Catalina y Las Bordonas de Oro,  La Flor del Recuerdo, y Milena Antonia (arriba); Lucho Gatica (debajo).
Catalina y Las Bordonas de Oro, La Flor del Recuerdo, y Milena Antonia (arriba); Lucho Gatica (debajo).

Informe

Neobolero chileno: sentimiento en colectivo

En los últimos tiempos se aprecia un renovado interés en Chile por un género tan clásico como el bolero. Esa buena disposición se percibe no solo entre el público, sino también entre músicos jóvenes empeñados en continuar una tradición con mucho arraigo en el país sudamericano. Quizá no sea una moda pasajera y tampoco una operación de rescate, sino la confirmación de un vínculo que viene de muy lejos.

No era más que un escolar de la ciudad de Rancagua, entonces la duodécima en población en Chile, pero a inicios de los años 40 el joven Lucho Gatica (1928-2018) ya dirigía su afición por el bolero con sentido de la ambición y el (metafórico) bypass de fronteras. Desde su dormitorio de adolescente en el sur continental, el futuro gran cantante de impacto global sintonizaba por onda corta una estación de radio de México, la XEW, de la cual se nutría de nuevas voces y canciones, tomando nota sobre compositores, arregladores y entonaciones de éxito en ese país. Iba a contar más tarde que fue así como conoció a Agustín Lara, Jorge Negrete, Los Panchos, Los Tres Diamantes, Elvira Ríos y Pedro Vargas. Con algunos de ellos lo uniría más tarde la amistad.

Es lo que sucede cuando se crece en un país marginal a los grandes mercados de la música: el oído se agudiza para captar todo aquello que nace lejos y puede de algún modo reformularse en una importación activa. El musicólogo Juan Pablo González ha definido a los chilenos como “grandes criadores de músicas”, en el sentido de la adopción y cultivo local para géneros extranjeros que en el país terminan por imponer el vínculo putativo al de origen. Así, en Chile tenemos no solo rock de cruce con la tradición, sino también cumbias y rancheras de códigos propios, a los que por eso apellidamos “chilenas”.

Qué mejor prueba de lo anterior que el mundo bautizara como “el rey del bolero” a un intérprete que no nació ni creció en ninguno de los dos países que merecen acreditarse con el parto y nutrición esencial de la criatura. Pese a ser Chile un lugar “de exotismo moderado”, como elegantemente llama a nuestra grisura el poeta Waldo Rojas en su magnífico ensayo “El bolero, seducción y clave” (Mundana, 2022), el melodrama aquí se asume como una forma de expresión para la cual la sobriedad constituiría traición.

Lucho Gatica, “el rey del bolero”, en 1952.
Lucho Gatica, “el rey del bolero”, en 1952.

Chile ha sido y sigue siendo un país despierto al bolero en compositores –acaso el más internacional sea Armando González Malbrán (1912-1950), autor de “Vanidad”–, pero sobre todo en intérpretes de fama continental. Además de Lucho Gatica, lo que hacia los años cincuenta y sesenta al respecto conquistaron cantantes como Antonio Prieto (1926-2011), Palmenia Pizarro y Rosamel Araya (1936-1996), conjuntos como Sonia y Myriam, Los Ángeles Negros y Los Hermanos Arriagada, guitarristas como Pepe Fuentes (1931-2020) y arregladores como Vicente Bianchi (1920-2018) dejó huella certificada en muchos países de Latinoamérica.

Desde la conciencia de ese poderoso legado, sorprende que sorprenda el renovado interés que el género del bolero está teniendo entre músicos nacidos después de 1990. Las notas de prensa que vienen cubriendo a estos intérpretes repiten la palabra “rescate”, como si se tratase de una decisión súbita y trabajosa. Pero el bolero es presencia constante en la música chilena, con diversidad de cantantes destacados en cada década, con ramas de diferente follaje –pues bajo la convocatoria caben derivas de bolero clásico y de salón, cubano y mexicano, bohemio y “cebolla”– y con cruces que no dejan lugar a dudas sobre su arraigo transversal, pues incluso Los Jaivas y Ana Tijoux los han compuesto y grabado.

Los Ángeles Negros en la década de los 70s. Décadas después, fueron sampleados por Beastie Boys.
Los Ángeles Negros en la década de los 70s. Décadas después, fueron sampleados por Beastie Boys.

