Es difícil que alguna vez escuchemos un disco de Salva Alambre que se parezca a su antecesor. Maestro en el arte del escapismo sonoro y verso suelto de ese pop estatal que habita en los márgenes de la industria, el músico murciano certifica su polivalencia en un cuarto disco a su nombre (de nuevo con Marco Velasco y su estudio El Miradoor como compañeros ideales) que se estructura en dos suites de más de un cuarto de hora cada una, compuestas –en realidad– por cuatro y tres composiciones enlazadas, respectivamente. Y no hay forma de que el sensor de influjos no se dispare en múltiples direcciones: antídoto infalible contra el aburrimiento o la rutina.
“In memoriam” –con destellos líricos como “por las sombras de la ciencia te deslizas como un animal”– recuerda por sentido del ritmo a los Joy Division más parsimoniosos y a la escuela Triquinoise por su hechura melódica. “El anillo de Gante” suena como si el synthpop de querencia oriental de Japan se hubiera conservado en una cámara frigorífica, de tan gélidamente industrial como discurre. “Salamandra” es un instrumental compuesto con samples de instrumentos de la época del renacimiento, que sirve de engarce para que la evocación de la muerte en “Copas rotas” revele cierto halo psicodélico, tan lejos de cualquier idea preconcebida que si a alguien me recuerdan es a El Niño Gusano, ya de por sí inimitables. Hasta ahí la primera suite.
La segunda se abre con el crescendo de “Orfeo”, que mira de refilón a la tradición space rock (ese sinte modular pesa lo suyo) hasta que unas guitarras acústicas muy resultonas la acercan al mood de las letanías de Yo La Tengo. “Hathor” es el segundo instrumental del disco, y tampoco tiene nada que ver con el anterior, con sus cuerdas y vientos digitales manipulados en clave minimalista. El cierre es lo más luminoso de un álbum con factura –generalmente– de post-punk sui generis de tinte más bien sombrío: la redentora “Colores nuevos” oxigena el discurso del ex-Electrowendys y ex Los Alambres, un músico que sigue yendo completamente a su bola. Y ojalá siga así. ∎