Rodrigo Rozas , Alex Farré y Rodrigo Gomberoff.
Rodrigo Rozas , Alex Farré y Rodrigo Gomberoff.

Entrevista

Familea Miranda: continuar pese a todo

En sus más de dos décadas de existencia –los últimos 15 años, radicados en España–, Familea Miranda ha dado forma a una discografía consistente y ha protagonizado centenares de conciertos. Durante el último lustro no tocaron, pero ahora regresan al directo y es uno de los grupos chilenos que actuará en la primera edición del festival Primavera Sound Santiago.

De un tiempo a esta parte la industria del rock pasó a un segundo plano. La avalancha pop ocupó prácticamente todos los espacios: festivales, sets de fiestas, la programación de las pocas emisoras de radio que sobreviven, los portales de noticias, etc. Las guitarras, el mosh y los mohicanos se han convertido en ítems museísticos que pocos visitan o en insumos que cuelgan de las vitrinas de centros comerciales, tiendas y pasarelas, quizá guardados para el próximo Halloween. El rock de la MTV, los vídeos promocionales y las portadas de revistas ahora muestran lugares higiénicos, seguros y mediáticos. Sin embargo, hubo y sigue habiendo otras capas, con diferentes narrativas y modos de hacer comunidad. “Creo que es y siempre será reducida la comunidad del rock. En realidad, siempre fue de esa manera. El rock independiente, el de fuera de la industria, desde sus inicios ha tenido otra lógica y ética. Cuando asumes y entiendes eso, todo comienza a importar una mierda. ¿La industria del rock está muerta hoy? Sí, probablemente, pero ¿a quién le importa? Hay quienes siguen disfrutando de lo otro, de lo más escondido, de lo menos visible y de las cosas nuevas que surgen ahí”, reflexiona Rodrigo “Katafú” Rozas, guitarrista de la emblemática banda chilena Familea Miranda. Pero, antes de seguir, empecemos por el principio.

El régimen militar que impuso la dictadura en Chile entre 1973 y 1990 se propuso acabar con la creciente actividad artística, eliminar todo signo de diferencia y a todo sujeto que diera cuerpo a representaciones divergentes. El conflicto, en todas sus formas de expresión, fue absolutamente erradicado. Durante la década de los 80, hacer música era un acto principalmente político. No importaba el género. Todo lo que salía de los amplificadores durante el toque de queda impuesto por el gobierno se tradujo de facto en una declaración de principios. Por las noches, cuando los militares vigilaban las calles, algunos espacios fingían cerrar sus puertas para dejar en su interior a jóvenes que descargaban su malestar escuchando el sonido distorsionado de las guitarras. Las canchas de sindicatos de taxistas y trabajadores en general se volvieron espacios habituales de la escena thrash, punk y de experimentos inclasificables.

Expuestos, Intensos.
Expuestos, Intensos.

Caos y Anarkía fueron dos bandas de ese período y tienen en común a Rodrigo Rozas, una referencia obligada para el rock de Chile. Su escuela no solo es contestataria, sino también independiente, punk y con la esencia y el espíritu del “hazlo tú mismo”. La evolución de “Katafú” siempre dejó una huella. Bandas como Supersordo, Niño Símbolo o Familea Miranda –todas ellas con la participación de nuestro experimentado interlocutor– son una guía obligada si quieres entender la escena underground en este sector del Cono Sur.

Familea Miranda es un grupo difícil de clasificar, pero con una intensidad, crudeza y visceralidad que lo posiciona en un lugar muy definido. Después de pasar por distintas formaciones, ciudades, países y continentes, demostraron estar enhebrados por el filo del margen. El grupo hoy está formado por “Katafú”, el bajista Rodrigo Gomberoff y el batería Alex Farré (que se unió a la banda en 2013). Casas okupas, espacios sindicales, gimnasios, galpones o calles, su sonido pertenece a una estirpe que logró resistir y permanecer en estos escenarios a pesar de todo: de las diferencias, las dificultades, el tedio y, por momentos, el sinsentido. Con la banda pudimos durar mucho menos, pero nos ayudó el llevarnos bien, ser colegas y que nos gustara la música. Lo básico es que uno toca por gusto y elección. No importa el éxito ni el fracaso, el músico que toca lo hace porque ama hacerlo. Insistes por terquedad, por una necesidad física y emocional difícil de explicar, sobre todo cuando lo llevas haciendo durante tantos años”.

“Nuestra influencia, y la mía en particular, viene del post-punk, pero sobre todo del rock alternativo, casi siempre americano, rollo Chicago y hardcore gringo, como Dead Kennedys, Minor Threat, Black Flag, Bad Brains o 7 Seconds. Música rápida, corta y precisa, como NoMeansNo”

Rodrigo “Katafú” Rozas

Activos desde 1999 y radicados desde 2006 en España, lo de Familea Miranda es un ejercicio de resistencia. El sonido sale de las vísceras y su música está lejos de ser condescendiente. Sus álbumes están hechos para reventar los tímpanos, abrir la carne y escarbar entre las arterias, a la búsqueda de esas texturas y sutilezas, juegos e ironías que hacen tan característico su sonido. Los cuerpos arrasados y desmembrados del rock, punk, post-hardcore, psicodelia, jazz... son reunidos y cosidos para dar vida a un monstruo que respira aire y exhala ruido y distorsión. “Nuestra influencia, y la mía en particular, viene del post-punk, pero sobre todo del rock alternativo, casi siempre americano, rollo Chicago y hardcore gringo, como Dead Kennedys, Minor Threat, Black Flag, Bad Brains o 7 Seconds. Música rápida, corta y precisa, como NoMeansNo”.

