La experimentación ha sido una constante en la carrera de Nate Amos. Como cincuenta por ciento del dúo Water From Your Eyes, ha indagado en la forma en la que darle diferentes formas a la contemporaneidad. Con This Is Lorelei, su alter ego cuando se convierte en único protagonista, ha explorado identidades sonoras a lo largo de sencillos, EPs, mixtapes y discos autoeditados. “Box For Buddy, Box For Star” (Double Double Whammy, 2024) fue su primer y ecléctico largo, de cuyas canciones hicieron versiones nombres tan destacados como Waxahatchee, Snail Mail, MJ Lenderman o Jeff Tweedy. A finales de 2025 salió, también en Double Double Whammy, “Holo Boy”, en el que Amos revisó parte de su abundante material primigenio.
Con su estreno en Matador, sello que también edita la música que compone junto a Rachel Brown en Water From Your Eyes, se despoja de su afán por innovar, eliminando sus diferentes pieles y componiendo un disco de carácter esencialista. “Siento que he pasado mucho tiempo ocultándome dentro de mi propia música e intentando presentarla de maneras muy concretas, y para este disco simplemente quité ese filtro”, afirma el músico, quien ha materializado esa realidad en las diez canciones que conforman “The Singer In My Band” (Matador-Popstock!, 2026).
Todo lo que ha ocurrido antes de este trabajo con su carrera en solitario ha sido una suerte de “campo de pruebas” para el compositor estadounidense. “No fue realmente hasta los últimos cinco años cuando empecé a descubrir qué quería hacer con este proyecto y empecé a tomármelo en serio como un proyecto con una dirección propia”, sostiene sobre un trabajo cocinado durante los ratos libres de sus diferentes giras, sin posibilidad de grabar los primeros bocetos y teniendo que “confiar en mi propia memoria para filtrar las ideas y encontrar las que me parecían que merecían la pena”.
En su inconsciente, una colección de sonidos que conectaban con la tradición norteamericana y que ya habían brotado en temas previos como “Angel’s Eye” o “And You Call Yourself A Liar” y que han tenido preeminencia en este álbum. Radiografiando las canciones, se divisa una marcada influencia del bluegrass, “la forma de música más fundamental”, que también delata la incidencia familiar del disco. “Quería que la canción que da título al álbum tuviera banjo, y mi padre es, con diferencia, el mejor intérprete de banjo que conozco”, afirma sobre su progenitor, Bob Amos, que es un destacado músico del género. Sarah y Al Nardo, hermana y pareja del músico, respectivamente, también participan en las armonías y coros de varias de las composiciones.
La voluntad de crear un álbum libre de ornamentos y que conectara con su intimidad también ha tenido eco en la producción. Inspirada en la sobriedad del compositor canadiense Gordon Lightfood, Nate Amos, responsable también de este apartado, ha querido “evitar a toda costa los adornos, los efectos llamativos y los trucos”, generando una sonoridad más austera, que no trata de indagar en caminos ignotos, sino en reforzar la identidad propia del largo.
Es la razón por la que los arreglos siempre apuntan a una intencionalidad. En la sobresaliente “Hey Sarah, Is It Gonna Rain Forever”, las cuerdas representan el sonido de la lluvia, y los coros de “Oh No Now My” son el último recurso para poder expresarse cuando las fuerzas del narrador ya están agotadas. “No hay ni un solo momento en el álbum en el que ocurra algo así que no esté directamente relacionado con la letra de la canción”, admite sobre una tarea que no ha tenido excesiva dificultad en ejecutar ya que, en el momento de grabar en el estudio, las partituras de los diferentes instrumentos ya estaban escritas.
