El eterno chico de agua. Foto: Paul Mac Manus
El eterno chico de agua. Foto: Paul Mac Manus

Entrevista

Mike Scott, líder de The Waterboys: “Considero que mi deber es irritar a los conformistas”

Mañana, 3 de septiembre, The Waterboys actuarán en el Roig Arena de Valencia con un espectáculo centrado en “Fisherman’s Blues”, el álbum que en 1988 transformó por completo el rumbo de la banda. La gira coincide con la publicación de “Atlantic Rain. The Lost Fisherman’s Blues Recordings”, una amplia colección de grabaciones inéditas y tomas alternativas rescatadas de aquellas legendarias sesiones irlandesas. Mike Scott aprovecha la ocasión para volver sobre uno de los períodos más fértiles de su carrera, recordar cómo abandonó la épica de la llamada big music para abrazar el folk y la improvisación y repasar cuatro décadas de cambios estilísticos al frente de una de las bandas más imprevisibles de la música británica.

En algún momento de 1987, un grupo de músicos pasó meses instalado entre Dublín y el oeste de Irlanda grabando canciones, improvisaciones, piezas instrumentales y versiones tradicionales a un ritmo tan frenético que nadie parecía capaz de controlar todo lo que estaba ocurriendo. Los miembros de The Waterboys se sentaban en círculo, tocaban durante horas y dejaban correr las cintas; sin plan maestro ni estrategia comercial. Ni siquiera existía una idea demasiado clara de dónde terminaría aquel proceso. Décadas después, Mike Scott (Edimburgo, 1958), comandante del grupo, sigue recordando aquellos meses con una palabra que probablemente explica mejor que ninguna otra el espíritu de aquella época: libertad.

Mañana, The Waterboys actuarán en el Roig Arena de Valencia con el espectáculo “The Fisherman’s Blues Revue”, un repertorio centrado, como su título indica, en “Fisherman’s Blues” (Ensign-Chrysalis, 1988), el álbum que sorprendió a buena parte de quienes habían seguido la evolución de la banda durante la primera mitad de los ochenta. La gira coincide con la publicación de “Atlantic Rain. The Lost Fisherman’s Blues Recordings” (Chrysalis, 2026), un triple álbum de grabaciones inéditas, tomas alternativas y canciones rescatadas de aquellas sesiones. La ocasión sirve para volver sobre uno de los períodos más fértiles de la historia del grupo, pero también para recorrer una trayectoria marcada por una constante que Mike Scott ha mantenido intacta durante más de cuatro décadas: la negativa a permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar musical.

La formación de The Waterboys que apareció fotografiada en la portada de “Fisherman’s Blues” (1988).
La formación de The Waterboys que apareció fotografiada en la portada de “Fisherman’s Blues” (1988).

Vista hoy, la decisión que desembocó en “Fisherman’s Blues” tuvo mucho de sacar los pies del tiesto. En 1985, The Waterboys parecían haber encontrado por fin una identidad perfectamente reconocible. “This Is The Sea” (Ensign-Island, 1985) había culminado la etapa conocida como big music, aquella combinación de rock épico, espiritualidad, folk, poesía y grandes paisajes sonoros que terminaría ejerciendo una notable influencia sobre numerosas bandas posteriores. El álbum alcanzó el puesto 37 en las listas británicas y contenía “The Whole Of The Moon”, una canción destinada a convertirse en el gran clásico del grupo; cuando fue reeditada en 1990 llegaría incluso al número 3. Lo lógico habría sido profundizar en aquella dirección. Scott fue “invitado” a ello. “Recibí presiones de la compañía de discos y otras personas que pensaban que debería seguir haciendo más canciones como ‘The Whole Of The Moon’ o ‘Don’t Bang The Drum’, pero no me interesaba”, recuerda.

No le interesaba, explica, porque experimentaba un creciente rechazo hacia buena parte de la producción dominante en aquellos días. “No me gustaba el sonido de la música de los años ochenta. No me gustaba la manera en la que era grabada. No me gustaban los grandes sonidos de batería ni la tecnología. No me gustaban los sintetizadores. No me gustaba todo eso. Incluso en aquellos discos anteriores estaba luchando contra ese sonido”. Lo que para muchos oyentes representaba la culminación de una estética era para él una etapa que ya estaba intentando dejar atrás.

