A Tame Impala les hemos visto crecer y hemos crecido con ellos. Recuerdo verles en La Riviera –en Madrid, en 2013– cuando su irrupción causó en el rock psicodélico el mismo efecto que ahora ha provocado Turnstile en el post-hardcore; un buen amigo aún tiene enmarcado el póster de aquel concierto en su salón. Desde entonces han sido muchos, muchos festivales, y sobre todo muchos grandes momentos siempre sustentados por su excelente desempeño como músicos en directo. Aquella vez en Lisboa en la que, presionados por Radiohead, que les sucedían en el escenario, decidieron acelerar el set en lugar de acortarlo, desechando cualquier claqueta sospechosa y dando una lección de adaptabilidad. O el Primavera Sound de 2022, donde reaccionaron a la cancelación de The Strokes versionando “Last Night” sobre la bocina. Han tocado hasta en cuatro ediciones del festival de Barcelona, que ahora está detrás también de su asalto a las arenas nacionales en esta gira. A lo largo de su trayectoria, los australianos, en parte, han servido para definir lo que sucedía en el “rock alternativo”: la efervescencia comercial de principios de los 2010, la posterior explosión festivalera, el giro electrónico, la fijación en el imaginario popular, la decadencia que sobrevivió a la fiebre urbana o la más reciente homogeneización club. ¿Cómo se sigue estando a la altura después de tantos años, coqueteando habitualmente con la complacencia? ¿Y cómo se mantiene, pese a todo, una sensación de permanente ascensión?