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Firma invitada

Pulsaciones por minuto

Q

ué inocentes éramos cuando pensábamos que el futuro iba a ser resplandeciente y lleno de botones. “2001: Una odisea del espacio” sigue siendo una película estupenda para tarde de domingo. Al parecer, el cerebro humano comenzó su loca carrera aeroespacial cuando a aquel primo lejano se le ocurrió abandonar la cuatrupedia, agarrar un palo y usarlo como arma. Yo prefiero pensar que lo que pretendía ese mono alfa no era agarrar un cuchillo; no somos tan chungos, su intención era otra. ¿No han visto lo que hacen los bebés en cuanto son capaces de ponerse en pie agarrados a una silla? Ponerse a bailar el pogo; y con un tempo más que aceptable, además.

El tempo es la variable que más afecta al carácter de un tema. No es casualidad que se mida en bpm, beats per minute, pulsaciones por minuto, igual que los latidos del corazón, ese bombo a negras tan vulgar. Antes de la invención del metrónomo, los compositores utilizaban unas expresiones italianas que llevan implícita la idea de que lo rápido es alegre y lo lento es triste, con lo que no estoy de acuerdo en absoluto. De todos estos adjetivos, adaggio, vivace, andante, mi favorito es allegro ma non troppo, podría ser mi estado de guasap. Equivale al cambio actual a 120/160 bpm –por lo visto, la percepción de la velocidad ha ido variando con los siglos–. Podría ser el tempo de “Rooms On Fire” de Stevie Nicks, por ejemplo.

No creo que “Rooms On Fire” se grabara con metrónomo. Estoy escribiendo esto en una cafetería y no puedo comprobarlo. Es posible que Stevie tuviera anotada la velocidad deseable para el compás de entrada. Normalmente los productores intentan hacerse con el ministerio del tempo, pero Rupert Hines había aceptado el reto de alcanzar lo imposible: reproducir el je-ne-sais-quoi de la maqueta casera. También es posible que el tempo definitivo lo decidiera el batería –no estoy al tanto de los entresijos de esa grabación–, pero sé que para los músicos de la vieja escuela, el batería es un chamán iluminado que transforma las fluctuaciones de cada músico en un mood unificado y singular, distinto en cada toma. El metrónomo que usan es espiritual, está dentro de ellos y cada alteración es intencionada y musical.

En el 93 grabé un disco con uno de esos baterías, un maestro absoluto, Steve Jordan. Antes de cada toma se montaba una jam session que se alargaba hasta que estábamos conectados unos con otros. Cuando Steve consideraba que la cosa estaba a punto de caramelo, hacía un break y daba el compás de entrada. Ese tipo de grabaciones son una rareza hoy en día. Entre el advenimiento de Pro Tools y la precariedad de los presupuestos de grabación, grabar todos a una se ha convertido en una excentricidad lujosa de nostálgicos. El metrónomo se ha impuesto por razones prácticas tanto en los estudios como en los escenarios. Entre la mística del tempo subjetivo y la innegable utilidad del tempo objetivo, va ganando lo segundo.

En esto, como en tantas cosas, yo vivo entre los dos mundos. No estoy diciendo que el metrónomo sea un asesino del groove, pero sí que se convierte en un músico más, el más tonto de la banda, el que no empatiza y carece de sensibilidad. El papel de chamán unificador, muy disminuido, se adjudica al técnico o productor que edita pistas y juzga cada mínima fluctuación aislada mirando una cuadrícula, y decidiendo si cae del lado de la expresión artística o hay que retocarla con un criterio perfeccionista que puede caer en lo robótico. También creo que en directo el clic –y sus extensiones en forma de pistas pregrabadas– aseguran solidez en las peores condiciones, pero limitan la expansión de lo impredecible y con ello se pierde algo muy valioso. Ahora, los conciertos de cualquier gira se parecen demasiado entre sí. Da igual dónde veas a Tame Impala, vas a ver exactamente lo mismo.

Sin embargo, yo misma confieso que ya no puedo vivir sin él. Al confeccionar maquetas, es una herramienta imprescindible para hacer corte y confección con pistas de colorines. Me lo paso pipa. Pues sí, dale a la mona un lápiz y verás la que te lía. También me gusta llegar al local con ese numerito escrito junto a la letra. Me asegura, por ejemplo, que la percepción de la velocidad del tema no va a depender de mi cambiante estado hormonal. Recientemente hice el curso de composición de bandas sonoras de Hans Zimmer. Según su método, lo primero que hay que hacer al visionar un montaje es poner a trabajar el dedo índice y encontrar el tempo; a partir de ahí, campo libre.

Beethoven fue el primer compositor que utilizó un metrónomo, se lo regaló el propio Maetzel –endorsement genial del fabricante– y Ludwig lo usó dejando anotado en sus últimas partituras el tempo exacto al que debían tocarse. Déjate de paroline, parelone, debió pensar. Pues bien, aquí surge un misterio que ha traído de cabeza al mundo de la música clásica durante dos siglos. Resulta que no ha nacido pianista con dedos ligeros como alas de un colibrí que pueda pulsar notas a la velocidad que él anotó, así que sus indicaciones se han ignorado olímpicamente. Se asumió que el metrónomo estaba roto o que, debido a la sordera, su cerebro percibía la velocidad de otra manera.

Hace poco, dos investigadores españoles, Almudena Martín Castro e Iñaki Ukar, por fin han resuelto el enigma. Después de comparar distintas grabaciones, todas ellas interpretadas según el instinto de directores e instrumentistas, sacaron una media de la velocidad ideal, luego indagaron mediante fórmulas qué tipo de anomalía podía haber en el engranaje del metrónomo que alterase su funcionamiento, entonces se dieron cuenta de que la diferencia respecto a la cifra original era siempre 12 bpm, correspondiente a 1.5 cm, la medida exacta del peso trapezoidal que está insertado en la varilla. Así que la solución no podía ser más simple. Puesto que la pieza tiene forma de flecha invertida, el pobre Ludwig estaba anotando la cifra de la parte inferior en vez de la superior. Esto le puede pasar a cualquiera, señores. Puede que Maetzel no le diera manual de instrucciones, o que Ludwig tirara el engorroso librito multilingüe con la caja, vete a saber.

En esta entrada de blog que inspiró a los dos hachas que han resuelto el enigma, se amplía esta historia tan interesante. El verdadero inventor del metrónomo era un experto en péndulos llamado Winkel. Maetzel, el que le robó la patente, era un emprendedor vienés que construía, ¡tachán!, autómatas musicales. Este tío listo, que había liado a Beethoven para que compusiera una obra para su panarmónico, un invento que reproducía los cuarenta y dos sonidos de una orquesta militar, se había apropiado de la obra considerando que era tan suya como el cacharro que la reproducía, e hizo enfadar terriblemente a Beethoven, que tuvo que estrenarla como obra sinfónica. ¿No les resulta familiar este conflicto? Tal vez ese metrónomo regalado pretendía compensar el robo anterior. ∎

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