A
Paco de Lucía lo intentó abortar su madre, cansada de pasar fatigas con tantas bocas a las que alimentar, pero no lo consiguió.
“Se bebió una mezcla de aguardiente, clavo y azafrán con la que casi explota”, explica el crítico Manuel Bohórquez, refiriéndose a la portuguesa Luzia Gomes, la mujer de quien tomó el nombre artístico el guitarrista. Pero el crío salió adelante demostrando una resistencia que exhibiría muchas veces a lo largo de su vida y que sería la clave de su éxito. ¿Tenía talento? Sí. ¿Tenía una habilidad inconmensurable para tocar la guitarra? También. Pero es en las miles de horas de práctica donde hay que buscar las claves de su brillantez, pues los que lo conocieron saben que jamás bajó la guardia y que se encerraba días enteros tocando un instrumento que solo se doma a base de ensayo. Su padre, Antonio Sánchez Pecino, le dejó muy claro desde pequeño que para superar al fantástico trío que conformaban las bases del flamenco –Ramón Montoya, Niño Ricardo y Sabicas– tendría que tocar hasta la extenuación.
Sobre la genialidad de Paco de Lucía se ha dicho de todo. Y es posible que muchos le atribuyan ese genio porque todavía hay quien ve imposible que alguien sin nociones de composición y que no sabía leer una partitura fuera capaz de tantas cosas. Es una atribución, esa del genio, que también hacen algunos cuando escuchan a un flamenco abrir la boca y transformar, cuando no inventar directamente, unos versos que a cualquier escritor le llevaría media vida componer. La cultura, eminentemente oral, en la que se criaron Paco de Lucía, su hermano Pepe o Camarón de la Isla resulta muy lejana para la alfabetizada sociedad del siglo XXI, pero en la parte del siglo XX en la que ellos vivieron, así como en el lugar donde crecieron, Cádiz, y las condiciones sociales y económicas con que se hicieron mayores, la formación del espíritu pasa por las canciones, por los poemas recitados de memoria y por dichos populares que suelen albergar no solo sabiduría, sino también nociones de métrica y armonía. No es que en Andalucía se pasen la vida cantando y bailando, como les gustaba creer a los escritores románticos que la visitaron en el siglo XIX, es que se vive rimando porque aún es, en parte y afortunadamente, una sociedad oral, es decir, musical. Paco de Lucía poseía unas cualidades innegables para el toque de guitarra, un oído finísimo para la música, pero, sobre todo, un tesón inconmensurable que suplió las carencias teóricas que pudiera tener al principio:
“En la composición, como dijo alguien, hay un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración”, le dijo a José Maria Gaztelu en una ocasión, quizá un poco harto de que se le preguntara una y mil veces por el origen de su talento.
En poco tiempo De Lucía se convirtió en bisagra. Con motivo de su muerte, el periodista Arcadi Espada recordaba un nombre fuera de la terna de guitarristas antes citada: Diego del Gastor, un tocador casi sin discos que apenas salió de su pueblo, de estilo hondísimo y maestro improvisador. Apuntaba Espada que cuando en 1973 murió el de Morón de la Frontera, Paco estaba en plena grabación de
“Fuente y caudal” (Philips, 1973), una circunstancia que empuja a pensar en una especie de relevo imaginario y silencioso que llevaría la guitarra flamenca derecha al siglo XXI. Paco de Lucía tomó el testigo casi sin saberlo, pero lo tomó para transformarlo, algo nada fácil en un mundo, el del flamenco, al que le sobran guardianes de la pureza. Y esa fue otra de las cualidades, y no menor, de Paco de Lucía: la necesidad de retar a sus mayores. Lo hizo cuando aflamencó el cajón peruano y cuando a palos tan serios como la taranta les metió un bajo eléctrico. Lo hizo de nuevo cuando se atrevió con el jazz, aunque las manos de Chick Corea y Al di Meola, entre otros, lo bendijeron desde el inicio, por lo que los retos que lanzaba De Lucía parecían siempre dirigidos a sus orígenes, a los cabales que abrían debates sobre lo jondo en los que Paco nunca entraba. En 1991, el día que tocó el “Concierto de Aranjuez” en el Teatro Bulevar de Torrelodones, con el maestro Joaquín Rodrigo presente, estaba nervioso como un chiquillo. Fue el único en subir al escenario sin partitura y, cuando al acabar la pieza el anciano compositor lo abrazó, la cara de Paco de Lucía era la de alguien sobrepasado por las circunstancias.
Youtube nos brinda la oportunidad de ver la escena: al acabar, no parecía Paco de Lucía, sino más bien
Francisco Sánchez Gómez, su yo sin guitarra, el que solía confesar en las entrevistas que no era consciente de la repercusión que tenía lo que hacía.