a puntualidad –una de las pocas virtudes de este añoso periodista si la puntualidad es una virtud– posibilita situaciones como la siguiente. Quince minutos antes de la hora a la que me han citado, enciendo un pitillo en la puerta del hotel madrileño donde se aloja el cantautor estadounidense Cass McCombs. Dos caladas después, del funcional establecimiento sale un tipo cuarentón, la cabeza cubierta por una gorra azul, quien en la esquina de la calle, a unos quince metros de mí, prende otro cigarrillo mientras revisa su móvil. ¿Es Cass McCombs, de 47 años? Lo es. Movido tanto por el prurito profesional que se me presupone como por evitar el embarazoso momento de saludarlo dentro si nos hemos evitado fuera, me acerco a él y murmuro: “¿Mr. McCombs?”.
La entrevista comienza en ese instante. Considero roto el hielo: había leído que McCombs es un tipo árido en el trato, hermético en la conversación que roza los temas personales. Por el contrario, en tono amigable, cuenta que llegó el día anterior, que lo llevaron a cenar a un restaurante cercano –por un gesto de su mano, y dada la zona de Madrid donde estamos, deduzco que fue en el barrio de Malasaña– y que al término de mi entrevista cogerá un avión, ya en la tarde, para regresar a Nueva York, donde actualmente reside.
Mi proverbial mano izquierda me lleva a comentar que lo vi en directo en la capital en septiembre de 2022 –aquí la crítica– en un concierto al que, añado, “asistió muy poca gente”. Y me quedo tan ancho. Ríe confirmando el escaso aforo; recuerda el nombre del teatro donde actuó –fue en el Lara; me pregunta si se celebran muchos conciertos allí– y explica que el escenario de dicho recinto está ligeramente inclinado hacia el público, tal vez con intención de que la audiencia tenga una visión más completa de actores y escenografía, razón por la cual debieron instalar topes en monitores y pedales para que no resbalaran al patio de butacas.
No es un tipo antipático McCombs; en absoluto. Si acaso bastante tímido, lo que en muchas ocasiones –doy fe– se confunde con antipatía. “Creo que sí soy tímido”, corrobora en el interior del hotel, ya sin gorra, ambos sentados en un sofá bañado por el incómodo sol que traspasa la ventana. “He conocido a personas más tímidas, pero soy una persona tímida. No socializo mucho”. Le endilgo que, al parecer, ha levantado un consistente muro entre su música y su vida personal, cuando en multitud de ocasiones ambas esferas están interconectadas. “Sí –concede–, pero hay otro elemento en la música que es la imaginación. El inventar cosas. Cuando era niño inventaba amigos imaginarios y hablaba mucho conmigo mismo, y cuando empecé a escribir canciones, fue una continuación de ese mundo imaginario de la infancia”. Se anima a revelar que no tiene hijos y que, en un día cualquiera, además de tocar y componer, gusta de leer y hacer ejercicio. “Pero no estoy en forma”, dice, correcto aunque inquieto.
Más relajado se siente cuando habla de su último álbum, “Interior Live Oak” (Domino-Music As Usual, 2025), duodécimo de su discografía. En él, despliega su característica e inusual habilidad para tocar distintos palos sin perder su identidad. Hay pasajes de indie rock, de country, de folk e incluso toques de lo que en los setenta se llamaba soft rock. Pero, más que eso, lo realmente llamativo de este músico nacido en Concord, California, y vuelve a demostrarlo ahora, es su capacidad para que cada tema sea distinto del anterior; para no repetirse, destreza también poco habitual. Se las arregla, en cualquier caso, para que en medio de ese variado repertorio, el oyente sepa que es Cass McCombs. En esta ocasión, si hay un hilo conductor es su afán por sonar cada vez más austero.
“En el estudio siempre dejo que las cosas pasen”, dice. “La idea específica que teníamos con este disco era dejar que la instrumentación y los arreglos fueran los mínimos posibles. Descubrir que la canción hablara por sí sola con pocos instrumentos. Pienso que una canción se escucha mejor cuantas menos cosas tenga en ella. Realmente no necesitas mucho para escuchar una canción, para explicar la información musical y transmitir la letra de la manera más simple posible. Mi principal objetivo es que la gente ponga atención en las letras”.
