Hubo un momento en Coachella en el que todo encajó: la carpa Sahara convertida en un búnker sensorial donde Nine Inch Nails, acompañados por Alex Ridha (Boys Noize), más que reinterpretar su catálogo, lo estaban reprogramando en tiempo real. Aquello venía gestándose desde los remixes de la banda sonora de “Challengers” (2024), donde la tensión erótica de la partitura se transformó en músculo techno, y se consolidó en esa gira Peel It Back donde el concepto de telonero se volvió irrelevante. Más que colaboración, parecía simbiosis. O infección: Nine Inch Noize.
“Nine Inch Noize” es un campo líquido entre directo, remix y reescritura. Su estructura sigue el flujo del set en vivo, incluyendo los ruidos de público que aparecen y desaparecen como fantasmas. No es el típico “álbum en directo” que busca inmortalizar una actuación; es más bien una simulación de la experiencia. Musicalmente, el giro es claro: Reznor se deshace, en gran medida, de su vieja válvula de escape rockista. Aquí no hay guitarras ni catarsis grunge que humanice la máquina. En su lugar, hay una fe devota en el pulso electrónico. Boys Noize entiende algo fundamental: que muchas canciones de NIN siempre fueron techno en potencia, esperando ser liberadas de su corsé industrial-rock. El resultado no es simplemente más bailable, sino más físico.
Donde el disco realmente cobra interés es en cómo negocia con su propio pasado. “Closer”, intocable durante décadas, no se deconstruye tanto como se hipertrofia: sigue siendo reconocible, pero ahora se pavonea con una obscenidad más explícita. “Heresy”, con la presencia de Mariqueen Maandig (esposa de Reznor), vira hacia algo seductor, un electroclash espectral que roza lo erótico sin perder su filo blasfemo. Y “Copy Of A”, ya de por sí un comentario sobre repetición y pérdida de identidad, se libera de su rigidez original para convertirse en una especie de himno sintético, más urgente, menos cerebral. El gesto más revelador, sin embargo, es la inclusión de “Memorabilia” de Soft Cell. No es un simple capricho ni un guiño retro: es una declaración de linaje. Al reconfigurar ese tema como una pieza ominosa e industrial, el trío traza una línea directa entre el synthpop primitivo y esta mutación contemporánea de techno abrasivo.
Claro que no todo funciona sin fricciones. Hay momentos en los que el enfoque rave roza lo formulario, como si el impulso de convertirlo todo en un drop masivo sacrificara parte de la complejidad emocional que definía a NIN. En esos instantes, el proyecto coquetea peligrosamente con la idea de espectáculo: música diseñada para arrasar en festivales más que para inquietar en la intimidad. Es, con todo, un disco que suda, que golpea, que seduce…, pero también que se desestabiliza a sí mismo constantemente. Un artefacto canalla, sí, pero también profundamente consciente de su propio legado. ∎