Vinilo, casete, CD... o digital.
Vinilo, casete, CD... o digital.

Informe

El auge de los soportes físicos musicales: lo analógico y el riesgo consumista

¿Es la vuelta del gusto por los vinilos una buena noticia o solo una nueva tendencia de consumismo material compulsivo? No es sencillo dilucidarlo, pero lo que sí está claro –las cifras son elocuentes al respecto– es que la venta de este formato físico no deja de crecer y supone una inyección de capital cada vez más importante del que también se benefician artistas, sellos, distribuidoras y vendedores al por menor.

En una industria liderada por el streaming, los soportes físicos parecían condenados a convertirse en reliquias. Sin embargo, el vinilo sigue creciendo y las ventas han vuelto a subir a nivel internacional y también en España. El informe anual de IFPI –la Federación Internacional de la Industria Fonográfica, que representa a casi 1500 compañías de 75 países– confirma que esta tendencia no es exclusiva de España. En muchos territorios el vinilo mantiene cifras de crecimiento que contrastan con el declive progresivo de otros formatos físicos como el CD. El fenómeno responde a una combinación de factores que incluyen la nostalgia generacional y el interés por la cultura material, pero también las estrategias de marketing y una reacción frente a la desmaterialización total de la música.

Según el informe anual IFPI.
Según el informe anual IFPI.
En 2025 el mercado físico español creció 31,6%, alcanzando 41,7 millones de euros, impulsado sobre todo por el vinilo, que representó el 69% de las ventas físicas, superando casi los 29 millones de euros. Si bien el uso y consumo principal de la música grabada en nuestro país proviene de los servicios y plataformas de streaming, con una tasa del 90%, la realidad es que a lo largo de la segunda mitad de 2025 y este 2026 se han podido observar diferentes cuestiones que han tocado el superestatus de las DSPs, las plataformas de streaming. La relación económica de algunas compañías con empresas de desarrollo tecnológico con fines militares en medio del genocidio en Palestina y de las guerras en otros puntos del planeta hizo que muchos usuarios y usuarias cuestionasen sus decisiones, así como sus suscripciones a estas plataformas. De igual manera, la visibilización y denuncia por parte de bandas y artistas sobre la precaria retribución de su música en estos lugares hace que cada vez más fans se planteen elegir opciones más justas.

Lejos del algoritmo

Por tanto, este resurgir no responde a una única causa. Parte del fenómeno tiene que ver con la dimensión cultural del vinilo, que aporta un objeto de coleccionismo, una estética y un ritual hacia la escucha física en el sentido más estricto. Pero también existen factores económicos y sociales que explican su persistencia, así como la del CD o el casete. Como decía Penny Lane en “Casi famosos” (Cameron Crowe, 2000), “si algún día te sientes sola, solo tienes que ir a la tienda de discos y encontrarte con tus amigos”. Las tiendas y los puntos de venta de segunda mano o intercambio de discos generan una relación personal y social entre amantes de la música. Algo que con lo digital se pierde de forma casi orgánica al sustituirse el sistema de recomendación humana por el de un algoritmo cuya misión principal es que no dejes de utilizar la aplicación.

Tienda de discos Marilians.
Tienda de discos Marilians.

Las tiendas de discos han sido las primeras en percibir este cambio. En los últimos años, muchas han visto ampliarse el perfil de su clientela y lo que van buscando. “Nuestro perfil de cliente, casi desde que abrimos, es un público joven que consume música actual”, explica por correo electrónico Daniel Forés Mancebo, de la tienda de discos Marilians. “Es cierto que Marilians está más orientada al disco nuevo y eso hace que nuestro tipo de cliente sea gente que está empezando a coleccionar o que ya coleccionan y vayan buscando las últimas novedades o ediciones más especiales”. Marilians es toda una referencia dentro de la escena musical madrileña, y se ha establecido como punto estratégico para compradores de vinilos pero también para sellos y compañías discográficas que quieren alcanzar al público objetivo. Allí se puede ver a personas de generaciones diversas escogiendo sus compras, acudiendo a una listening party o haciendo cola para una firma de discos.

Del otro lado, inevitablemente, tenemos a los sellos independientes que, en su dura carrera de fondo por el posicionamiento en plataformas, ven en la venta directa y la innovación y cuidado hacia el producto físico un soplo de aire fresco. Louise Samson, directora y fundadora de Hidden Track Records, responsable de los lanzamientos de artistas de referencia como Ferran Palau y excomponente del grupo Anímic, comenta que para ella editar en físico “es una decisión totalmente romántica” que representa “el valor de la música, el trabajo, talento, tiempo y dinero invertido en crear una obra, corta o larga, y después darle un hogar merecido en formato físico donde ese trabajo pueda existir para siempre y, sobre todo, que bajo tus normas, bajo tu propio control, el artista puede dar su trabajo al mundo para siempre”.

“Plora aquí” (2024), disco de Ferran Palau publicado por Hidden Track.
“Plora aquí” (2024), disco de Ferran Palau publicado por Hidden Track.

Estrategias nada oblicuas

Una de las maniobras de acercamiento a los distintos protagonistas en esta relación consiste en asignar ediciones especiales a las tiendas independientes frente a los gigantes comerciales, intentando favorecer esa red cultural de apoyo a los establecimientos pequeños y medianos. Samson añade: “A veces hay movimientos que nacen desde una lógica más capitalista y acaban teniendo efectos culturales positivos. Si queremos que ciertos formatos o formas de escuchar música no desaparezcan, quizá también tenemos que aceptar, e incluso agradecer, que de vez en cuando se reactiven desde lugares inesperados”. Así, vemos casi siempre a sellos independientes y artistas ofrecer formatos casi en exclusiva a tiendas determinadas.