La llegada del violinista Steve Wickham aceleró definitivamente el proceso. Scott suele hablar de él como una de las figuras decisivas de la historia de The Waterboys, y no resulta difícil entender por qué. “El ‘fiddle’ nos dio un instrumento principal que nadie más tenía en aquel momento”. Más allá de la novedad tímbrica, Wickham introdujo una forma distinta de concebir la música. La presencia del violín abría espacios para la improvisación, alteraba el equilibrio interno del grupo y acercaba a la banda a una tradición que acabaría transformando por completo su identidad. “Y la presencia de un ‘fiddle’ nos permitió tocar música muy poderosa e improvisada”. La improvisación aparece constantemente en sus recuerdos de aquella época. “Soy un improvisador: puedo crear una canción muy rápido”. A su alrededor encontró músicos que compartían la misma inclinación. “Steve era un gran improvisador. Anto (se refiere al saxofonista Anthony Thistlethwaite) también. Trevor Hutchinson (por entonces el bajista del grupo) también”. Aquella química convirtió a The Waterboys en una rareza dentro de la escena británica de mediados de los ochenta.

“No me gustaba el sonido de la música de los años ochenta. No me gustaba la manera en la que era grabada. No me gustaban los grandes sonidos de batería ni la tecnología. No me gustaban los sintetizadores. No me gustaba todo eso. Incluso en aquellos discos anteriores estaba luchando contra ese sonido”

Mike Scott

La otra gran transformación llegó de la mano de Irlanda. “Fui a visitar a Steve Wickham pensando que estaría allí una semana o dos. Me gustó tanto que, simplemente, me quedé”. Aunque escocés de nacimiento, nunca sintió que estuviera instalándose en un país extraño. “Sentía que era mi hogar. Los escoceses y los irlandeses son pueblos celtas. Mis ancestros vinieron de Irlanda en el siglo XIX. Mi abuela hablaba gaélico. Cuando fui al oeste de Irlanda y encontré zonas donde todavía se hablaba gaélico, fue como un regreso”.

La influencia de Irlanda sobre “Fisherman’s Blues” suele resumirse mediante etiquetas como folk o música celta, pero la realidad parece bastante más profunda. Durante años, Scott había contemplado la música tradicional con cierto desdén. “Cuando era niño pensaba que era música de comedia, para gente feliz bailando”. El descubrimiento fue gradual. Primero llegaron algunos discos; después, las sesiones en directo. “Cuando comencé a escuchar esa música tocada por maestros en los pubs fue increíble. Tocaban sin amplificadores, pero la calidad de la música era fantástica. Me inspiró enormemente. Me di cuenta de lo profundamente cultivada que estaba la música tradicional irlandesa. Fue un maravilloso despertar”.

Todo eso terminó confluyendo en unas sesiones de grabación que hoy forman parte de la mitología de The Waterboys. Mientras gran parte de la industria trabajaba mediante procesos cada vez más fragmentados, acumulando pistas y capas de sonido, ellos optaron por una aproximación casi opuesta. “Nos sentábamos en círculo en el estudio con nuestros instrumentos y tocábamos de verdad unos con otros mientras la grabadora estaba funcionando. Yo cantaba al mismo tiempo”. Frente a las producciones gigantescas que dominaban la década, Scott perseguía algo más inmediato, orgánico y también imprevisible. “Era la época de grabar primero la batería, después el bajo, después los instrumentos de acompañamiento y finalmente las voces. Construcciones enormes. Eso no nos atraía”.

Mike Scott en su etapa de pescador de canciones. Foto: Ebet Roberts (Getty Images)
Mike Scott en su etapa de pescador de canciones. Foto: Ebet Roberts (Getty Images)

La consecuencia fue una explosión creativa difícil de controlar. “Tocábamos tanta música que en un solo día podíamos grabar quince canciones o dos horas de música”. Con el tiempo, aquella abundancia se convirtió en un problema: Scott terminó perdiendo la perspectiva sobre el material acumulado. “Trabajé en el álbum durante tanto tiempo que ya no podía escucharlo correctamente”. Hoy contempla aquel momento con una mezcla de orgullo y frustración. Con tanto material, ¿no debería haber sido un álbum doble o triple? “Sin duda”, responde. “Había tantas canciones buenas... Muchas de ellas ni siquiera necesitaban mezclas. Y realmente decepcioné a la banda y a los fans haciendo un álbum simple. Es mi único arrepentimiento en la música”.

