uck Meek, guitarrista de Big Thief, publicó el pasado viernes 27 de febrero “The Mirror” (4AD-Popstock!, 2026), cuarto disco podría decirse que en solitario, aunque el abundante personal que lo acompaña pueda hacer dudar de ello. Si el batería James Krivchenia se ocupa de la producción, queda patente que dos tercios del grupo que hizo famoso a Meek –trío desde la marcha del bajista Max Oleartchik en 2024– participa en el álbum. Además de una larga pléyade de artistas, amigos y familiares que el músico nacido en Texas no tiene reparo en enumerar en el jardín de su casa de Los Ángeles, a la sombra de espesa arboleda que lo protege de lo que, a través de Zoom, parece una soleada y calurosa tarde de febrero.
“Llevo tocando con Adam Brisbin en la guitarra y Ken Woodward al bajo casi diez años”, se arranca. “Aunque el proyecto vaya con mi nombre y yo sea el compositor, he cultivado bastante la sensación de banda a nivel creativo, y en gran parte es porque no les doy instrucciones. Cada uno tiene su voz para crear sus partes, como haría una banda. Y además trajimos a más gente. Hay cuatro baterías distintos en el disco, y con todos he girado o he hecho mucha música a lo largo de los años. Es como una extensión de mi comunidad. James tocó en ‘Déjà Vu’. Mi amigo Jesse Turley está en muchas canciones. Kyle Crane toca en ‘Can I Mend It?. Y Jonathan Wilson toca en ‘Worms’ y ‘Demon’, un productor fantástico. Con todos tengo relaciones musicales profundas por otros proyectos”.
Queda patente que Meek tiene buena memoria para los nombres, porque prosigue: “También está Mary Lattimore al arpa; Alex Somers, que crea muchos paisajes ambientales y es uno de mis mejores amigos; mi hermano Dylan Meek; Adrienne Lenker; mi mujer, Germaine Dunes, y Stacy Foster en coros. En el fondo, fue como una fotografía de toda mi comunidad: gente que me ha influido muchísimo y con la que formo parte de un tejido mayor. Hasta cierto punto, nuestras voces musicales han evolucionado juntas, en paralelo, como parte de esa comunidad. Quería capturar eso”.
Antes de entrar a grabar en el estudio –una cabaña de madera en Los Ángeles que se llama Ringo Bingo–, solo tenía una idea en mente: “Crear dos mundos paralelos”. Así lo explica: “Queríamos grabar a la banda de rock’n’roll en una sala, tocando las canciones tal cual, con guitarras, batería y bajo. Y luego, nuestro productor, James, estaba en otra habitación con una colección bastante salvaje de instrumentos electrónicos. Y nuestro ingeniero, Adrien Olsson, tenía otro canal paralelo de sintetizadores modulares: iban ‘robando’ señal de la banda en directo y la procesaban a través de instrumentos electrónicos al mismo tiempo. Es decir, usaban la banda como fuente para crear ese mundo paralelo de atmósferas y texturas no rítmicas, impredecibles, sintéticas… como un universo alienígena. Y supongo que esos dos extremos estaban ahí para representar la mente consciente y la mente subconsciente, que es un tema del disco. Más allá de eso, no tenía demasiadas ideas previas. Puse mucha intención en las canciones, en su arquitectura, en cada línea. Y elegí con cuidado a los músicos –mi banda y los invitados– pero precisamente porque confío en su instinto para que encuentren sus partes sin que yo les diga nada. No les di instrucciones sobre cómo arreglar las canciones ni sobre qué sensación buscaba. Solo dejé que respondieran a las canciones de manera intuitiva”.
Para grabar su voz, Meek salió al porche de la cabaña, desde donde podía ver a los músicos a través de un ventanal. Buscaba un efecto concreto. “Quería aislar un poco la voz”, dice. “Y el único lugar donde podía cantar separado de la banda, pero al mismo tiempo mantener una línea de visión y verlos, era el porche delantero. Funcionó perfecto: yo podía cantar en mi propio aislamiento, pero estaba fuera, al aire libre, y eso era agradable. Normalmente, en una cabina de aislamiento consigues aislamiento sonoro, sí, pero también te sientes literalmente aislado. Es fácil empezar a sentirse atascado y claustrofóbico en una cabina pequeña. En mi caso, muchas veces el beneficio de la voz aislada queda compensado –o incluso superado– por ese malestar de sentirte encerrado, como un animal enjaulado. Aquí tuve lo mejor: aislamiento en la voz y, a la vez, estar en el exterior”.
Por lo que lleva demostrado hasta ahora, Meek se entrega en sus trabajos al margen de Big Thief a una estética sonora bastante más clásica, incluso tradicional, que la que practica con su banda matriz. “Es que así soy yo”, explica. “Crecí en Texas. De niño tocaba blues con mi amigo Brandon, un viejo músico de Memphis, de Beale Street, que me tomó un poco bajo su ala: yo era su ‘chico del ritmo’. También toqué mucho jazz y western swing con viejos músicos del Hill Country tejano. Crecí entre bailes, bares y, supongo, música tradicional. Pero para mí no era tradicional: era música. De ahí vienen mis raíces. Y luego me mudé a Nueva York y toqué en bandas underground de rock’n’roll, hice música experimental con amigos. Y supongo que esos dos mundos chocan y se mezclan”.
