La entidad conocida como Boris (ボリス) empezó su longeva trayectoria musical en 1992, con Wata a la guitarra y los teclados, Takeshi al bajo y la guitarra y Atsuo como cantante. En 1996 este último cogería las baquetas para sustituir al primer batería de la banda, Nagata, y así quedó forjado un trío que se ha mantenido durante las tres últimas décadas.
Ya desde el inicio de sus andanzas en 1992, cuando tomaron prestado el nombre de una canción del disco “Bullhead” (1991) de los Melvins, Boris ha sido un grupo que se ha esforzado en cultivar una idiosincrasia musical que se resiste a clasificaciones convencionales. Esta ha discurrido por los conductos del drone y el dream pop, con un particular hincapié en el sludge y el noise. Su nuevo álbum se presenta como enésimo giro a las expectativas: considerando el tipo de música que contiene, es de esperar que “W” (Sacred Bones-Popstock!, 2022) sea visto entre los fans como la calma tras la tormenta desatada por “NO” (Fangs Anal Satan, 2020), del cual es secuela directa. Después de ese álbum, que mostraba la faceta más feroz del grupo, “W” ofrece momentos de más contemplación y sosiego con un tono atmosférico que en ocasiones roza el ambient. Si bien la elasticidad estilística es algo de esperar cuando se trata de Boris, resulta inevitable preguntar hasta qué punto ambos discos fueron planteados como dos caras de una misma moneda. “Visualizamos ‘NO’ como una curación y ‘W’ como un despertar”: así lo define Atsuo. “Cuando la producción de ‘NO’ estaba acabando, surgió la orientación que tomaría ‘W’ y nos pareció que era necesario concebirlo como obra emparejada; en cierto modo, gracias a ‘W’ fuimos capaces de completar ‘NO’”.
“Es absurdo establecer reglas y barreras en la música”, afirma Takeshi ante la inevitable pregunta sobre la obstinada metamorfosis estilística de la banda. “Cuando escuchas algo y piensas ‘¿qué es esto?’, ¡mola! No tiene ninguna importancia cuál sea el idioma o de qué país sea. Confiamos en que la gente escuche nuestra música con esta mentalidad”. La reacción de Atsuo ante la cuestión del género musical es incluso más críptica: “Creo que era un ser humano ‘normal’ en los albores de la banda, pero con el paso del tiempo me he ido liberando, guiado por los sonidos”. Y añade que, en cualquier caso, los diversos sellos que han colaborado con Boris han “demostrado comprender” lo que el grupo intenta hacer: “A lo largo de estas tres décadas, hemos tenido la suerte de contar con esa libertad”.
¿Diríais que Boris interactúa con los géneros de modo cíclico? ¿Qué es más importante en vuestro proceso creativo, el estado anímico o un planteamiento conceptual?
Takeshi: El sonido que generamos varía dependiendo de nuestro humor en ese momento. Igual que una persona no está siempre contenta o enfadada, la música también experimenta ese abanico de cambios y emociones. La forma como vertemos los sonidos se va actualizando con nuestro desarrollo personal.
Atsuo: Nunca partimos de un concepto antes de empezar a trabajar. Seguimos la pista de los sonidos y es así como la creación va tomando forma. Dentro de nosotros siempre hay un rugido y un silencio interiores, así como la sensación de que evolucionamos constantemente. Por eso mismo, en realidad no sentimos que “NO” y “W” sean obras tan diferentes.
Dejando a un lado el tema del género, ¿diríais que formáis parte de cierta escena en Japón? ¿Cómo diríais que encajáis en el contexto japonés?
Atsuo: Lo que pasa es que aquí hay muchos grupos de estilo musical puramente libre, sin barreras, que luego deben ser evaluados y clasificados por gente de fuera de Japón. Es probable que en cualquier país la mayoría de bandas respondan a aspectos distintos como la metodología, el género, los negocios… Además, nuestra forma de juzgar la historia del rock en Japón es distinta a la de los Estados Unidos, ya que contamos con nuestra propia historia, que es prácticamente desconocida en el exterior. Lo que quizá desmarque a Boris del resto es que somos conocedores de ambas trayectorias en la evolución del rock: la japonesa y la americana.
El rock pesado en Occidente cuenta con su propia tradición que finalmente desembocó en el sludge y el doom metal, que estallaron en los 80 y 90. ¿Diríais que existe una tradición parecida en Japón?
Atsuo: No creo que exista una línea directa que conduzca del hard rock clásico al sludge o el doom. Entre medias hay toda la historia del punk y el hardcore, y varias subtendencias dentro del heavy metal. La evolución no ocurrió de manera ordenada empezando desde ese punto de partida: los nuevos tipos de música hardcore y grunge alentaron una revalorización de tradiciones pasadas. Es decir, varias bandas actualizaron su música siendo simultáneamente influenciadas por nuevos grupos y una reevaluación generalizada del pasado. En Japón hubo una serie de bandas que medraron con una mentalidad parecida a esa tendencia occidental; Corrupted y GREENMACHiNE desde el hardcore y Church Of Misery y Eternal Elysium desde el metal.
