Tan obsesionado anda el hip hop de factoría comercial por arrasar en los clubes que casi olvidamos que el rap también puede ser controversia y descontrol.
“Mi cerebro es una obscenidad”, canta el angelino
Tyler Okonma en su segundo disco, primero fuera del
underground.
“Yo no soy homófobo… maricón”, suelta este chaval para el que las mujeres son máquinas de chupar pollas y lavar platos. No vale la pena indignarse, su garrulismo hiperrealista está más allá de cualquier análisis. Si queremos ponernos sociológicos,
“Goblin” será el retrato de una generación fumada, quemada y sin rumbo. El propio Tyler se perfila como un caso bipolar hasta el paroxismo: depresivo y agresivo, lo mismo te habla de suicidarse como sueña con aplastar el esófago de Bruno Mars, eyacular en piscinas, lagos y mares o renunciar a su fulminante fama. No sé si le queda ya alguien a quien joder o en quien cagarse para el tercer disco.
Por ahora no se le ve tan imaginativo como el primer Eminem (lo de Tyler es menos literario y más vomitona de exabruptos), sino bruto y poco más; como aquellos Insane Clown Posse que hoy nadie recuerda. Pero lo más llamativo del disco que está lanzando a la saga Odd Future más allá del
underground es que todo su arsenal de indecencias llega respaldado por unas bases que pocas veces buscan noquear porque sí. Las hay estridentes y moribundas, hay traqueteos de tren y réquiems de ocho bits, hay amagos de crunk y ecos asfixiantes del Wu-Tang Clan, pero sus palabras siempre son más bestias que sus ritmos. Tyler apuesta por una producción psicótica que más que propulsar su discurso parece el entorno agobiado y agobiante que le ha obligado a ser como es. Al final del disco (e incluso antes), de lo que más ganas tienes es de darle con un bate de béisbol en la cabeza. Supongo que el objetivo está cumplido: te ha sacado de quicio. ∎