Más complicado ha sido el diseño de las voces, en un plano más diáfano del que habían estado en trabajos previos y que ha representado el desafío principal. El primer hándicap ha sido el clásico de enfrentarse a un timbre que disgusta a quien lo posee. Aunque, según Amos, “este álbum trata en cierto modo sobre exponerse; en el pasado he intentado disfrazar bastante mi voz y, con este álbum, hice un esfuerzo consciente por no hacerlo y por dejarla muy desnuda y en primer plano”.
Además de la forma, el fondo también ha conllevado un cambio de perspectiva. Hay confesiones en “I Will Eat My Heart In The Morning Light”, los característicos relatos de personajes del folclore estadounidense en “Billy Came Back” o historias de romances imposibles al estilo de The Mavericks en “Sailing”. La premisa ha sido minimalista: “En ‘Box For Buddy, Box For Star’, algunas de las canciones tienen literalmente más de mil palabras y hay muchísimo que asimilar. Quería hacer justo lo contrario en este álbum, decir más con menos”. Para lograrlo, reconoce que los espejos en los que se ha mirado han sido Warren Zevon y Townes Van Zandt, ambas piezas imprescindibles para la configuración del arquetipo de songwriter estadounidense del siglo pasado.
Amos reconoce que le ha llevado mucho tiempo “descubrir qué quiero hacer como escritor, y es casi un alivio haber llegado a tener una idea más clara de lo que estoy intentando hacer”. La idea hace presuponer una intensa búsqueda en rincones pretéritos, paradoja para un músico que se ha caracterizado por una relativa querencia hacia la modernidad y que ahora confiesa lo siguiente: “No escucho mucha música actual, estoy muy centrado en estudiar música del pasado”.
Existe también una asunción de la responsabilidad en los mensajes de las canciones. No se encuentran advertencias ni exhortaciones en los textos, en muchos de los cuales Amos es solo un observador, esquivando así cualquier influencia sobre el oyente: “Quería hacer un álbum que fuera un espacio seguro para que la gente pudiera explorar estas emociones sin sentir que se les está dando ningún tipo de instrucción. Quiero evitar por completo decirle a nadie lo que tiene que hacer. Quiero más bien ayudar a la gente a descubrir qué es lo que quiere hacer. Y es muy fácil cruzar accidentalmente la línea y decir algo que alguien pueda interpretar como una regla por la que vivir o una instrucción que seguir”, subraya.
La meticulosidad y equilibrio que ha dirigido todo el proceso también conduce al riesgo. En el pasado, This Is Lorelei funcionaba como un laboratorio en el que cabía un amplio abanico de géneros e ideas. Ahora, la direccionalidad desemboca también en un incremento del riesgo: “Aumenta un poco la presión, porque ahora sé lo que quiero hacer. Así que, si no cumplo mis propias expectativas, siento que es un fracaso, mientras que antes el objetivo era simplemente: no importa, sácalo todo y hazlo”. No obstante, el estadounidense siente ahora que ha encontrado un enfoque más honesto de lo que la música significa para él, ubicando sus intereses en un plano más visible.
“The Singer In My Band” funciona como resultado de un proceso selectivo, en el que Nate ha sido más consciente del valor de cada una de las canciones. “Ahora intento esforzarme más por hacer buena música”, admite sobre el disco en cuyo proceso de composición más ha ahondado. Ahora le queda entender qué provoca en su interior la publicación del trabajo y su recepción: “Cada vez que entrego un álbum, sé que básicamente voy a tener que vivir dentro de ese disco durante el siguiente año y medio como mínimo, antes de poder decir otra cosa”.
Parte de esa vivencia contempla la posibilidad de que sus canciones, como ya ha ocurrido en el pasado, sean revisadas y reinterpretadas. Él prefiere mantenerse a un lado y resaltar que el objetivo es que “una canción que cobre vida propia al margen de ti, algo que viva y respire independientemente de que seas tú quien la interprete o no”. Es una forma de restar importancia a su tarea, admitiendo la supremacía de las composiciones sobre el propio autor y obviando el desafío que hay detrás de su nueva propuesta. ∎