Los caminos al éxito comercial son inescrutables. Sobre todo, tras el cambio de paradigma que trajeron las redes sociales y las plataformas de streaming. Si no, ¿cómo se explica que un joven dúo australiano, calcando el indie pop que se hacía en la primera década del presente siglo, por más buena puntería melódica que tuvieran, se hicieran con 12 millones de oyentes en Spotify y 200 millones de escuchas de su primer hit? Se trataba de “Oysters In My Pocket”, un single de 2022 que no se molestaron en incluir en su primer álbum, “PRATTS & PAIN” (2024). Por si le faltara leña al fuego, dos versiones no incluidas en el LP, “Murder On The Dancefloor” de Sophie Ellis-Bextor –éxito hiperbólico en TikTok– y “Linger” de The Cranberries –ya se ve que no rebuscan en las cubetas de vinilos más exclusivas–, los acabaron de propulsar a la estratosfera digital. Lo que no sorprende tanto es que, con dichos números, para su nuevo álbum hayan tenido acceso a algunos de los productores de pop mainstream del momento. Todo un escuadrón, con Omer Fedi (Lil Nas X, SZA), Blake Slatkin (Omar Apollo, Charli XCX), Julian Bunetta (One Direction, Sabrina Carpenter), Chris Collins (su anterior productor) y Josh Lloyd-Watson (miembro de Jungle). Royel Maddell y Otis Pavlovic han coproducido todos los temas para tratar de dotar al conjunto de cierto color similar entre tantas manos distintas a los controles.
Al meollo. Hasta antes de entrar en un estudio de Los Ángeles para registrar “(hickey)”, la música de Royel Otis remitía, entre otros, a grupos como Black Kids, Los Campesinos! o The Pains Of Being Pure at Heart. Bandas que, cada una con sus cosas, se inspiraban en el indie pop emocional, a caballo entre los ochenta y los noventa, con desaliño moderado, ritmo saltarín y esa especie de melancólica euforia. Quizá con vistas a sonar en todo tipo de lugares, para todo tipo de públicos, han decidido mantener la estructura interna de sus canciones, pero con el pulido y el acabado aportado por el citado batallón de técnicos. Desde la inicial “i hate this tune”, muy The Drums –con ese ritmo que patentó New Order con “Age Of Consent”–, se percibe con claridad que son la misma banda de siempre pero con ropa de marca; sin hilos colgando, ni descosidos. “who’s your boyfriend” o “say something” podrían entrar en el mismo patrón. Otra carta recurrente con ellos es la del pop melancólico con traje a medida de los franceses Phoenix: “good times” o “shut up” no lo pueden negar.
Cierto es que también han tratado de ampliar su catálogo con otras formas de hacer pop. En “moody”, la más distinta, parecen querer subirse al ritmo mestizo del “Loser” de Beck, pero se quedan lejos del californiano en enjundia. El aporte de los Jungle, con Lloyd y Lydia Kitto a bordo, se deja notar en “come on home” y “dancing with myself” con un ligero cariz funky –que también remite a Empire Of The Sun– por medio de sendos estribillos con voz en falsete. No se puede dejar de nombrar a Foster The People y su célebre “Pumped Up Kids” al escuchar la base rítmica de “she’s got a gun”. Todo muy resultón y con madera para sonar en anuncios, series de moda y el escenario grande de muchos festivales. Su sonido sin espinas no se le atragantará a nadie y su mohín de tristeza por el final de su romance veraniego se volatizará cuando aún no haya llegado el otoño. Eso en cuanto al fondo; en cuanto a la forma, la inversión en producción no ha servido para conseguir un sonido personal o de cierto riesgo: remite a esos bares modernos que imitan una decoración vintage sin la sustancia del referente. Y el caso es que, pese a su tibia factura para todos los públicos, el dúo tiene buen oído para las melodías. Aquí hay unas cuantas: por ejemplo, el cierre con la más desnuda “jazz burger”, un bonito broche con ecos del pop de los sesenta, que muestra que con menos quizá podrían conseguir más. Pero cualquiera se aventura a opinar sobre cómo navegar en las procelosas aguas del éxito…∎