El cantautor y sus letras… En eso no se diferencia de sus homólogos. Así que hablemos de esos textos que a menudo se asemejan a parábolas bíblicas, con profusión de personajes a quienes les pasan cosas raras e historias que tal vez el oyente no es capaz de desentrañar a la primera. “No intento ser inescrutable u oscuro”, asegura. “Es solo el modo en que pienso. Todo el mundo tiene pensamientos privados; yo también. Los pensamientos privados pueden ser entendibles con un poco de interés, porque no todas las ideas se entienden fácilmente. Debes currártelo y hacer un pequeño esfuerzo para comprenderlos. Aunque tampoco hay mucho que entender, es música a fin de cuentas”.
El álbum se abre con “Priestess”, canción en la que habla de una chica a quien define como “ángel cantor” con “humor negro”. “Está dedicada a una amiga mía que recientemente falleció”, dice. “Era una persona increíble. Tuvo una vida bastante dura. Crecimos juntos. Cuando éramos pequeños la gente se sentía atraída por ella. Era una persona realmente genial e increíble; una cantante que apoyó mi música cuando yo empezaba”.
El título del tema –“sacerdotisa” en castellano– viene a ratificar la tendencia de McCombs a emplear colorido imaginario religioso en su música. Así, en “Home At Last” menciona a “mi Creador”, en “I’m Not Ashamed” cita la ciudad de Belén y en “Interior Live Oak” menciona “los claustros”. Todos son del nuevo disco. “Sí, desde luego, la religión siempre ha sido una influencia para mí”, admite. “Pienso mucho sobre ello y… ¿qué puedo decir? No soy creyente de ninguna fe, pero respeto todas. He leído los textos sagrados tratando de encontrar algo que me inspire. Desde el principio me han interesado las perspectivas antiguas. Aunque no crecí en un ambiente religioso… Había un poco de catolicismo, de universalismo unitario… Pero me han interesado las prácticas del culto”.
Una de las piezas que más evocan el estilo de las parábolas piadosas es “A Girl Named Dogie”, en que la protagonista aterriza en Nueva York, donde “robó una flor de ceniza y la llevó a la Torre de la Libertad; la arrojó al pozo sin fondo, donde el agua se precipita”. “Me gusta eso que dices de las parábolas”, apunta. “No lo había pensado. El personaje de Dogie para mí es muy simple: es alguien que llega a la gran ciudad y se siente como pez fuera del agua. Quizá alienada como un extraño que se siente diferente. Muchas de mis canciones son sobre gente que no encaja”.
“Peace”, de tintes fúnebres, no habla de muerte, sino de todo lo contrario. “Diría que está escrita para los fans que aún siguen con vida. Cuando dices adiós a un amigo, no sabes cuándo vas a verlo otra vez. Le deseas paz, con la esperanza de volver a pasar más tiempo con él”. Otro de los títulos, “Lola Montez”, evoca a la bailarina irlandesa que a mediados del siglo XIX viajó a la Costa Oeste de Estados Unidos, donde su audaz atrevimiento causó sensación. “He leído varios libros sobre la historia de California, y algunos relataban su llegada al viejo San Francisco causando escándalos. Indagué un poco. Ella escribió un libro. Sobre todo es una escena inventada, producto de mi imaginación”, explica.
En “Van Dyck Expressway” canta: “La vida humana es vida dormida”. “Estamos aquí por un corto período de tiempo y después vamos a otra parte o a ninguna. No sabemos. Si esta realidad fuera permanente, podrías decir que es una vida de estar despierto. Pero gran parte de ella no depende de nosotros, y somos como sonámbulos o personas que deambulamos dormidas por la acera tropezando unas con otras, no siempre conscientes del rol que desempeñamos en la gran foto. Además, mucha de mi música es sobre el subconsciente. Trato de poner letras a mis sueños o dejar que mis sueños encuentren su camino hacia mis letras. Aunque no sé qué significan los sueños; nunca he intentado interpretarlos o entenderlos. He leído algunos libros y no sé si dicen la verdad, ni si alguien sabe interpretarlos”. De nuevo, la vida y la muerte. “El punto de vista de mis canciones –añade– es la vida: un amigo está aquí y luego ya no está. ¿Dónde ha ido? Es solo el sentimiento de pérdida. Es algo en lo que tengo derecho a creer. No pienso en teorías sobre qué pasa después de la muerte”.
“Juvenile” se antoja una sátira de la juventud, pero él matiza. “Va de recordar cómo era ser joven. Todos fuimos jóvenes una vez y cargamos con eso toda la vida. Para mí hay una eterna juventud. Cuando yo era joven, todo lo adulto me parecía corrupto. La gente se comprometía a tener una integridad y encajar en el mundo adulto; la gente se mentía para tratar de crecer. Pienso que es un gran error. La adultez es una trampa”, proclama.
