Epifanía a pequeña escala. Foto: Alfredo Arias
Epifanía a pequeña escala. Foto: Alfredo Arias

Concierto

Ana Roxanne: poéticas ambient

La cantautora estadounidense, vinculada a la escuela de Oakland y a las escenas de vanguardia de Nueva York, regresó anoche Madrid –después de pasar por los festivales Boga Boga de San Sebastián y WOS de Santiago; hoy actúa en Barcelona– para presentar las canciones, o más bien las meditaciones ambient, de su último álbum, “Poem 1”. Fue una velada de introspección, marcada por letanías de piano y voz y por una intensidad creciente pero nunca resuelta desde el exceso. Y una comunión hipnótica con emociones universales, de las que se sienten a flor de piel.

La música de Ana Roxanne no es excesivamente vanguardista ni experimental. O al menos no lo es en el que es su segundo trabajo en solitario, “Poem 1” (2026). Aquí la intención es hacer canciones con mayúsculas y con todas las letras, con estructuras y leitmotivs que se acercan al pop, al folk o en menor medida al jazz, y con un poso emocional reconocible universalmente: el desamor. Y es exactamente esto lo que está presentando en directo: sus conciertos con este disco por percha son una comunión pop de intimidad, un piano bar intenso que reta al asistente no tanto por sus desafíos sonoros como por su propio ánimo absolutamente introspectivo, contrario por naturaleza a cualquier bar sobre el que no repose una especie de hálito del decaimiento, tan reconocible dentro de la imaginería lynchiana pero tan impracticable fuera.

No. Una sala de Madrid un día random de la semana no le pega demasiado a este tipo de concierto, que más bien invita a la reflexión solitaria, al dejar irse propio, que a cualquier tipo de rito social o comunión beoda. El respeto del público congregado en la sala Clamores al menos es el justo, pero también se respira un ambiente algo decepcionado, entre el stendhalazo de unos y el aburrimiento de otros. “Yo hubiera preferido que fuera todo con el piano”, dice un chico a la salida; la novia le responde que si no hubiera sido por el bajo y por los breves momentos al sintetizador a ella le hubiera parecido insoportable... Y lo cierto es que los dos tenían un poco de razón: para “llenar” el concierto, Roxanne está formando sobre el escenario con Nico Leibman (Harmony Index) al bajo –también con Jem Doulton a la batería; pero no en esta ocasión–, y su presencia es fundamental para hacer que gane espacialidad, para que las vibraciones invadan el espacio. Si en su versión grabada las iniciales “The Age Of Innocence” y “Berceuse In A-flat Minor, Op. 45” están decoradas por violines o drones sutiles, en directo se materializan de una forma más desnuda, más despojada, pero a la vez más física y más atmosférica, apoyándose solo en el piano y el bajo y en el espacio que entre los dos dilatan. Los fantasmas empiezan a hacerse presentes en los rincones de la sala, pero no han venido a provocar ni distorsión ni disonancia alguna. Bailan como en un hall de danza contemporánea, estirando y contorsionando sus extremidades tanto como permiten los acordes.

Respeto del público congregado en la sala Clamores. Foto: Alfredo Arias
Respeto del público congregado en la sala Clamores. Foto: Alfredo Arias

“Nocturne” abre paso, poco a poco, a sonoridades más sintéticas, y flota en una especie de new age contemplativa con una solemnidad ritual en la voz que es puro Enya. Y en “Camille” algo parecido a un ritmo emerge por primera y única vez de las máquinas entre samples de grabaciones de campo y conversaciones telefónicas. La monumental “Untitled II”, de nuevo con la dupla piano-bajo que define los mejores momentos del concierto, marca el clímax con su hipnótico minimalismo y con su gravedad downtempo.

A partir de aquí, el recorrido enfrenta su sección más expansiva, de nuevo con Leibman y Roxanne cruzando sintetizadores y basculando entre un jazz noir ralentizado y algo mucho más coral e incluso orquestal: en “Cover Me”, las dos armonizan coros eclesiales sobre toda una coral de voces gregorianas, y en “Atonement” las cuerdas pregrabadas se debaten entre mostrar sus heridas granulares o servir al propósito elevado de sublimar la poesía quieta de Roxanne hasta la magnitud de un auditorio. Lo mejor es que antes de expandirse plenamente –o antes de progresar, o antes de romper– las canciones siempre deciden recogerse cuando no disolverse por completo, por qué no incluso en sonoros fade-outs. La noche que cubre la artista estadounidense es la oscura del alma: una desolada y solitaria, que lidia con los propios demonios y encuentra paz en la serenidad del ambient y en la grandeza de las melodías que nos atan a algo que trasciende el espacio y el tiempo.

Al final, ya sola, Roxanne enfrenta el piano por última vez para versionar un viejo estándar jazz que también han hecho suyo Frank Sinatra, Billie Holliday, Nina Simone, The Durutti Column, Marianne Faithfull o Sílvia Pérez Cruz: “I Get Along Without You Very Well (Except Sometimes)”. Y lo hace como si fuera un hada del folk, como si por un segundo la sombra se hubiera disipado y pudiera verse, después de todo, algo de hierba. Como si fuera Eliana Glass: descalza sobre tablones de madera, sobre hojas de cristal. El embrujo se disipa y cada cual vuelve a su círculo, a sus amigos, a su charla, a su casa. Pero queda la sensación de haber visto una epifanía a pequeña escala. Perfectamente excepcional y a la vez inevitablemente cotidiana. ∎

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