Sin embargo, la otra cara de la moneda resulta casi siniestra: artistas y compañías toman decisiones que impactan sobre las listas de ventas de forma viciada, al generar gran número de ediciones en vinilo de lanzamientos mainstream con el fin de copar las listas. Ejemplos claros fueron los de Taylor Swift y Charli XCX en 2024. Cuando el álbum “brat” de Charli XCX amenazaba con alcanzar el número uno, el equipo de Swift lanzó durante la misma semana distintas ediciones con variantes de “THE TORTURED POETS DEPARTMENT”, que incluían cambios mínimos en el contenido y estaban dirigidas específicamente al mercado británico, lo que impulsó las ventas lo suficiente como para mantener el primer puesto en las listas. El episodio reavivó el debate sobre cómo las múltiples variantes físicas y digitales pueden distorsionar las listas al convertir los lanzamientos en una carrera de ediciones coleccionables más que en un reflejo real del consumo musical. Desde Marilians, nos explican que “hay ciertos artistas que da igual la cantidad de ediciones que saquen porque los fans se las van a comprar todas, ya que la mayoría son completistas de los artistas que les gustan. A veces, se quejan de la inversión que supone hacerse con todas, pero las compran”.

La evolución de las costumbres

Probablemente lo que tenga más sentido a día de hoy es observar la compra de formatos físicos como un complemento hacia lo digital y viceversa. Estar en las plataformas de streaming te aporta la visibilidad y accesibilidad necesarias, mientras que las ventas físicas fidelizan a la audiencia y a los fans, retribuyendo de forma más rápida y directa a bandas y artistas, así como a discográficas y distribuidoras. Todo esto sin olvidar que la venta de discos en las giras y conciertos de manera directa continúa siendo una fuente de ingresos más que importante.

En este contexto, el regreso del soporte físico plantea también una pregunta interesante sobre cómo nos relacionamos hoy con la música. Durante décadas, coleccionar discos implicaba una forma concreta de escucha: dedicar tiempo, espacio, atención y, en muchos casos, dinero ahorrado para poder acceder a estos soportes. En la era del acceso casi infinito, ese gesto adquiere otros significados. Comprar un vinilo puede seguir siendo un acto de escucha y de archivo personal, pero también funciona a menudo como signo de pertenencia cultural y estatus, generando casi una lectura sobre el consumo musical de clase. Por otro lado, se entiende una lectura que habla en muchos casos de apoyar visible y materialmente a artistas de la forma más directa posible. Entre el coleccionismo y la performatividad cultural hay una tensión característica de nuestro tiempo. Ya no es imprescindible contar con el objeto pero sigue siendo una forma de decir algo sobre quiénes somos y sobre cómo queremos relacionarnos con la música. ∎

Radiografía del nuevo coleccionismo en vinilo

El coleccionismo musical ha tenido durante décadas un protagonista inequívoco, un hombre inclinado sobre cajas de discos a la caza de una copia codiciada en Discogs. El Rob de “Alta fidelidad” (Nick Hornby, 1995; adaptada al cine por Stephen Frears en 2000) fue su encarnación definitiva, y no es casual que la historia regresara en formato serie dos décadas después con Zoë Kravitz al frente de la tienda. El arquetipo pedía enmendar aquella imagen que siempre fue una verdad a medias. Las mujeres también han coleccionado y han sostenido la cultura musical, aunque el relato rara vez les haya concedido un lugar central. Hoy, quien compra soportes físicos tiene un perfil más diverso que nunca.

En plena hegemonía del streaming, hacerse con un vinilo ya no obedece únicamente al afán acumulativo. Hay quien busca una escucha más consciente, quien quiere apoyar a artistas a los que las reproducciones digitales apenas reportan ingresos y quien se acerca por el gusto de un objeto que se sostiene entre el diseño de la portada y la escucha de un álbum entero. Para el público joven, el vinilo no es una vuelta estética al pasado como lo fue para los millennials, sino el redescubrimiento de una experiencia cultural.

El cambio de perfil se percibe también en las tiendas. En ciudades españolas abren locales alejados del templo hermético del coleccionista experto, donde casi había que acreditar conocimientos ante el mostrador antes de comprar un disco. Solo en Gijón acaban de inaugurarse Mita Record Store y Session Records. Muchos funcionan ya como nodos culturales donde se programan pinchadas, escuchas o encuentros con artistas. El soporte físico ha ido recuperando una dimensión social que ninguna plataforma digital puede replicar.

Más allá de las tiendas hay otro cambio en marcha, quizá el más interesante. Durante décadas, la autoridad para hablar de discos se legitimó por acumulación, por cuánto sabías y cuántas rarezas eras capaz de nombrar. Esa aritmética se ha quebrado gracias a una generación de recomendadoras que reivindican el criterio construido en público, la escucha atenta y el vínculo afectivo con el disco. Lo hacen desde vídeos cortos, carruseles y directos en Instagram, YouTube o TikTok. Cuentas como @blackgirlslovevinyl articulan comunidades de mujeres en torno al jazz, el soul y el R&B; @vinylettes es hoy referencia global de recomendación y entrevistas. La española Cristina Pérez o la argentina Soledad Rodríguez reordenan el arquetipo de coleccionista y recomendadora.

Un cuarto de siglo después de Rob, el vinilo ya no cuenta la misma película. Los discos ya no se atesoran en soledad, se rechaza el gatekeeping en pos de una escena mucho más viva, con tiendas que no solo venden copias sino que fomentan comunidades que comparten gustos e interés por el contexto detrás de cada LP. ∎

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