El grupo esloveno de avant-folk Širom entrega su quinto álbum tras “The Liquified Throne Of Simplicity” (2022), que sirvió para abrirles las puertas a un público más amplio sin hacer ningún tipo de concesión. Su sonido imaginado, de fuerte raigambre ancestral, suena por otra parte completamente contemporáneo. Son unos alquimistas que vuelan libres hacia paisajes sonoros ignotos y a la vez fascinantes. Su música se desarrolla en largos temas en los que, gracias a una amplia panoplia de instrumentos de diversas procedencias geográficas, logran unos mesmerizantes efectos muy emotivos.
Es interesante detallar todo lo que interpretan para poder así hacerse mejor una idea de lo que nos espera si tenemos el tiempo de sumergimos en su música. Ana Kravanja toca violín, viola, ribab (instrumento bereber de cuerda frotada), ghaychak (cordófono del Asia Central), balafón, panderos, campanas, varios objetos, flauta de pico y voz; Iztok Koren se encarga de banjo, guembri marroquí, el morin khuur mongol, balafón y percusión; y Samo Kutin de zanfona, arpa, armonio, liras, panderos, tambura (instrumento centroeuropeo similar a la bandurria), laúd, campanas, balafón, resonador acústico, varios objetos y voz.
Con estos mimbres no es extraño que en un mismo tema cueste discernir cuál es su influencia principal, ya que parecen improvisaciones, muy bien hilvanadas, que, nunca mejor dicho, alcanzan la categoría de folklore inventado, con unos títulos tan misteriosos, poéticos y evocadores como la portada del disco. Y con una imaginación tan desbordante que ya en la inicial “Between The Fingers The Drops Of Tomorrow’s Dawn” no sabemos si nos hallamos en un poblado africano, en una jam marroquí, en el oficio de una parroquia o en un paisaje asilvestrado. Eso solo al inicio de un tema que durante sus 16 minutos tiene todo el tiempo del mundo para discurrir por otros derroteros, que pueden ir de la música repetitiva minimalista, el ambient y los polirritmos a un free-folk que fluye de manera muy natural, siempre sorprendiendo a cada nuevo giro. No hay tiempos muertos, solo cambios incesantes que también conectan con la idiosincrasia del jazz libre, oscilando de las catarsis de ritmos percutivos a los vaivenes pausados y melancólicos, con inclusión de gorgoritos vocales y sin desdeñar los matices psicodélicos.
Se nota que hace tiempo que tocan juntos, ya que se complementan a la perfección. Así en “Curls Upon The Neck, Ribs Upon The Mountain” se mueven entre un doliente y ensimismado mar de cuerdas frotadas, que se van desperezando lentamente para salir del folklore y la música de cámara y acercarse al noise-folk, un término que nos acabamos de inventar, ya puestos, pero que define a la perfección el convulsivo tramo central del tema antes de un calmado y melódico final que parece inspirado por la música barroca. Para ilustrarlo han encargado un vídeo al cineasta esloveno Tit Brecelj –donde muestra la magia del fuego y de la forja, en perfecta sincronización con la música–, que continúa una colaboración iniciada en 2017 con el documental del grupo “Memoryscapes”.
De los tres temas cortos, “No One’s Footsteps Deep In The Beat Of A Butterfly’s Wings” parece avant-country, “Hope In An All-Sufficient Space Of Calm” sería un cruce entre nana boreal y un encantamiento para los espíritus del bosque, y “For You, This Eve, The Wolves Will Be Enchantingly Forsaken”, anclada por solemne armonio, es otra chamánica propuesta de voces implorantes y percusiones generosas.
En el extremo opuesto, en los casi veinte minutos de “The Hangman’s Shadow Fifteen Years On” muestran todos sus recursos, desde los más abstractos y experimentales hasta esas cascadas de ritmos que parecen evocar rituales paganos, de cuando el hombre vivía dominado y atemorizado por los fenómenos de la naturaleza. En cualquier caso, es una música de gran fuerza expresiva que permite hacer trabajar la imaginación.
Los siete temas del lote se completan con “Tiny Dewdrop Explosions Crackling Delightfully”, una delicia propulsada por la calidez de la madera de los balafones, en la que la repetición de patrones rítmicos evoluciona en un vaivén en el que el lamento de las cuerdas frotadas va de la mano del metálico banjo –a los que se añade una esporádica y fantasmagórica voz– en un tapiz sónico que combina elementos armónicos, rítmicos y disonantes, en un crescendo que se vuelve lisérgico, sin dejar de ser en ningún momento muy terrenal, gracias a una amplia gama percutiva en la que vuelven a resurgir los ecos de la música africana. Todo entre una espesura de texturas que sirven para proporcionar un clímax colosal. ∎