No le importaba que la frescura y la improvisación dejasen al descubierto pequeñas pifias. “Cuando escucho ahora a Bob Dylan o a Neil Young puedo detectar errores. Y ellos los dejaron ahí. Había muchas canciones que deberían haber estado en el álbum. Y estaba equivocado”. El recopilatorio “Atlantic Rain” nace precisamente de esa revisión crítica del pasado. Durante la catalogación de las cintas, aparecieron decenas de carretes cuyo contenido ni siquiera estaba identificado. “La compañía de discos me dijo que atesoraba cincuenta o sesenta carretes de la época de ‘Fisherman’s Blues’ que no tenían ninguna canción identificada. Pensé que era imposible”. Cuando empezaron a escucharlos descubrieron algo extraordinario. “Había muchas grabaciones maravillosas y habían sido completamente olvidadas”.

La huida terminó teniendo más éxito que el punto de partida. “Fisherman’s Blues” alcanzó el número 13 en las listas británicas y acabaría convirtiéndose en el álbum más vendido de toda la carrera de The Waterboys. La ironía es que aquel éxito tampoco sirvió para fijar un rumbo definitivo. Si algo ha caracterizado la carrera de Mike Scott desde entonces ha sido una resistencia casi obstinada a convertirse en una versión previsible de sí mismo.

“Tocábamos tanta música que en un solo día podíamos grabar quince canciones o dos horas de música. Había tantas canciones buenas... Muchas de ellas ni siquiera necesitaban mezclas. Y realmente decepcioné a la banda y a los fans haciendo un álbum simple. Es mi único arrepentimiento en la música”

Mike Scott

La historia de The Waterboys después de “Fisherman’s Blues” es la de una banda que siguió escapando de las etiquetas. Primero llegó “Room To Roam” (Ensign-Chrysalis, 1990), todavía impregnado por la influencia irlandesa, pero más luminoso y festivo; después, “Dream Harder” (Geffen, 1993), una vuelta parcial al rock eléctrico. Más tarde aparecerían proyectos tan distintos como “A Rock In The Weary Land” (RCA, 2000), abrasivo y contemporáneo. O “An Appointment With Mr. Yeats” (Proper, 2011), construido alrededor de los poemas del escritor irlandés William Butler Yeats (1865-1939). Entremedias hubo discos de country, soul, spoken word, rock clásico y folk. Y, más recientemente, un álbum alrededor de la figura del actor Dennis Hopper (1936-2010). Pocas bandas británicas de su generación han cambiado tantas veces de piel sin perder una identidad reconocible. Cuando le pregunto por los seguidores que habría preferido que The Waterboys se hubieran quedado para siempre en uno de esos lugares, responde: “Considero que es mi deber irritar a esas personas conformistas”.

Cuando interpreta hoy canciones como “Fisherman’s Blues” o “We Will Not Be Lovers” no siente que esté visitando un museo de sí mismo. “Todavía tengo una experiencia directa de la canción”. Cuando las toca, vuelve a entrar en la letra, en la emoción y en la música. “No tengo la sensación de ‘esto es nostálgico’ o ‘esto me lleva de vuelta’. No lo pienso de esa manera”.

No esperen los asistentes a su concierto en Valencia una recreación arqueológica de un viejo éxito. “Vamos a tocar casi todo ‘Fisherman’s Blues’, pero no en el orden del disco. Tocaremos muchas otras canciones de aquella época, algunas canciones de ‘This Is The Sea’ y de otros álbumes”. También habrá músicos de primera flanqueando a Scott, como Steve Earle y Steve Wickham; repertorio inesperado y cambios de última hora en lo que anuncia como un espectáculo de tres horas. Desde los días de la big music hasta las sesiones interminables en Irlanda, desde “Fisherman’s Blues” hasta “Atlantic Rain”, Mike Scott ha pasado cuarenta años siguiendo el mismo impulso: avanzar hacia el siguiente lugar antes de que nadie tenga tiempo de instalarlo cómodamente en el anterior. ∎

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