El músico estadounidense inició una nueva tanda de conciertos por España el día 8 en A Coruña. Ayer tocó en San Sebastián, pertrechado solo con guitarras acústicas pero sobrado de repertorio –su triple álbum en solitario era la excusa para el rencuentro, pero hubo mucho más– y oficio escénico. Hoy tocará (con banda) en Madrid y mañana en Barcelona.
La disculpa es la presentación de las canciones que integran “Twilight Override” (2025), un disco triple que ha recibido un montón de merecidos elogios, pero al que –no nos engañemos– le espera el mismo porvenir que a casi todos: apenas unas semanas de eco mediático y el paso al olvido. El motivo da un poco igual, o el momento, simplemente se trata de aprovechar todas las oportunidades que nos queden para poder disfrutar en directo del repertorio de uno de esos nombres ya tan grandes como para admitir cualquier cuestionamiento.
Se presentaba Jeff Tweedy en el Kursaal donostiarra con la parroquia local recordando el accidentado último concierto de Wilco en ese mismo escenario, allá por junio del 2022, en la gira de “Cruel Country” (2022), tras varios aplazamientos debidos al COVID y las resacas pandémicas. Nels Cline enfermó entonces de coronavirus y obligó a la banda a realizar un concierto muy comprometido, sin él y obligados a adaptar el repertorio y los papeles en el escenario. Fue una muy buena actuación, a pesar de todo. Ahora Tweedy llegaba solo, con tres guitarras acústicas y en un día de entre semana harto desapacible en lo climatológico, detalles que poco importaron a la nutrida concurrencia. En general de un perfil al que estos días no parecían haber quitado mucho tiempo ni las cuitas de Bad Bunny ni la final de la Super Bowl. También llegaba tras conceder una interesante entrevista a Elene Arandia, periodista de un medio local, ‘El Diario Vasco’, en la que apuntaba unas cuantas reflexiones vitales que pudieron fácilmente apreciarse y entenderse durante el concierto. La pausa, la incertidumbre y cómo manejarse en ella, el pequeño impacto que uno puede generar en su comunidad y cómo así dar sentido a una existencia. Quizá todo esto esté más presente en las canciones de Tweedy de lo que parece.
El concierto cogió vuelo muy pronto gracias a clásicos como “I Am Trying To Break Your Heart”, “Ashes Of American Flags” o “New Madrid”, recordada pieza de sus inicios con Uncle Tupelo. Anoche algunos aprendimos que Tupelo es palabra esdrújula y no llana, y que la hemos pronunciado mal desde los tiempos de Elvis. Chispazos un tanto engañosos respecto a lo que se avecinaba, básicamente un repertorio donde el protagonismo lo tuvieron las canciones de “Twilight Override”, apenas salpicadas por destellos de su repertorio clásico. Dio un poco igual. Podría haber interpretado cualquier cosa, historias de familia –las hubo–, recetas de cocina o la hoja parroquial. Su voz y una guitarra con la que no se complicó demasiado –apenas en “Handshake Drugs” pareció querer ir un poco más allá– fueron suficientes para dar coherencia a la hora y media larga que duró el asunto. Y que pasó fugazmente, hay que decirlo; un mérito superlativo para quien enfrenta en solitario un repertorio no basado en material exitoso.
Simpático sin resultar cargante –“como entre canción y canción se iluminan las butacas puedo ver quién aplaude y quién no, y así fijarme en los que no aplauden. Es así como funciona mi cabeza”–, Tweedy resultó falible cuando quiso elevar demasiado el tono de voz en “Jesus, etc.”, hasta el punto de darse cuenta y recular, pero también hábil para meter un cambio de marcha en el momento oportuno –como con esa armónica que apareció al acometer “Via Chicago”– para apelar a los más cafeteros con el “Please Tell My Brother” de Golden Smog o recurrir al comodín del rock’n’roll, momento de “Lou Reed Was My Babysitter”. Quizá fue la noche, la ciudad o el biorritmo del firmante, pero apostaría a que no solo a mí me vino a la cabeza Rafael Berrio durante la extensa letanía que es “Feel Free”.
Cercano el final tuve la misma sensación que viendo “Los asesinos de la luna” (2023), de Martin Scorsese. Probablemente no sea una de sus mejores películas, pero yo me habría quedado viéndola tranquilamente otro par de horas más. Exactamente igual que anoche con Tweedy. En un formato espartano, sin artificio de ningún tipo –no había ni un pedal–, en el que sus canciones quedan reducidas a lo esencial, lejos de la plena expresividad que sabemos que tienen, pero con una chicha y un poso más que suficiente. “Ojalá siguiera cantándolas”, pienso mientras me acuerdo de quienes, a medida que nos van dejando los grandes referentes, ven cada vez más cercano el final de esta manera de entender la música. Cuando lo pequeño apenas importa, se desprecian las largas carreras y todo parece enfocado hacia lo fugaz, quizá sea hora de apoyarse en gente como Tweedy, comprometida, nada acomodada, alérgica a las estridencias, capaz de proponer un repertorio propio seleccionado casi al azar y que se ofrece intachable. No es Dylan, ni Young ni Springsteen, claro. ¿Qué más da? Basta y sobra con ser Tweedy. ∎