En una industria liderada por el streaming, los soportes físicos parecían condenados a convertirse en reliquias. Sin embargo, el vinilo sigue creciendo y las ventas han vuelto a subir a nivel internacional y también en España. El informe anual de IFPI –la Federación Internacional de la Industria Fonográfica, que representa a casi 1500 compañías de 75 países– confirma que esta tendencia no es exclusiva de España. En muchos territorios el vinilo mantiene cifras de crecimiento que contrastan con el declive progresivo de otros formatos físicos como el CD. El fenómeno responde a una combinación de factores que incluyen la nostalgia generacional y el interés por la cultura material, pero también las estrategias de marketing y una reacción frente a la desmaterialización total de la música.
Las tiendas de discos han sido las primeras en percibir este cambio. En los últimos años, muchas han visto ampliarse el perfil de su clientela y lo que van buscando. “Nuestro perfil de cliente, casi desde que abrimos, es un público joven que consume música actual”, explica por correo electrónico Daniel Forés Mancebo, de la tienda de discos Marilians. “Es cierto que Marilians está más orientada al disco nuevo y eso hace que nuestro tipo de cliente sea gente que está empezando a coleccionar o que ya coleccionan y vayan buscando las últimas novedades o ediciones más especiales”. Marilians es toda una referencia dentro de la escena musical madrileña, y se ha establecido como punto estratégico para compradores de vinilos pero también para sellos y compañías discográficas que quieren alcanzar al público objetivo. Allí se puede ver a personas de generaciones diversas escogiendo sus compras, acudiendo a una listening party o haciendo cola para una firma de discos.
Del otro lado, inevitablemente, tenemos a los sellos independientes que, en su dura carrera de fondo por el posicionamiento en plataformas, ven en la venta directa y la innovación y cuidado hacia el producto físico un soplo de aire fresco. Louise Samson, directora y fundadora de Hidden Track Records, responsable de los lanzamientos de artistas de referencia como Ferran Palau y excomponente del grupo Anímic, comenta que para ella editar en físico “es una decisión totalmente romántica” que representa “el valor de la música, el trabajo, talento, tiempo y dinero invertido en crear una obra, corta o larga, y después darle un hogar merecido en formato físico donde ese trabajo pueda existir para siempre y, sobre todo, que bajo tus normas, bajo tu propio control, el artista puede dar su trabajo al mundo para siempre”.
Probablemente lo que tenga más sentido a día de hoy es observar la compra de formatos físicos como un complemento hacia lo digital y viceversa. Estar en las plataformas de streaming te aporta la visibilidad y accesibilidad necesarias, mientras que las ventas físicas fidelizan a la audiencia y a los fans, retribuyendo de forma más rápida y directa a bandas y artistas, así como a discográficas y distribuidoras. Todo esto sin olvidar que la venta de discos en las giras y conciertos de manera directa continúa siendo una fuente de ingresos más que importante.
En este contexto, el regreso del soporte físico plantea también una pregunta interesante sobre cómo nos relacionamos hoy con la música. Durante décadas, coleccionar discos implicaba una forma concreta de escucha: dedicar tiempo, espacio, atención y, en muchos casos, dinero ahorrado para poder acceder a estos soportes. En la era del acceso casi infinito, ese gesto adquiere otros significados. Comprar un vinilo puede seguir siendo un acto de escucha y de archivo personal, pero también funciona a menudo como signo de pertenencia cultural y estatus, generando casi una lectura sobre el consumo musical de clase. Por otro lado, se entiende una lectura que habla en muchos casos de apoyar visible y materialmente a artistas de la forma más directa posible. Entre el coleccionismo y la performatividad cultural hay una tensión característica de nuestro tiempo. Ya no es imprescindible contar con el objeto pero sigue siendo una forma de decir algo sobre quiénes somos y sobre cómo queremos relacionarnos con la música. ∎
El coleccionismo musical ha tenido durante décadas un protagonista inequívoco, un hombre inclinado sobre cajas de discos a la caza de una copia codiciada en Discogs. El Rob de “Alta fidelidad” (Nick Hornby, 1995; adaptada al cine por Stephen Frears en 2000) fue su encarnación definitiva, y no es casual que la historia regresara en formato serie dos décadas después con Zoë Kravitz al frente de la tienda. El arquetipo pedía enmendar aquella imagen que siempre fue una verdad a medias. Las mujeres también han coleccionado y han sostenido la cultura musical, aunque el relato rara vez les haya concedido un lugar central. Hoy, quien compra soportes físicos tiene un perfil más diverso que nunca.
En plena hegemonía del streaming, hacerse con un vinilo ya no obedece únicamente al afán acumulativo. Hay quien busca una escucha más consciente, quien quiere apoyar a artistas a los que las reproducciones digitales apenas reportan ingresos y quien se acerca por el gusto de un objeto que se sostiene entre el diseño de la portada y la escucha de un álbum entero. Para el público joven, el vinilo no es una vuelta estética al pasado como lo fue para los millennials, sino el redescubrimiento de una experiencia cultural.
El cambio de perfil se percibe también en las tiendas. En ciudades españolas abren locales alejados del templo hermético del coleccionista experto, donde casi había que acreditar conocimientos ante el mostrador antes de comprar un disco. Solo en Gijón acaban de inaugurarse Mita Record Store y Session Records. Muchos funcionan ya como nodos culturales donde se programan pinchadas, escuchas o encuentros con artistas. El soporte físico ha ido recuperando una dimensión social que ninguna plataforma digital puede replicar.
Más allá de las tiendas hay otro cambio en marcha, quizá el más interesante. Durante décadas, la autoridad para hablar de discos se legitimó por acumulación, por cuánto sabías y cuántas rarezas eras capaz de nombrar. Esa aritmética se ha quebrado gracias a una generación de recomendadoras que reivindican el criterio construido en público, la escucha atenta y el vínculo afectivo con el disco. Lo hacen desde vídeos cortos, carruseles y directos en Instagram, YouTube o TikTok. Cuentas como @blackgirlslovevinyl articulan comunidades de mujeres en torno al jazz, el soul y el R&B; @vinylettes es hoy referencia global de recomendación y entrevistas. La española Cristina Pérez o la argentina Soledad Rodríguez reordenan el arquetipo de coleccionista y recomendadora.
Un cuarto de siglo después de Rob, el vinilo ya no cuenta la misma película. Los discos ya no se atesoran en soledad, se rechaza el gatekeeping en pos de una escena mucho más viva, con tiendas que no solo venden copias sino que fomentan comunidades que comparten gustos e interés por el contexto detrás de cada LP. ∎