¿Cómo es tu piano?
Es un piano de pared. Un Yamaha abierto, sin tapas, nunca las ha tenido desde que llegó a la casa. Las cuerdas al aire y la sordina siempre puesta. Se la cambié para que tuviera un filtro no tan gordo y desde entonces tiene un filtro muy bonito; apaga pero hace el dibujo.
¿Por qué es tan importante la sordina?
Porque el piano es un instrumento muy sinfónico, que grita mucho y te puede hacer caer fácilmente en el retoque. Para mí, mucho de lo sinfónico tiene más reto técnico que estético. Por eso es clave la sordina y también elegir muy bien las notas que tocas. Porque la música no solo está en lo que tocas, sino en lo que dejas de tocar: lo que callas. Igual que las palabras.
¿De dónde viene “Nuca”?
De “Solilòquia”, un disco de piano solo que salió en abril del año pasado y que habla de la soledad. Ese fue un disco que hice en mis momentos de insomnio, en casa, justamente con el piano y la sordina. Continuando con esta idea quise seguir hablando de la soledad, pero desde otro lado. Decir: “Vale, ya hemos entendido que estamos en una pandemia que es la soledad, que es un mal de época, y que nos sentimos más o menos todas igual, desamparadas por un sistema. ¿Qué vamos a hacer con esto?”. “Nuca” es la respuesta.
¿Qué va contando esa narración que es tu discografía, desde “Declaracions”, que salió en 2009, hasta el día de hoy?
Lo que cuenta es que soy una persona que se define por lo que hace y no por lo que es, que necesita hacer para no pensar, para no mirarse. Esa sería la parte más patológica. Por otro lado, la más romántica: soy una persona que sana con lo que hace y que necesita el proceso artístico para sanar sus cosas. Y que no entiende el arte desvinculado de la vida. Si la vida pasa, el arte pasa con ella.
Eso de no mirarse me hace pensar en el título “Nuca”: esa es la parte de uno mismo que no podemos ver.
Sí, pero la nuca también es la parte que te permite girar la cabeza. También es el punto de anclaje donde tú mueves el cuello para ver a la otra persona y, lejos de querer solucionarle lo que le pasa, acompañarla. Si somos una coral de soledades, en vez de estar aisladas en nuestra casa, atomizadas, ¿por qué no estar juntas?
Hablemos del proceso de este disco.
Yo estaba –y estoy– harta de las colabos: de que el tema de colaborar con otros artistas tenga que ver con algo mercantilizado: con compartir audiencia para tener más likes y para que te conozca más gente. Yo creo que los featurings tendrían que nacer desde otro lugar. No soy capaz de cantar mis canciones y siempre necesito de una voz que lo haga. Y, claro, si quiero hablar de coral de soledades... Como decidí que el disco no iba a salir en Spotify, elegí a gente que no la vas a encontrar en ningún sitio porque no han publicado. O sea, escogí a las personas que creía que tenían algo que decir en esto de sentirse solas. Proponer un terreno para que alguien haga algo es un acto de confianza.
Todos esos intérpretes, como Mar Pujol, Anna Andreu o Ahmed Eid, realmente hacen suya cada pieza.
Claro, pero es que hay mucho curro previo de preparar a la persona para que pueda brillar en lo que hace. A mí me ha pasado de ir a grabar algo, hacer cuatro acordes y que ya me estén diciendo “te pondremos como ‘featuring’”. Y yo les he dicho: “¿Pero esto por qué? Si solo he grabado cuatro acordes. ¿Qué es lo que te interesaba de esto, el nombre o mis acordes?”. ¿Qué es lo importante de todo esto? Yo intento que cada persona tenga un montón de protagonismo. Que no les suenen palabras ajenas, que las frases sean sencillas y si hay alguna nota que no les gusta, la moldeamos, ¿no?
¿Y para ti qué es lo importante de tu disco? O mejor, ¿qué es lo importante de la música?
Para mí lo importante de la música es que sirva para conectar. No para desconectarnos. Porque al final muchas veces nos ponemos música para desconectar del mundo y yo creo que es ponernos música para conectar con el mundo, con lo que nos interesa, con lo que sí. Esto también es de lo que habla un poco “Nuca”. Al final creo que la música es un espacio o un terreno supervulnerable. Y superfértil, porque te transforma aunque tú no quieras, porque entra por una parte inconsciente. Tú puedes ir a ver, yo que sé, una charla sobre filosofía, y si estás cerrado no vas a entender nada de lo que dicen. Pero la música, sobre todo si está hecha con el alma… Tiene que ver con la honestidad, ¿sabes? Con la autenticidad. Porque ya me dirás si Robe de Extremoduro era un buen cantante. No, pero abría la boca y te mataba. O Albert Pla. Son peña que dices: “No sabe cantar, pero es que me mata cada vez que abre la boca”.
