Según el filósofo francés Quentin Meillassoux, los “arche-fossils” son rastros de una realidad ancestral. Desde su vocación ritualista,
Wind Atlas siempre nos han conectado con aquello que escapa a nuestros conocimientos próximos: ya sea a través de la percepción del deseo como una marea inabordable –
“Oceanic Sexuality”–, conduciéndonos al trance –
“That Mouth”– o distorsionando la tradición musical mediterrànea –
“Dos ojos”, en la línea de “Desertor”– hacia algo que tanto podría ser un eco de otra dimensión como el morador de nuestro fuero interno. La voz de Andrea P. Latorre ha habitado en tantos cuerpos a través de los cuatro discos de Wind Atlas que es imposible ubicar a la banda en una corriente que ya exista. Algo que, más que asustarnos, nos debería parecer delicioso.
Si el álbum anterior,
“An Edible Body” (2018), lo grabaron en los estudios que Sean Ragon de Cult Of Youth tiene en Nueva York,
“Arche-Fossil” es el resultado de un proceso de encierro en su territorio conocido –la casa y el local– para pensar qué otros caminos les apetecería seguir: esta vez lo han llevado a un terreno más digital, alternando el software con hardware Roland de los años ochenta. Aquí también se mezclan los idiomas –dejando espacio a la glosolalia para hablar donde las palabras no lleguen– y los lugares de silencio –
“Where Nothing Happens”– para que se materialicen las nuevas vertientes que van a tomar. ∎