En comparación con Big Thief, su trabajo en solitario se antoja más tranquilo. “Quizá no es consciente. En este disco, de hecho, quizá se está volviendo más ruidoso. Cuando empezamos a tocar ‘Gasoline’ en directo para preparar el disco, la hacíamos superfuerte, con guitarras eléctricas tipo Crazy Horse. Intentamos grabarla así, pero los amplis no se traducían bien a los micros: sonaban pequeños. James sugirió grabarla con acústicas afinadas muy graves, tocarla más bajo y dejar que los micrófonos hicieran su trabajo. Y funcionó: aunque se toque suave, pesa más. Y creo que el impacto del rock no significa necesariamente que tenga que sonar alto para sentirse alto”.
El título del álbum –en castellano “El espejo”– sugiere autoexamen. ¿Qué descubrió Meek de sí mismo mientras lo escribía? “Escribir una canción es un proceso vulnerable, claro”, responde. “Estás excavando en tu mente consciente y subconsciente, pero también estás reconciliándote todo el rato con la idea de que otros lo van a presenciar: estás creando un artefacto de tu propia experiencia que será escuchado y juzgado. Esa autoconciencia puede generar miedo. Cuando en este disco aparecía, porque es inevitable, intenté apoyarme en eso, no ceder, no adaptarme a presiones externas que yo mismo proyectaba sobre la canción o el proceso. Quise inclinarme hacia lo que daba miedo. Decir lo que me daba miedo decir. Decirlo otra vez. Decirlo más alto”.
En las letras, la ironía ocupa un papel esencial. “Totalmente”, confirma. “Me encanta la ironía porque una de mis cosas favoritas de las relaciones humanas es esa manera pequeña de burlarnos con cariño, de darnos la lata como forma de afecto. Es señal de cercanía: si conoces a alguien, confías en él y puedes improvisar con las rarezas del otro. Eso da mucha comodidad. Lo siento así con mis mejores amigos y mi familia. Meterlo en una canción es una manera de que suene más real”. Ironía parece que destila “Gasoline”, sencillo de avance en el que parece burlarse de los clichés del amor con versos como: “Un mes y ella ya está en mi sangre. ¿Seré yo o será ella quien diga ‘te amo’ primero?”. “Esa canción trata de poner límites en una relación, límites para protegerte”, dice. “Me gusta trabajar con clichés románticos, al menos como punto de partida. Tienen una verdad colectiva. Me gusta usarlos como puerta de entrada a una canción o una idea y, desde ahí, desviarme: encontrar cómo hacerlo más personal u oblicuo, buscar una manera nueva de decir algo que se ha dicho durante miles de años. Eso me parece excitante”.
Admite que sus textos son cada vez más personales: “Cuando empecé, escribía más de manera observacional y narrativa: personajes, otras personas. Pero cuanto más escribo, más tiro de mí mismo como fuente, como puerta de entrada. Mi propia experiencia es un recurso infinito porque tengo acceso a mi cabeza y en realidad no me conozco nada. Es un proceso de autodescubrimiento sin final. Y además hay plasticidad: puedo cambiar mi mente, jugar con esa neuroplasticidad, y una canción es un lugar seguro para doblar las reglas, jugar con la física”.
Pese a ello, da la impresión de que prefiere sugerir a mostrarse abiertamente. “Idealmente busco equilibrio”, matiza. “Una de las cosas que me encantan de las canciones es que son una forma corta de literatura, pero con el contexto de melodía y ritmo, que aportan muchísima información. La melodía tiene contenido emocional: de lo básico –un acorde menor es triste, uno mayor es feliz– a lo muy sutil cuando amplías la armonía. Y el ritmo tiene implicaciones sobre lo que se siente al estar vivo: el corazón acelerándose o calmándose según supervivencia o descanso. Juntos, melodía y ritmo añaden dimensión al lenguaje y lo hacen más parecido a la vida real. Con eso puedes ser más oblicuo en las letras porque hay contexto. Un verso puede ser muy específico y raro; el siguiente, otra idea completamente distinta pero también específica y rara. Al estar en la misma canción, se asume que están conectados, y el espacio entre ambos lo habita el oyente, de forma distinta en cada persona. Es un medio muy divertido porque puedes ser muy concreto y, a la vez, dejar espacio para interpretación, apoyándote en melodía y ritmo como hilo conductor. Busco siempre ese equilibrio”.
Confiesa que escribe tanto para plasmar sus sentimientos como para comprenderlos: “Intento oscilar entre la idea de entender algo y un sentido de asombro, porque eso de la comprensión verdadera es un constructo y una canción es un buen lugar para explorar esas polaridades. A menudo uso canciones como un diario para desplegar mi experiencia, entenderme, entender emociones. Es una forma de exteriorizar y crear un objeto de mi experiencia: observarlo, revivirlo, volver a él mientras mi vida avanza y mi entendimiento cambia. Puedo regresar a una canción como memoria, como documento”.
