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Firma invitada / Almanaque

Junio puede ser tan frío como diciembre

E

s imposible que alguien sea infeliz en junio y, sin embargo, muchos son los infelices que verás atravesando junio. Porque junio puede ser tan frío como diciembre. Mirad, si no, a The Everly Brothers el 6 de junio de 1973. Cada uno en un camerino. Phil pensando que querría estar en otro sitio y en otro mes. Don, negociando con la situación a base de margaritas. No comparten hotel ni coche ni camerino ni abrazos ni siquiera micrófono. Ellos, que crecieron cantando en el mismo micro: armonizando infancias comunes de padres mineros y melodías perfectas. Hace unos siete u ocho años que no se soportan. Más o menos desde que estrenaron “June Is As Cold As December”. 

Días antes, Bill Hollingshead los ha contratado para tocar en el John Wayne Theatre, en el parque de atracciones Knott’s Berry Farm, en California. Y es probable que esto hoy acabe a tiros. A sus fans más country les podría interesar la escena. También días antes, la prensa local informó de que serían las últimas actuaciones de la pareja de hermanos, así que miles de seguidores han venido a verlos. Se prevén seis conciertos consecutivos, pero solo se celebrará uno. Este, el que está a punto de empezar, un 6 de junio.

Uno sabe que las despedidas están condenadas a fracasar, que habrá reencuentro, cuando duran demasiado. También que cuanto más cercano a alguien estuviste, más dura será la ruptura y mayor el odio. Y ellos estuvieron tan juntos que sus dos voces, que tan bien empastan, que todas las grandes estrellas del rock –de Chuck Berry a Dylan, pasando por los Beatles– consideran las mejores, no se entienden por separado. De hecho, que estos dos se separen es tan arriesgado como que lo hagan dos siameses que comparten algún órgano vital (el corazón, por poner un ejemplo). Y aun así hoy no usarán el mismo micrófono, porque hacerlo les obligaría a cantar mirándose a la cara. Y eso sí que no. Imposible que se aguanten la mirada sin que caiga un guantazo o desafine una nota. 

A Sam & Dave, que no eran hermanos pero como si lo fueran, les sucedía lo mismo: en su gran gira europea bailaban juntos algunos de sus hits soul, pero siempre mirando al frente, como profesores de fitness frente al espejo, para no tener que verse el gesto. Sería, sin embargo, más adecuado hablar de otros hermanos musicales. Por ejemplo, los de los Kinks. Dave Davies llegó a decir de su hermano Ray que solo había sido feliz tres años, los que vivió antes de que él llegara al mundo. O los de Oasis, claro: su primer disco fue una discusión en una entrevista. Más adelante, Noel le dedicó a Liam el mejor insulto: “es un tipo que va por ahí enarbolando un tenedor en un mundo donde solo se sirve sopa”. También que él era un gato y su hermano pequeño, un perro. Liam, siempre más expeditivo, subiría a Twitter años después, en 2020, un vídeo comiendo con tenedor una deliciosa sopa en cuenco de cerámica fina para celebrar un número 1 en solitario. En esa misma red social, Noel abrió turno de preguntas para que sus fans le preguntaran cosas sobre su proyecto: “Contestaré a todo a partir de medianoche”. ¿El primer comentario? De Liam: “¿Por qué eres tan sumamente capullo?”. No le contestó.

Así que ni son los primeros ni serán los últimos, pero en su caso están condenados a entenderse porque sus voces, sin trenzarse, no existen. Ese día de junio salen a escena y Phil no sabe la que le espera. Su hermano sube a las tablas y quizá habría necesitado una silla automática adaptada para hacerlo. Se tambalea. “Se había tomado demasiados margaritas con el estómago vacío”, dirá el promotor. Pierde pie, pierde compás, llega tarde a los estribillos. Quizá canta que diciembre es tan caluroso como junio. Pero el caso es que los dos hermanos sudan la gota gorda y la temperatura sube en el termómetro del cabreo de Phil. Don se ve a sí mismo desde fuera y, genuinamente intrigado, les dice a los del público que qué hacen ahí, que estarían mejor en un rodeo. Phil se marcha y estrella contra el suelo su guitarra carísima. Días después se llaman por teléfono y deciden no hablarse en un buen tiempo.

Lo de no hablar podría ser fácil. Al fin y al cabo, lo hicieron un tiempo, cuando aún llevaban pañales. Pero lo de no cantar juntos, no tanto. Tararearon a dos voces melodías antes de saber decir su nombre, acompañados por su padre, un minero (toda su familia lo era) que logró salir de las grutas gracias a su pericia con la guitarra y a su olfato para las peleas de gallos. Son, ellos dos, canarios en la mina, de los que cantan y enferman cuando llega algo tóxico para avisarnos al resto.    

Toda una vida juntos. Una vida a dos voces. Se buscaron la vida en Tennessee y en muchos otros sitios. Su gran éxito lo habían rechazado treinta artistas antes. Fueron, durante un tiempo, los mejores. Los Beatles no cantarían como lo hacen y los Byrds no tendrían su Dorado de género musical sin ellos. Quizá Dylan no les deba tanto, pero el caso es que dice que son los mejores. El resto es lo de siempre, así que abreviaré: éxito y adicciones, chutes de anfeta para no perder compás. Sobredosis. Reconciliación. Canciones como soles, baladas melosas y hits impepinables. Y esa canción, en el ecuador de los 60, cuando muchos cantaban sobre otras cosas, sobre la esperanza de la contracultura y el sueño hippy, en la que decían que junio podría ser tan frío como diciembre. Pese a la euforia general, los canarios en la mina avisaban: “Aquí viene Junio / la visión del amor / cuando sonríe / es como una dulce caricia / convierte en radiante el corazón / de cada chico que se encuentra / todos piensan que es la respuesta a sus dramas / pero ellos no saben, no lo saben / que junio puede ser tan frío como diciembre”. Quizá se referían a una chica llamada June, pero ese día, 6 de junio de 1973, se referían a junio. Y a ellos mismos.

Ninguna desgracia puede pasar en junio, prólogo del verano que mejora la novela de julio y agosto, y, sin embargo, suceden. Y menos mal que hay canciones tristes pero tarareables que nos lo recuerdan, que gracias a que son pegadizas no permiten que lo olvidemos. ∎

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