Es cierto.
Vivimos en una época en la que todo está programado: vas a los conciertos y no hay músicos, sino gente disparando tracks y gente bailando encima. No sabes si el que está cantando está cantando encima de su voz o ni eso, suena todo igual que el disco… ¿Dónde está la imperfección de la vida? La vida es imperfecta, nos pasan cosas cada día, estamos cada día con todo a flor de piel. He querido crear un disco y un directo donde las cosas se puedan romper en cualquier momento. Donde exista esta posibilidad del fallo, del error, del desajuste, del ruido, del desacorde. De la desafinación. Que ocurre sin voluntad, claro, no es que vayamos a buscar esto, es que esto puede ocurrir. Y, si ocurre, hay que entender que la vida básicamente es eso.
Esa honestidad, ¿se aprende en las escuelas?
Yo creo que no. Yo creo que la música se aprende viviendo. Viviendo de verdad. O sea, teniendo un compromiso con la vida. Si tú no vives no puedes explicar cosas, si no te pasan cosas no puedes explicar cosas, si no te quemas, si no te mojas… No existe la música separada del mundo. Por eso cuando me preguntan si se puede desvincular la música de la política digo que no. Cualquier cosa que hagamos tiene que ver con la vida, la vida es lo que nos va pasando, y lo que nos va pasando tiene que ver con el contexto sociopolítico, sociocultural… Esta es mi opinión, que es de muy poca gente. Por suerte tengo la música y así me evado de este mundo. Estamos en un momento dificilísimo, ¿verdad? ¡Uf!
¿Qué le debe tu música a lo académico?
Sería mentira si dijera que nada. Mi música a lo académico le debe el sonido. Creo que mi gran talento es el control del sonido, que es una cosa muy complicada y que por cuestión de prioridades la mayoría de músicos no lo ponen en su top. Dime mística, pero para mí un buen sonido te pone en una situación energética muy vulnerable. Y es desde allí donde las cosas pueden ocurrir. Estoy obsesionada con el sonido.
¿Qué diferencia hay entre el sonido y la música?
No sé. Es que para mí la música no es el sonido en sí: es el espacio que hay entre las notas. Es decir, una nota por sí sola no puede vivir. Necesita de las otras. Como las personas: para ser persona necesitas otra persona. Somos interdependientes las personas, como las notas, como la música.
Háblame de Les Impuxibles, la compañía fundada con tu hermana. ¿Es un proyecto activo?
Sí, se cumplirán 15 años el año que viene. Es una compañía de hibridación de lenguajes donde se premian el lenguaje corporal y el musical en directo, que es una cosa que se ve poco en los teatros. Hablamos de temas que creemos incómodos socialmente. Sobre todo hablamos de temas para generar un nuevo discurso no estigmatizante para repensar juntas.
¿Cómo te llevas con el mundo de la música y sus imperativos de negocio?
Siempre he sido desobediente, por naturaleza. No me conformo con lo que se dice, sino que intento ir a buscar lo que creo. Así imposible llevarte bien con el capitalismo. Y si no te llevas bien con el capitalismo no te puedes llevar bien con la industria de la música. ¿Cuál es tu limbo de resistencia? El mío es muy bajo. Yo enseguida me quejo.
¿Qué artistas admiras?
Admiro mucho a Milo J. ¿Sabes quién es? Es un chico de, yo que sé, 19 años, argentino; ha sacado un disco el año pasado que se llama “La vida era más corta” que para mí fue el disco del año. Ha conseguido unir a personas migrantes de todo el mundo. Es muy bestia lo que ha hecho; no es como Bad Bunny: él habla de la pobreza de ser marrón, de las abuelas, de la espiritualidad, del colectivo, de la calle… Es muy político lo que hace y lo hace con calidad musical. Está tocando un montón de ritmos tradicionales y suena moderno. Milo es un ángel.
¿Planes de futuro?
Estoy en un momento de mi vida en el que he necesitado parar. Me ha parado el cuerpo, me ha parado la mente, me ha parado el mundo. Y tal y como está, me está costando mucho ponerme a crear. Y eso es una cosa muy rara en mí, porque aparte de los discos que he hecho, que son un montón, he puesto la música a más de cuarenta obras escénicas de teatro y danza, aparte de mi compañía, de las bandas sonoras... Soy una persona que se ha autoexplotado durante quince años. Y ahora no puedo más. Yo creo que tiene que ver con que ya no me llena como me llenaba. Lo que dice “Nuca” es “volvamos al tiempo lento, volvamos a la presencia, pongamos el cuerpo, dejemos la virtualidad, dejemos esta exigencia, juntémonos y celebremos”. Porque celebrar para mí ahora mismo es lo más revolucionario del mundo, porque no produce nada más que placer para ti; no produce nada al sistema y esto ahora mismo es urgente. ∎