Sí resulta llamativa la gran calidad de sus nuevos exponentes, quienes además no se contentan con saludar al repertorio clásico sino que se aventuran a añadir marcas originales a ese torrente sentimental musicalizado. Para los latinoamericanos, el bolero constituye “un gran género autobiográfico”, según famosamente definió el cronista mexicano Carlos Monsiváis, sin cuyo acento sentimental nuestras vidas serían distintas: “El bolero no retrocede ante nada y transforma la humillación en gozo”.

De los nombres más destacados hoy en Chile, el conjunto Catalina y Las Bordonas de Oro es el que ahora cuenta con mayor exposición, y merecidamente si se considera el ritmo profesional de tres álbumes en tres años –el más reciente es “La alegría de los que lloran” (2026)– y la decisión de sus cinco integrantes por alternar repertorio tradicional –de boleros, pero también otras fuentes regionales– con composiciones propias. Sobresale, también, el origen de sus músicos. Los guitarristas Adrián Muñoz y Martín Silva (también en requinto) son requeridos acompañantes para estrellas del pop local, de Gepe a Mon Laferte. El percusionista Pablo Castro mantiene una discografía de cantautor asociable al indie bajo los sucesivos seudónimos Pablojarasca y Pablo Joaquín. Y el contrabajista Esteban Pérez, de formación docta, venía ya de otro conjunto ocupado en una nueva perspectiva para el bolero, La Flor del Recuerdo. Son los compañeros ideales para Catalina Plaza, nacida en 2000, intérprete de registro con gran carácter, educada primero por los ritmos particulares del folclor de la Patagonia a los que la expuso crecer en la ciudad de Punta Arenas, en el extremo sur, pero también por lo que la cantante se autoimpone como un trabajo de investigación en el género. “La formación técnica y haber estudiado el canto de forma profesional fue muy importante para desarrollarme, pero también creo que una parte enorme de lo que he aprendido viene de escuchar. En mi caso, escuchar música ha sido casi como una escuela paralela”, me comenta.

Catalina y Las Bordonas de Oro: la alegría de los que lloran. Foto: Juan C. Maturana
Catalina y Las Bordonas de Oro: la alegría de los que lloran. Foto: Juan C. Maturana
La capacidad de darle al canto de boleros una impronta convincente es también meta conquistada para Valentina Lambert, nacida en 1994, cuyo oficio doble en la música y el teatro resulta en espectáculos en vivo llenos de gracia para la banda a la que lidera, Valentina y los del Mar: los magníficos instrumentistas del grupo merecen una mención para hacer justicia a su trabajo. En algún reel puede escucharse a Lambert a dúo con la no menos impactante Milena Antonia, quien la aventaja en tiempo de recorrido y producción discográfica, tanto a solas como junto al Trío Esmeralda. El nuevo álbum de esta joven fogueada inicialmente en bares de Santiago lleva título certero, aunque proclive al equívoco: en el impecable “Boleros” (2026) no hay clásicos del género, sino composiciones originales, suyas y del guitarrista Santiago Jara. Aunque nació en el año 2000, la cantante parece cargar con toda la riqueza musical cubana del siglo pasado cuando por ejemplo entona “al despertar / vi en tus ojos la eternidad / vi una vida contigo en el mar / siendo tú agua y yo siendo sal” en “Al despertar”.

Milena Antonia, original. Foto: Alejandro Espinoza
Milena Antonia, original. Foto: Alejandro Espinoza

No dejen que los suspiros los sumerjan antes de asomarse, también, a lo que Gamuza desarrolla desde Santiago en formación de conjunto, en sonido matizado por el vals peruano y el pop. “Filo” es su single más escuchado en plataformas, cruce de romanticismo atávico y slang juvenil: en Chile, “filo” es algo así como “ya está: hasta nunca”. El título de su álbum, “LA AMISTAD HECHA BOLERO” (2025), es señero sobre una impronta de camaradería que no desdeña el humor y cierta espontaneidad en la promoción de sus canciones.