Takeshi: A menudo se nos menciona como una de esas bandas de tipo pesado y lento, pero quisiera recordar que ya originalmente partíamos de puntos de referencia adicionales como el ambient, el drone o el noise. A nuestro parecer, nadamos por un caudal distinto al de esos grupos mencionados.
¿Cómo describiríais la situación del sludge, el doom u otras vertientes del hardcore y el metal en el Japón de principios de los 90? ¿Creéis que existía una buena correspondencia con grupos de fuera del país?
Takeshi: Sin duda eran tiempos caóticos, teniendo en cuenta que era cuando empezaban a sonar ese tipo de bandas. No obstante, ya desde un primer momento optamos por no caer en un encasillamiento concreto de género: el hecho de querer tocar con bandas de todo tipo nos permitió encontrar nuestro propio lugar y hallar nuevas formas de crear música.
Atsuo: Era francamente caótico. Los conceptos del sludge y el doom parecían tan alejados como lo estaban el metal y el hardcore. Estaba todo revuelto porque había entremezclada una escena de power violence. Alguien que salía del hardcore probablemente se movía por entornos distintos que alguien que salía de la escena metalera; también en Japón existía esta separación de mundos. Visto en retrospectiva, tengo la sensación de que cuando la discográfica americana Bovine publicó nuestro primer split (con Tomsk 7, en 1997), ya existía una sólida interacción entre ambos lados del Pacífico, incluso en esa época, cuando internet no estaba tan extendido.
¿Qué bandas japonesas de los 90 creéis que han sido injustamente olvidadas con el paso del tiempo, independientemente del género?
Atsuo: Hay muchísimos grupos japoneses underground que son virtualmente desconocidos en Occidente: Domlock Sandhill, U., Abnormals, Jesus Fever, Nice View, Funhouse, S.D.S, Guinny Vamps… Esas son algunas de las bandas con quienes compartimos escenario, todas fantásticas.
Takeshi: Yo mencionaría a Macrofarge y Acid, dos de las bandas hardcore más interesantes e innovadoras de los 90.
¿Cómo explicáis la longevidad de vuestra banda? ¿Hay algún consejo que queráis darle a grupos más jóvenes respecto a esto?
Wata: Una de las claves es el respeto mutuo. Hemos vivido todo tipo de cosas a lo largo de treinta años. Sin embargo, aunque nos topáramos con problemas, los conseguimos superar efectuando cambios en la banda con tal de seguir en activo; y fue durante este proceso cuando el rol de cada miembro se hizo cada vez más claro. Llegó un punto en que nos percatamos de que nos habíamos convertido en una banda que no puede funcionar respaldándose únicamente en el poder o el ego de una única persona, y que todos éramos igual de irremplazables.
Takeshi: Nunca se me pasó por la cabeza aprovecharme de nadie o de nada. Creo que si haces algo que te gusta y te lo pasas bien, seguirá hacia delante, de forma natural. Lentamente, sin prisas.
Atsuo: La pandemia del coronavirus se lo ha puesto muy difícil a las bandas más nuevas. Mi recomendación es, simplemente, pasáoslo bien. Generar sonidos ruidosos es una gozada, con eso ya debería ser suficiente para que el grupo siga adelante. Pero id con cuidado, no os quedéis sordos.
Son bien conocidas vuestras salvajes colaboraciones con Merzbow. ¿Hay algún artista o grupo con quien os gustaría trabajar?
Atsuo: Yo no me planteo esta pregunta. Las colaboraciones surgen de encuentros naturales y no es algo que los sellos puedan concertar. Eso sí, solo queremos colaborar con aquellos a quienes respetamos.
Takeshi: Diría que las colaboraciones son como el destino. Casi como si nos viéramos impelidos a trabajar con otros. Aunque no seamos conscientes de ello ahora, habrá un día en que nuestros caminos se entrecruzarán inevitablemente. ∎
Desde la publicación de “Absolutego” (1996), sesenta minutazos de contundente drone metal inspirado directamente en Earth, muy variopintos han sido los pantanos sonoros explorados por Boris a lo largo de los años. Si bien diversas obras de su primera década como “Amplifier Worship” (1998) o “Boris At Last –Feedbacker–” (2003) siguieron esa inicial obsesión por lo lento y pesado, sorprendieron con sutilezas como “Flood” (2000) –una epopeya de ambient minimalista con implosiones post-rockeras– o con salvajadas de corte más stoner como “Heavy Rocks” (2002), “Akuma no Uta” (2003) o “Pink” (2005). Indiscutiblemente establecidos como titanes del ruido en sus diversos colores, en parte también gracias a colaboraciones con referentes de la música pulverizadora como Sunn O))), Michio Kurihara o Merzbow, se marcaron un giro radical con “New Album” (2011) y “Attention Please” (2011), donde dejaron a un lado esa devoción por los amplificadores para descubrir una faceta más “ligera”, con concesiones al dream pop y al shoegazing. Sin embargo, como demostrarían álbumes posteriores –la ración de sludge droneante “Dear” (2017) o la traca crust/hardcore “N0” (2020)–, para nada habían abandonado sus cimientos. Y con “W” (2022), cuyo eclecticismo repasa diversos momentos sónicos de su historia y revela nuevos caminos, continúan su firme rechazo al puro encasillamiento estilístico. ∎