “Blind” o, especialmente, esas telarañas de notas seudo-Sonic Youth en las secciones paisajísticas (sin duda, de las más bellas de toda la historia del grupo) de la alargada y fragmentaria, pero coherente, “Last Light” –diecisiete minutos de puro viaje emocional–. En esta canción es auténticamente glorioso, asimismo, volver a asistir a la mágica batería de Jason Roeder, quien supuestamente había decidido “jubilarse” el año pasado: sus aportaciones aquí emulan tanto el movimiento de placas tectónicas como canalizan un elástico tribalismo analógico.
El álbum también va muy bien surtido de dinámicas vocales. En la primera mitad de “Blind”, el lamento ronco de Von Till traza alargados fraseos que el resto de instrumentos siguen, cual orquesta de vals brutal; ambos hombres “armonizan” cromáticamente (con estilos muy dispares) en diversas pistas; y alternan la generación de aullidos hostiles, enloquecidos o agónicos en “Mirror Deep” y “Last Light”. El bajista Dave Edwardson, aparte de sus duras aportaciones instrumentales (esa melodía cíclica que arranca “Seething And Scattered”, parecida al zumbido de un generador eléctrico), regresa esporádicamente al micrófono después de muchos años de mantenerse alejado, presentando una de las voces más roncas de todo el disco (véase “In The Waiting Hours”). Incluso Noah Landis, encargado del laboratorio electrónico, se anima a contribuir a las voces, dándole una contrarréplica aguda a Von Till en la mencionada “Seething And Scattered”, pista donde el tráfico de griteríos produce una espléndida sensación de caos controlado.
La labor de Landis en la dirección de aparatos, teclados y botones también sorprende por su agilidad y perspicacia, honrando el legado de Tribes Of Neurot. En un par de ocasiones, sus confecciones podrían sonar un poco cringe o pastelosas (esas “cuerdas” forzadas en “First Red Rays”, o la escalerilla de notas sintetizadas reiterada de “Seething And Scattered”); en otras, establecen excelentes pasajes siniestros que sirven para oxigenar las pistas, como el inquietante inicio con ruidos mecánicos de “Blind” o la sección ambiental en “Mirror Deep”, ubicada entre oleajes guitarreros tumultuosos de velocidad cambiante. Los quizá anecdóticos mareantes cuarenta segundos de apertura, “We Are Torn Wide Open”, con esos alaridos de “la disidencia es ensordecedora”, podrían interpretarse como veneración perversa a Throbbing Gristle. Otros en los que es inevitable pensar son Swans, que siempre fueron una clara influencia en Neurosis, en especial la versión ochentera del grupo. Pero aquí resulta especialmente obvia esa influencia, en este caso su encarnación más moderna –no solo en el título del álbum o su cubierta rorsasrchesca, que parecen referencias directas al proyecto de Michael Gira, sino en lo estrictamente musical–. Los brutos golpes de disonancia que impelen “Untethered”; las voces dobles casi litúrgicas del tétrico intervalo post-industrial y subsiguiente primitivismo percusivo de la segunda mitad del tema-periplo “Last Light”; la recitación a doble voz (una gutural y la otra melódica) del fragmento de electrónica oscura de “Blind”; o la paliza experimental de chirridos de acople y baquetas rotas que pone fin a “Seething And Scattered”. La banda es lo suficientemente inteligente como para controlar las explosiones de disonancia, de forma que no devengan cansinas –vigilando también no decaer nunca en ninguna cacofonía gratuita o insustancial–.
Más allá de Kelly, otra figura esencial de la historia de Neurosis que no figura en disco –en este caso, lamentablemente– es el fallecido Steve Albini, su ingeniero fetiche desde finales de los noventa. Recoge el testigo con gran diligencia Scott Evans, responsable de los últimos trabajos de SUMAC, con una producción austera y abierta que es capaz de capturar bien todo lo interesante que circula por las pistas –interacción de capas, cambios de ritmo, juegos vocales o virulencias instrumentales–. Quizá el disco cojea en el apartado lírico, repleto de evocadoras abstracciones de maximalismo visceral un poco trilladas dentro del universo del grupo (“degradados y vaciados”, “cuerpos hastiados y lisiados”, “estrellas que caen enfriadas”, “nuestras almas hechas trizas”, “la desesperación borra la ilusión”, “heridos, sanaremos o nos volveremos sépticos”, etc.). Por suerte, no es algo que perjudique para nada bases catárticas de este álbum, una clara expugnación de la mugre y desilusiones dejadas atrás por Kelly, y una verdadera resurrección-reafirmación de la identidad de la banda. No es un “disco más” diseñado para justificar nuevas giras o vender nuevas camisetas, sino algo que todos ellos necesitaban sacarse del pecho. Esperemos que no sea algo puntual, y que la inspirada colaboración siga adelante. Y es que, con los aplaudidos regresos de Ruins Of Beverast, Converge, Cryptic Shift y ahora Neurosis, este está siendo el año del metal. Es una absoluta desgracia que este huracán de pesadez y creatividad haya coincidido con una realidad humanística, geopolítica y estructural similarmente catastrófica –la realidad de un mundo cada vez más injusto y violento que, desde luego, parecería estar en llamas–, y que, sin embargo, estamos condenados a seguir apreciando. ∎