El bolero aparece profusamente en el repertorio de otras figuras jóvenes que hoy en Chile cruzan pop y tradición. Para el Dúo Pajarito es una asociación recurrente, en un repertorio que acude a los colores diversos de la tradición latinoamericana, sobre todo el acervo de Perú. Su impulso, y el de muchos otros nombres, suele ser presentado como una inercia acogida al éxito que el grupo Bloque Depresivo consigue con cada cita en vivo. En efecto, esa banda ha hecho de su vocación por el repertorio cantinero más entrañable pase para masivas convocatorias en recintos del país —eso incluye el Estadio Nacional—, pero se trata de un grupo con características únicas, que trascienden un cancionero en particular. Su vocalista, el carismático “Macha” Asenjo, es popular en Europa sobre todo por Chico Trujillo, y allí demuestra que no hay cómo reducir lo que hace a una fórmula de reproducción en serie, sea bolero, cumbia, vals criollo o rock.

Gamuza, la amistad hecha bolero. Foto: Fran Finat
Gamuza, la amistad hecha bolero. Foto: Fran Finat

En septiembre pasado, el Festival Internacional del Bolero celebró en Santiago su tercera edición. Es un encuentro fundado por la destacada cantante Carmen Prieto, voz viva de referencia para el género en Chile. Meses antes, ella misma se había integrado en el Centro Cultural GAM al ciclo “Bolero falaz”, convocatoria de inspiración similar mas leve desvío formal: desde el rockero Cristóbal Briceño hasta el veinteañero divulgador del folclor Claudio Constanzo participaron entonces de un encuentro en tres fechas que, siempre a sala llena, confirmó el interés por lo más parecido que ha dado la cultura popular latinoamericana a una educación sentimental compartida.

Lo que hoy algunos medios y productoras de conciertos en Chile buscan hacer pasar por fenómeno es en realidad la conjunción de estéticas y búsquedas que entre una generación joven se ha cargado de sentido colectivo e identidad. Quien escucha se entrega al neobolero  –llamémoslo así, por un rato, entre compás y compás– como a una acogida cálida, vetada de la rutina productiva. Quien interpreta conoce las altas varas que lo anteceden, y no puede menos que aplicarse en merecer continuarlas.

Manuel Vázquez Montalbán sostenía que el bolero es un discurso amoroso que nunca se cierra. No caben en torno a él tendencias, auges ni declives. El vaivén no es más que su natural cadencia. ∎

Bolero en Chile: ayer, hoy y siempre

LUCHO GATICA
“Inolvidables con Lucho”
(Odeon, 1958)

De entre la extensa discografía del chileno que se volvió universal, esta grabación hecha en México junto a sesionistas de oficio en el jazz –como el guitarrista Arturo Castro– y con producción de José Sabre Marroquín le dio tal realce al bolero mexicano que suele ser citada como influencia en los géneros más diversos, como la bossa nova.

LOS ÁNGELES NEGROS
“Y volveré”
(Odeón, 1970)

La osadía de llevar el bolero a los terrenos del pop y el funk no solo convirtió a Los Ángeles Negros en estrellas, sino que dio inicio a todo un subgénero, de trascendencia continental. Hasta los Beastie Boys tomaron nota, sampleando “El rey y yo” en “The Move”, de su álbum “Hello Nasty” (1998).

DÚO PAJARITO
“Aunque duela”
(Autoeditado, 2024)

En este EP, el repertorio tradicional de bolero y vals criollo se cruza con las bien definidas armonías vocales entre las dos intérpretes (Fiona Murillo y Amaia de Arteagabeitía) que, a su vez, en la clásica “Que nadie sepa mi sufrir”, original de los argentinos Ángel Cabral y Enrique Dizeo, integran sin roces a dos músicos venidos del rock, Ángelo Pierattini (Bambú, Hueso) y Camilo Salinas (Los Tres, Pettinellis).

CATALINA Y LAS BORDONAS DE ORO
“Presagio”
(Autoeditado, 2024)

El álbum de debut del joven conjunto chileno contenía ya los rasgos que sus talentosos integrantes han profundizado en sus siguientes producciones, siempre con una mayoría de repertorio propio. Cierra el disco “Falso de amor”, una colaboración con el cantautor Manuel García.

MILENA ANTONIA
“Boleros”
(SOMOS, 2026)

Cuando se habla de este disco se aplica, con propiedad, el adjetivo “impecable”. En voz, guitarra y arreglos, esta colaboración de la cantante con el guitarrista Santiago Jara contiene composiciones nuevas pero con vocación de clásicas. ∎

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