El descubrimiento de su poder de convocatoria en directo lo propulsó en los años ochenta y noventa a un esplendor comercial no buscado y completamente inesperado, en el que discos y directos se retroalimentaban continuamente para mantenerlo siempre en una posición privilegiada, sin que él moviese el más mínimo dedo para aumentar su capacidad de pegada. Podemos destacar de estos años de esplendor discos como “Alma” (Movieplay, 1980), su décimo álbum, en el que se incluyen temas que se harían clásicos como “No te desnudes todavía” o “Pasaba por aquí”. O “Fuga” (Movieplay, 1982), donde figuran “Mira que eres canalla” o “Siento que te estoy perdiendo”. También el doble álbum en directo “Entre amigos” (Movieplay, 1983), grabado en el desaparecido Teatro Salamanca de Madrid (hoy un Primark) el 4 de marzo de 1983. La mezcla de filosofía existencialista, erotismo, inquietud social y espiritual que se producía en sus letras había atrapado a un gran número de seguidores de ambos sexos, más intelectualizados que los de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina y mucho menos politizados que los de Lluís Llach, Paco Ibáñez o Raimon.
En 1985, su carrera, que él quiso abandonar en 1968, se hallaba en su cima: actuó en solitario en la plaza de toros de Las Ventas y en la Monumental de Barcelona, después de haber recorrido España de escenario en escenario. Y se mantuvo, en términos poco más o menos similares, varios años más, hasta que en 1990 se atrevió a realizar un gran cambio transformador en su trayectoria, al incorporar al tándem formado por Suso Saiz –como productor y guitarrista de directo– y Gonzalo Lasheras –como director musical– en “Ufff!” (Ariola, 1991) y, sobre todo, “Slowly” (Ariola, 1992), para cuya presentación en directo viajó a América, continente que seguiría visitando con regularidad en los años siguientes. El colofón a este momento de gloria lo puso el 24 de septiembre de 1993 con un impresionante concierto en la plaza de toros de Las Ventas junto a su amigo Silvio Rodríguez, del que se publicaría un álbum conjunto titulado “Mano a mano” (Ariola, 1993), con repertorio de ambos.
Con la tranquilidad económica alcanzada en los ochenta, se había instalado en un chalé del final de la calle Jorge Juan de Madrid, pegado al parque de la Fuente del Berro, que ampliaría en los noventa, adquiriendo el chalé contiguo, para instalar allí su estudio pictórico.
Con una fidelidad absoluta a su identidad artística y a sus planteamientos ideológicos, nunca se dejó tentar por los cantos de sirena que le ofreció la industria. Al contrario, fue él siempre quien marcó sus ritmos, reservándose tiempo para mantener incólume su trayectoria pictórica, ofreciendo con regularidad exposiciones de pintura –cuyos títulos solían coincidir con los de los discos que editaba en fechas cercanas– o realizando cortometrajes para cine o televisión.
Aquí podemos destacar “Un perro llamado Dolor” (Storyboard, 2001), una película experimental de animación que reúne 4000 dibujos que el artista realizó durante cinco años, formada por siete historias cuyo hilo argumental es la relación entre artista y modelo. El nexo entre los siete episodios es el perro que los protagoniza, bautizado con el nombre con el que Frida Kahlo llamó al suyo. La película muestra las relaciones de pintores como Goya, Duchamp, Picasso, Sorolla, Romero de Torres, Frida Kahlo, Rivera, Dalí y Velázquez.
También debemos citar libros-objeto como “animaLhada” (Siruela, 2005) y “animaLhito” (Siruela, 2007), que incluyen poemas, juegos de palabras, “boligrafías” (dibujos hechos a bolígrafo) y sendos cedés originales (más un DVD de animaciones, este último sólo en “animaLhada”).
Igual que no buscó el éxito, el declive tampoco lo alcanzó y pese a que sus últimas grabaciones ya no consiguieron el éxito, las discográficas le consentían todas sus propuestas o experimentos artísticos, que concluyeron con “El niño que miraba el mar” (Sony, 2012), álbum acompañado por un DVD de unos 20 minutos de duración con la película de animación “El niño y el basilisco”, un trabajo artesanal a la antigua usanza, cuando los dibujos animados se dibujaban y coloreaban uno a uno.
En una entrevista concedida a la agencia EFE al cumplir 70 años, le preguntaron por Mick Jagger (apenas mes y medio mayor que Aute, y al que había citado en “Hafa Café”, una canción de “Slowly” en la que narraba un viejo idilio en Tánger, con una chica sin nombre, que duró hasta que entró en acción el cantante de los Stones) y Aute reconoció que “Jagger se cuida muchísimo. Sus 70 años no son los míos. El está todo el día pendiente de su biología. Yo me maltrato, aunque nunca me ha pasado nada de nada, a no ser un cólico nefrítico en pleno concierto... ¡y estuve 40 minutos aguantando el palo! Por fuera parece que estoy bien pero habría que ver por dentro”. Ese interior, dañado por tantos y tantos años de fumador impenitente, se rebeló tres años después de aquella entrevista, poniendo abrupto final a una trayectoria artística y profesional que aún tenía mucho que decir. ∎
“La mala muerte” es un diálogo con la parca que parece inspirado directamente por “El séptimo sello” (1957), la película de Ingmar Bergman. Años después, en 1979, fue incluida como punto final en el estreno de la versión teatral de “Cinco horas con Mario”, basada en la novela de Miguel Delibes.
Aute escribió esta canción para recalcar el desencanto que ya anunciaban sus canciones más políticas de los años ochenta, dada la deriva neoliberal en la que la sociedad occidental en pleno estaba cayendo. Musicalmente, es de sus canciones más “americanas”, frente a su querencia por la chanson francesa.
Una de las canciones más intimistas de Aute, en la que se arriesgó a mostrarse como un hombre vulnerable, sin importarle lo más mínimo resultar excesivamente impúdico para narrar la urgencia de un sentimiento afectivo en su estado más puro: un Aute que se anticipó en más de 30 años al replanteamiento de la masculinidad.
Esta canción de amor lo es, pero a sus amigos. Utilizando un lenguaje coloquial y casi costumbrista, refleja las experiencias de una generación colmada de ídolos caídos y perdedores, con un guiño autorreferencial: “Probablemente luego iremos, a eso de las diez, / a ver al Aute, que hay nuevo LP”.
Aunque comprometido ideológicamente con la izquierda, Aute no militó nunca en ningún partido político. “De paso” se compuso para plantear la necesidad de trascender al materialismo, invitando a la constante puesta en cuestión de determinadas “verdades”. La primera canción que intenta la crítica de la izquierda desde la izquierda.
Gran autor erótico, Aute escribió esta canción para defender la idea de que la masturbación también es un acto de amor. Escrita en una época marcada por el nacionalcatolicismo, era una oda al “pecado solitario” que intenta rozar la belleza del sexo urgente y necesario cuando solo queda la imagen de la ausencia del ser amado.
La canción parte de una pequeña anécdota para mostrar la frustración vital de su generación, nacida con la dictadura y cuya juventud se desarrolló íntegramente bajo el franquismo. Curiosamente, quien primero publicó la canción fue Rosa León, ya que formaba parte, junto con “Versos muertos”, también de Aute, de su primer single, aparecido en 1972.
En esta canción Aute habla del primer desengaño amoroso, algo que, en su opinión, “deja una profunda marca que no borrará el paso de los años”. El autor logra capturar la complejidad de las emociones humanas en un delicado y conmovedor relato musical que puede considerarse, con toda la nostalgia que transmite, en el complemento perfecto a “Dentro”.
Si no fuera por la carga simbólica alcanzada por “Al alba”, esta canción merecería figurar en primer lugar. Aute muestra el desencanto provocado por el camaleonismo ideológico del PSOE de Felipe González, supuestamente situado en la izquierda, pero que paulatinamente cambió sus planteamientos ideológicos para mantenerse en la cumbre del poder.
Su canción más emblemática fue escrita días antes de los últimos fusilamientos del régimen franquista, el 27 de septiembre de 1975. Para pasar el filtro de la censura, la escribió como una canción de amor, haciendo que se intuyera una despedida mortal. Clandestinamente al principio, el público perpetuó la canción como lo que realmente era: un alegato contra la pena de muerte. También fue Rosa León quien publicó primero la canción, en 1975. ∎