¿Cómo escribe Buck Meek sus canciones? ¿Tiene algún ritual, tipo copa de vino y atardecer? “Intento verlo como un trabajo”, contesta. “Cuando estoy escribiendo un disco, lo más productivo es levantarme, empezar a las nueve y terminar a las cinco, con rutina diaria. Desmitificarlo. He probado rituales como velas y demás, pero para mí lo más efectivo es quitarle mística y tratarlo como ir a trabajar: entrenarme a la guitarra, no ponerme excusas. Quitar distracciones es importante: crear un espacio de concentración como si estuvieras en una oficina, que la gente sepa que estás trabajando para que no te interrumpan, no permitirte despistarte y seguir, porque al final es como cavar una zanja. Es puro trabajo manual”.
En el fondo, “The Mirror” tiene mucho de reacción contra varias cosas. “Al escribir estas canciones –explica tras pensar su respuesta durante exactamente quince segundos– intenté ser honesto conmigo mismo sobre todas las presiones y expectativas: las que existen en mi cabeza, las que proyecto sobre mí y las que vienen de fuera alrededor de cosas que he puesto en el mundo. Intenté no suprimirlas, porque suprimirlas crea estigma y luego reaparecen de formas feas. En cambio, aquí traté de nombrarlas, incluso hablar de ellas directamente en las canciones. Y hacerlo las neutraliza: de repente parecen pequeñas. En cuanto las admites, esos miedos pierden fuerza. Quise documentar ese proceso dentro de las canciones. En ‘Heart In The Mirror’, por ejemplo, hablo del miedo en el espejo, del miedo a los críticos, del deseo de escribir para mí, y en la última estrofa lo hago diciendo cosas absurdas, como ‘querer besar fruta en el súper, besar la alfombra’… Cosas que aparecieron en mi cabeza y pensé: ‘Esto no lo puedo poner en una canción, es ridículo’. Pero si la canción trata de decir lo que quiero decir, lo que sale, tenía que hacerlo. Y lo hice. Hay varios momentos así en el disco: es como metadatos del miedo y de empujar hacia él”.
Meek ha conocido el éxito de primera mano con Big Thief, banda formada en Brooklyn, Nueva York, en 2015 con seis álbumes en su historial, alguno de los cuales, como “Dragon New Warm Mountain I Believe in You” (2022) llegó a colarse entre los 40 más vendidos en Estados Unidos –el 31 fue su puesto más alto en la lista Billboard 200, y eso que era un disco doble– y les valió dos candidaturas a los premios Grammy. Tal reconocimiento por su carrera grupal hace el proyecto solista de Meek más fácil y, al mismo tiempo, más complicado, según dice: “Lo hace más fácil en recursos, claro: tengo más medios gracias a Big Thief y también más amigos por todo el mundo por haber viajado con la banda. Pero a la vez estoy muy comprometido con Big Thief y tenemos un calendario muy exigente: trabajamos todo el tiempo. El reto es encontrar espacio entre los compromisos de Big Thief para escribir, grabar y girar con mi proyecto. A largo plazo, en realidad eso me ha beneficiado: me ha dado perspectiva, ha ralentizado el ritmo y me obliga a ser más intencional, a crecer como persona, a vivir. Y creo que eso enriquece las canciones”.
“De verdad creo que el proceso de escribir no termina nunca”, prosigue “Escribes cada vez que sales de casa, cada vez que interactúas con alguien, cuando recibes información: lo que escuchas, las conversaciones con la gente que quieres, con los que te cruzas, lo que haces con las manos, tu relación táctil con el mundo, mantener tu casa, arreglar pequeñas cosas… Todo lo que en tu vida no es ‘escribir una canción’ en realidad es más importante que escribirla. Así que cuanto menos tiempo paso ‘trabajando’ en mi proyecto, creo que mejor”.
La gira de presentación de ‘The Mirror’ llegará a Europa a mediados de marzo, aunque básicamente se circunscribe a las Islas Británicas y el norte del continente. “Ojalá fuera a España”, lamenta. “Me encanta España, tengo buenos amigos allí”. Kisser, la banda que ha formado con su esposa, Germaine Dunes, abrirá los conciertos. “Así que será un doble programa, doble ración de rock’n’roll”, dice. No es probable que aparezcan canciones de Big Thief en el repertorio, toda vez que Adrienne Lenker –exmujer de Meek– es la compositora en solitario de casi todos los temas. “A veces toco una canción llamada ‘Certainty’, que compuse con Adrienne para Big Thief. La escribimos y la grabamos en nuestro disco ‘Dragon New Warm Mountain I Believe In You‘. La hicimos juntos desde cero, así que a veces la incluyo”. Y en cuanto termine la gira, Meek dejará de acaparar los focos para reintegrarse en la banda que lo convirtió en sensación internacional. Big Thief tocarán en Barcelona (Primavera Sound; 6 de junio), Sevilla (Cartuja Center; 9 de junio), Madrid (Noches del Botánico; 10 de junio) y Bilbao (Santana 27; 12 de junio). ∎