Quedamos en que nos veríamos en Casa Sidral, un garito molón, ubicado en la planta baja de una residencia de dos o tres plantas, muy del estilo arquitectónico barcelonés de inicios del siglo XX, de la calle Sant Esteve, en la frontera entre los barrios de Gràcia y Sant Gervasi. Rosa Pagès, la cantante de Sandré –a la que haciendo gala de mi dislexia para los nombres llamo Patri durante el rato que pasamos juntos, supongo que porque en Instagram se hace llamar Patrina Lynn–, ya está cuando asomo la cabeza por la ventana del local que da a la acera. “¡Joder, no sabía que eras tú el que venías!”. Barcelona es un pueblo en el que nos conocemos todos aunque no los llames por su nombre, más si los has entrevistado con cada uno de los discos y EPs que han publicado. “¿Quieres tomar algo?”. Pff...
Ella se cuela en la barra (curra aquí) y se sirve una clara (así es como los barceloneses denominamos a la mezcla de cerveza y limonada). Charlamos de macrofestivales y de la visita del Papa (que, de algún modo, también es un festival) hasta que aparece el batería, Marc Torrent. Al poco entra Dàlia Hamam, la nueva bajista del cuarteto catalán tras la marcha de Stefania Lusini, con su instrumento colgado a la espalda. Me explica que estaba destinada a entrar en Sandré. Que era muy fan. Tan fan que fue a verlos al bolo que dieron en la sala Sidecar presentando su anterior disco, “Gestiones fáciles” (Hotel-Holy Cobra Society, 2022), que se subió al escenario, saltó al público y cuando tocó suelo se le salió la rótula. Seis meses de baja. Se lo debían. El guitarrista, Carles Pons, no llega. Decidimos empezar la entrevista. Ya llegará. Y claro, cuando pongo en marcha la grabadora del móvil, aparece.
Punk sin estrecheces de miras, angular y lacerante al borde de la demencia, con letras que salpican como aquellos lapos que salen raspando la garganta contra todos los males de la sociedad moderna. Con su nuevo largo, el tercero, “PACIENCIA INFINITA” (Calaverita, 2026), Sandré deberían petarlo como lo petan, yo-qué-sé, unos IDLES, con quienes encuentro diversos puntos de conexión. “No molesta la comparación”, asiente Rosa, explicando que, de hecho, en una de sus visitas a Barcelona, los Sandré en bloque fueron a ver a Joe Talbot y compañía.
¿Su mejor disco? ¡SU MEJOR DISCO! Y paradójico el título para una banda acostumbrada a la inmediatez y la implosión y una proactividad creativa constante. Esta vez, sin embargo, se lo han tomado con calma. Casi cuatro años desde la publicación de su anterior referencia. Dos desde que se volvieron a poner en marcha. “Nos hemos dado tiempo para hacer bien las cosas, para cocinarlas bien”, explica Torrent. Después de unos años en los que el grupo llegó incluso a plantearse su continuidad, había que resetear. No querían imponerse plazos, ni sentir la necesidad de publicar constantemente, ni mantener una presencia permanente en un ecosistema musical que a menudo parece devorarlo todo a una velocidad vertiginosa. “La paciencia infinita es algo que escasea en la sociedad contemporánea”, reflexiona Torrent. “Pero te la piden constantemente. Que te calmes, que no te estreses… Como si fuera tan fácil”.
Aspirar. Espirar. Y luego volver a liarla parda con once temas que tienen el efecto de aquella inyección de adrenalina que le clavan directamente al corazón a Uma Thurman en “Pulp Fiction” (Quentin Tarantino, 1994) para salvarla de una sobredosis de caballo. No es un nuevo inicio para Sandré, pero “PACIENCIA INFINITA” sí que tiene –desde la incorporación de Dàlia a una cierta expansión de su sonido y la llegada a un nuevo hogar discográfico como Calaverita Records– algo de nueva etapa. “Es el disco en el que he tenido más conciencia de estar haciendo música”, confiesa la vocalista. “Siempre he tenido un poco de síndrome de la impostora. Pensaba: ‘Yo puedo escribir letras, puedo ejercer de ‘frontwoman’, pero no soy música’. Este disco me ha permitido atreverme a proponer más ideas e implicarme mucho más en la parte compositiva”.
Esta evolución musical no implica una renuncia al discurso. Sandré sigue siendo una banda que arremete con intelectualidad nihilista contra todo. Las canciones del nuevo álbum de los barceloneses abordan la ansiedad, la precariedad, la saturación informativa y las muchas contradicciones del presente. Una especie de gran exorcismo colectivo sobre los males de la sociedad contemporánea. “Y lo que queda”, ríe Dàlia. Discurso que no solo rehúye y rechaza lo panfletario, sino que se niega a adoptar toda posición moralista. “No creo que ningún artista tenga responsabilidad de nada”, afirma Torrent. “La responsabilidad es ser buena persona con la gente que tienes alrededor. Después cada uno decide si quiere criticar la sociedad o no. El arte no está hecho para criticar la sociedad. Está hecho para muchas cosas”. Pagès coincide: “Nosotros no lo hacemos porque sintamos que tenemos una responsabilidad. Lo hacemos porque es como nos sentimos”.