Aute publicó sus dos primeros álbumes en 1967 y 1968 y después decidió retirarse. Lo decía en serio, pero la oferta del escritor y productor discográfico José Manuel Caballero Bonald de escribir lo que quisiera le hacen decidirse a aceptar la propuesta… y lo primero que entrega es “Rito”, una colección de canciones oscuras, depresivas, filosóficamente existencialistas, que serán el inicio de su trilogía de “Canciones de amor y muerte”. Sus extraordinarios arreglos, la experimentación y la profunda belleza literaria de sus textos lo convierten en uno de los mejores de la historia española de la canción (incluido en la lista de los 100 mejores discos del siglo XX según Rockdelux en el especial del 20 aniversario de la revista).

Creado bajo el influjo de la esperanza (se grabó en 1978, meses antes del referéndum de la Constitución), “Albanta” fue el primer álbum de su segunda trilogía, titulada “Canciones de amor y vida”, y es su disco más social y optimista: “Albanta” es el nombre ficticio, inventado por su hijo Pablo, de 7 años entonces, de un mundo ideal. También es su álbum más rockero: su primera canción, “Anda suelto Satanás”, la ha versionado el mismísimo Rosendo. El disco lo grabaron Teddy Bautista y Los Canarios, con guitarras de Armando de Castro, que poco después fundaría Barón Rojo.

Después de su primera retirada, Aute se había convertido en una especie de artista de culto, pero este doble álbum grabado en directo el 4 de marzo de 1983 en el Teatro Salamanca de Madrid lo lanzó definitivamente al estrellato popular. En él hacía un exhaustivo repaso a su repertorio de grandes éxitos (que lo eran de verdad, aunque sottovoce hasta entonces) con la colaboración de cuatro amigos fundamentales (Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Teddy Bautista), y alcanzó el número 1 en las listas de ventas, además de recibir el Premio Nacional del Disco 1983 del Ministerio de Cultura.

Aute se refería a este álbum doble como su “disco maldito”. Está formado por una extraordinaria colección de poemas musicados de inspiración mística, surgidos a partir de las pinturas que integraron la exposición del mismo título, en el que la mística y el erotismo son todo uno (no hay más que fijarse en el cuadro que ilustra la portada del disco: alguien que lame las heridas de los pies de Cristo), con un léxico, músicas y maneras de cantar basados en la cultura cristiana (y un trasfondo entre herético y blasfemo que hoy sería llevado a juicio por la Fundación Española de Abogados Cristianos).

No es el último disco de Aute, pero sí es el último gran disco de Aute, en el que supo renovar su sonido contando con la producción de un músico de vanguardia extremadamente minucioso como es Suso Saiz y la intervención de un director musical de directo como Gonzalo Lasheras. En este disco, además, estuvo especialmente inspirado –podríamos considerarlo su segundo mejor disco, tras “Rito”– y sus importantes ventas –y las del siguiente, el doble en directo “Mano a mano” (1992) junto a Silvio Rodríguez– le permitirían iniciar una época mucho más centrada en la pintura, lo cinematográfico experimental y lo literario (incluidos libro-discos). ∎