Y luego está la autocrítica o, más sutilmente, el modo no precisamente indulgente en que habla de sí mismo en las canciones. Como en “I’m Not Ashamed” (“no me avergüenzo”). ¿De verdad no se avergüenza de nada de lo que ha hecho en estos largos años en la música? “Me arrepiento de todo en mi carrera, de toda ella”, dice, subrayando con gestos de afirmación. “Hay muchas cosas en tu vida sobre las que no tienes voluntad. No tienes el control de quién eres, ni puedes controlar cómo te ven los demás o cómo es tu familia; cómo es tu educación o tu entorno. Son cosas que basamos en el destino. ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de cosas que no podemos controlar?”.
Más severo consigo mismo se muestra en “Home At Last”, donde espeta: “No tengo ingenio y lo sé (…) No soy tan brillante”. Entre risas, alega. “Sí, no soy nada. Soy un gusano. Siento eso de verdad, no estoy bromeando. No tengo una buena opinión de mí mismo. Puede que discuta con alguien por defender una idea pero, no sé, realmente no tengo una buena opinión de mí mismo”. ¿Cómo se conjuga eso con el hecho de que algunos –como un periodista de ‘The New York Times’– lo considere uno de los mejores compositores de su generación?: “No me gustan los cumplidos. No los gestiono bien. ¡La gente está equivocada!”, exclama con una sonrisa. “Soy horrible”.
Cass McCombs debutó como solista con el EP “Not The Way” (Monitor-4AD, 2002) y después publicó su primer álbum, “A” (Monitor-4AD, 2003). De esas fechas data su singular tendencia como hacedor de canciones, estilo que, según sostiene, no ha cambiado mucho con el tiempo. “Ha sido un viaje. He probado muchas aproximaciones a la hora de escribir letras, he leído muchos libros y me han influido diferentes tipos de poesía y escritores. Con este disco en realidad estaba tratando de pensar en mí mismo como una persona joven escribiendo mis primeras canciones y en qué podría tener en común con esa persona, lo que quizá no era tan diferente. Las cosas que me animan a coger lápiz y papel son las mismas. No es tan distinto, en realidad”.
Generalmente, las canciones de McCombs parten de la letra, a la que más tarde pone música. “Sí, aunque a veces empiezo con un ‘riff’ de guitarra. Toco a menudo, y salen ‘riffs’ que molan. Aprendo viejas canciones de blues y, de algún modo, eso se integra en mi técnica como guitarrista. Pero no sigo ningún proceso para componer. Cada vez debo averiguar cómo empezar, lo que lo convierte en algo misterioso. A veces mi acercamiento a una canción es como letrista, otras como guitarrista y otras como cantante”.
Sobre los temas que le inspiran, declara: “Creo que las buenas canciones nacen de la vida, pero parte de la vida es ese sueño del que estábamos hablando. Trato de encarnar el espíritu de la calle y de amigos que viven en la calle, de la realidad de la adicción y cosas así. Siempre llega un punto en que debes usar tu imaginación. Creo que toda canción nace de la realidad, pero en cierto punto llegas a una encrucijada y debes sumergirte en los rincones más oscuros de la mente para que tenga sentido. Porque nuestro mundo no tiene sentido, pero, por alguna razón, el mundo espiritual sí”.
Si pudiera establecerse un método recurrente que McCombs aplica cuando se dispone a escribir, sería este: “Cada mañana me levanto y trato de no hablar con nadie y simplemente salir del sueño. No funciona todo el tiempo. Creo que en eso, el ser músico es distinto a ser escritor o cualquier otra cosa. La música estará en tu cerebro todo el tiempo… Ahora hay un saxo de fondo (suena en el hilo musical del hotel) y está entrando en mi cerebro… y me está distrayendo, de hecho. Trato de escribir mis sueños, mis pensamientos. No siempre se convierte en una canción”.
Y con el disco… la gira. Ya en agosto ofreció varios conciertos en Europa presentando “Interior Live Oak”, abriendo en ocasiones para Father John Misty. Septiembre lo dedica a tocar en Estados Unidos. Más actuaciones promete para meses venideros. Como afirma, es un apasionado de la vida en la carretera y todo lo que implica. “Me encanta”, afirma. “Siempre intentamos salir de fiesta después de los conciertos. Muchos compañeros que van de gira terminan en esa parte autodestructiva. He oído hablar de músicos que no participan en eso y no lo entiendo. Entonces ¿para qué sales de gira, para ganar dinero? Extraño. Me encanta viajar, hacer giras, tocar música y pasarlo bien”. ∎