Chile, España, Alemania, República Checa o Francia han sido testigos de ese temblor inquietante expulsado por su música, que cuenta con cinco producciones: “Familea Miranda” (Miranada, 2001), “Ferguson” (Miranada, 2003), “Ensayo ≠ error” (Miranada, 2006), “Dramones” (Miranada, 2010) y “Radiopharm” (BCore, 2016). Todos discos que no necesitan palabras, sino que se sirven de distorsiones, cuerdas, cajas y platillos para decir todo lo que necesitan. Un lenguaje propio que dialoga desde el absurdo, el azar y el error. “Somos de improvisar, de que llegue una idea y a esa idea darle un ritmo y notas. Tocar, ensayar y tratar de unir todo y, en ese intento, equivocarnos. Pero desde ahí crear algo distinto y colectivo”, explica “Katafú”.

El destino no está escrito, hay que trabajarlo.
El destino no está escrito, hay que trabajarlo.

Después de 15 años viviendo en España, ¿qué experiencias te acompañan hasta hoy?

Lo veo de este modo: pude tener una banda y no salir nunca de la sala de ensayo. Es válido, hay bandas que lo hacen, gente que se junta y disfruta de esa manera. Hay otros que deciden salir, tocar todo el tiempo y en todos lados. Este último fue nuestro camino. Cuando tienes una estructura como la europea, con la ventaja de las distancias, más énfasis en la cultura y presupuestos para llevar adelante todo esto puedes hacerlo cada día de la semana y, si lo haces bien, puedes financiar parte de la estructura que necesitas. Eso fue una motivación y una experiencia muy importante. Nuestra banda estaba en Chile y vivíamos una situación completamente distinta. Cuando llevábamos dos años se nos presentó la oportunidad de venir a Europa y hacer una gira. Decidimos vivir esa experiencia y, la primera vez, lo hicimos por tres meses, en los que tuvimos medio centenar de fechas consecutivas. Cuando llegamos a Chile nuevamente, a nuestros trabajos, a las mismas calles y dificultades para llevar adelante la banda, nos preguntamos por qué no regresábamos a España. Ahí decidimos volver. Trabajamos durante dos años hasta que nos quedamos.

Y después de tanto tiempo, ¿qué os hizo parar?

Después de tantos años es normal que pase. Tal vez uno nunca piensa que ocurrirá, pero en algún momento tu cuerpo te dice que pares, ya sea porque no te aguantas, no aguantas al del lado o ambas cosas. Cuando paras y te distancias, las cosas se vuelven a ordenar. Hay una canción de Descendents que se llama “Beyond The Music” que dice algo que me interpela mucho: “Todavía se miran a la cara, sin esperar nada más allá de la música”. Las bandas, cuando se pelean, dejan de mirarse. Eso nos pasó. Somos una familia y, como toda familia, sufrimos las mismas tensiones. En algún punto estábamos pedaleando muy fuerte y no estábamos llegando a ninguna parte, y eso terminó por distanciarnos.

“Todo ha sido muy a pulso, ensayando y tocando mucho, pero es complicado seguir con ese ritmo, más aún cuando llevas tantos años haciéndolo. Descansar nos permitió recuperarnos, tener nuevas motivaciones, energías y distancia de las viejas exigencias, invitándonos a disfrutar desde otro lugar”

Rodrigo “Katafú” Rozas

¿Y hacia dónde querían ir?

A vivir de la música. Y eso solo es posible si tocas todo el tiempo, sumado a una serie de otros factores como buena visibilidad, difusión y, sobre todo, suerte. Nada de eso estaba a nuestro favor. Todo ha sido muy a pulso, ensayando y tocando mucho, pero es complicado seguir con ese ritmo, más aún cuando llevas tantos años haciéndolo. Descansar nos permitió recuperarnos, tener nuevas motivaciones, energías y distancia de las viejas exigencias, invitándonos a disfrutar desde otro lugar.

¿Cómo les llegó esta invitación al festival Primavera Sound de Santiago de Chile?

No tocábamos hace cinco años. Pero el año pasado, en medio de la pandemia, circunstancialmente estábamos todos en Barcelona y lo hicimos. Quedamos en volver a juntarnos. Dejamos cuatro esqueletos de canciones más o menos listos y conversamos mucho sobre cómo abordar ese material. Cuando nos enteramos que iba Primavera Sound a Chile, supimos de inmediato que queríamos tocar ahí por todo lo que eso significaba: primero, reunirnos; segundo, volver a sentir la experiencia de un concierto en vivo; tercero, volver a mostrar lo que hacemos. Tocar es reencontrarse con la amistad, que es la base de todo. Somos tres colegas que estamos juntos hace muchos años y muy pocas veces tocamos en grandes festivales, salvo en Alemania, República Checa y Chile. Aunque nunca a este nivel. Cuando viví en Barcelona, los primeros seis u ocho años, no me perdí ninguna edición del Primavera Sound, siempre me las arreglé para entrar. Una vez me colé y me echaron. Lo hice de la forma más idiota: salté la reja y los guardias me vieron. Casi me asesinan. La instancia de festival me gusta, por permitir oír a una banda con un sonido a gran nivel. Tocar a todo volumen, con ese sistema, con la gente frente a ti, con tus compañeros y amigos al lado. ¿Qué más puedes pedir? Todo es un total disfrute. Por eso lo aprovecharemos a fondo y al máximo volumen. ∎

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