Álbum

Roy Borland

La chica del norte › Ground Control, 2026

En “Conocerte me cambió la vida”, Roy Borland interrumpe las declaraciones de amor que vienen dándose en su disco para acordarse de la levedad del ser humano: “La Tierra está viajando por el infinito, nadie sabe dónde va”. “La chica del norte” funciona entero con ese vaivén: once canciones sobre besos, nombres propios y noches de verano que cada dos por tres levantan la vista y se dan de bruces con la escala del universo. El madrileño lleva años ganándose la vida detrás de otros (ha compuesto y producido para El Kanka, Lola Indigo, Nusar3000, Teo Planell o Judeline, es decir, para una porción considerable y ecléctica de lo que suena en España) y en paralelo sostiene desde 2021 una carrera propia que incluye “Fotografías de España” (2024), “Considérame” (2025) y el EP “Un tiempo en casa solo” (2024). “La chica del norte” es el álbum que le pone en el lugar de un sonido propio e íntimo que poco o nada tiene que ver con la mayoría de nombres con los que colabora.

El disco arranca con una introducción narrada que describe lo que ocurre “cuando las muchachas y los muchachos se enamoran”, usando un vocabulario que viene de dos sitios a la vez: por un lado la meditación, con los sentimientos convertidos en una nube que “sucede y conmueve y no se comprende”; por otro el realismo mágico latinoamericano. Luego los asemeja con sangre “procelosa”, un adjetivo que la poesía clásica española reservaba para el mar embravecido. Un pensamiento dura lo que dura una nube, y el enamoramiento no aguanta mucho más. Todo lo que ahora ocupa la cabeza entera, esa persona, ese verano, la vida de uno, tiene fecha de caducidad, y Borland parte de esa premisa antes de cantar la primera frase.

“Ruth” y “La chica del norte” son lo más parecido a un single que hay aquí, dos temas veraniegos de raíz soul en los que la voz va medio susurrada y los arreglos hacen el trabajo pesado. En la canción que da título al disco las cuerdas se llevan la pieza mientras él repite “he pensado en la chica del norte, he pensado en poderla besar”, emparentándose con el folk indie estadounidense de hace quince años, con Sufjan Stevens y su manera de ponerle orquesta a una confesión de tres frases. “Conocerte me cambió la vida” tira de un fondo de coros en “uh” que vienen del doo-wop y los cruza con una producción a lo bedroom. Así, todo el rato conviven las dos escalas de las que va el disco, la del amor y la fugacidad, la de los arreglos sofisticados y el costumbrismo de grabarlos a muy pocos decibelios.

“Aquel bello desliz” es un vals con guitarra eléctrica; “Ayer soñé contigo”, dedicada a una tal Lucía, usa las voces como percusión y como contramelodía sin apenas batería que las sostenga; “Sólo tú” rasguea una guitarra con ritmo de catequesis sobre una armonía que va soltando acordes de jazz por debajo, mientras canta que “están volando imágenes de aquella noche de San Juan” y pregunta adónde van, tratando los recuerdos como pájaros que tienen vida propia y se escapan cuando quieren. “Altamar” saca los violines y los violonchelos, canta que “del jardín entra olor a petricor” tras meses de calor y se convierte en un dúo con una voz femenina que no aparece acreditada en ninguna parte, hasta el ruego de “devuélveme al mundo real, que este mundo ficcional está ahogándome por dentro”. Vuelve ahí el realismo mágico romántico de la “Intro”, esa manera de tratar el paisaje interior y de colocar la realidad como algo no siempre objetivo, pero siempre mutable. “Sonreiré” va en tres por cuatro y le habla de nuevo al infinito (“confío en ti, eternidad, hablaste a través de mí”), y “Final” cierra con un clúster ambient, grabaciones de campo y un punteo americano, hasta que la música se retira del todo y solo quedan los pájaros, unas pisadas y el bosque: algún día se también acabará la humanidad y todo eso seguirá ahí mientras la Tierra continúa viajando hacia donde sea, sin que sepamos a dónde.

“La chica del norte” se parece a la tropicalia romántica de Rodrigo Amarante, a su piano viejo y su saudade portátil, o a la escuela de Nick Drake, folk con arreglos de sala pequeña. Borland ha dicho que su linaje pasa por Nat King Cole y Etta James, y por un padre pianista de jazz y familia panameña y jamaicana. Lo mejor del disco acaba siendo lo menos moderno que tiene: se atreve a ser bonito, cursi, empalagoso y triste y justo por eso consigue algo puramente inocente, simplemente bello. ∎

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