Kiki, por su padre. Foto: cortesía de Festival de la Guitarra
Kiki, por su padre. Foto: cortesía de Festival de la Guitarra

Concierto

Kiki Morente y Lagartija Nick: del caos al canon según “Omega”

En 1996 Lagartija Nick eran la juventud y Enrique Morente la experiencia; ahora Kiki Morente es el joven y el grupo de Antonio Arias, las tablas. La curiosidad por ver cómo defiende “Omega” esta dupla y la nostalgia por rencontrarse con un repertorio majestuoso llenaron el Teatro de la Axerquía de Córdoba el pasado sábado, 11 de julio. Los músicos respondieron con su versión actual del clásico álbum que juntó a Federico García Lorca, Leonard Cohen y Enrique Morente; la más limpia y menos distorsionada de estos treinta años. Mañana martes, 14 de julio, lo presentan en el ciclo Noches del Botánico de Madrid.

Las razones por las que no acudir al estreno mundial del concierto “Omega 30 aniversario” podrían ser las mismas por las que no perdérselo: volver a estas canciones es abrir la caja de las esencias, entrar en el código fuente, manejar material sensible. Hay mucho en juego; la memoria, nada menos. Pero ¿cómo perderse un viaje que, contrariamente a lo que significa su título, es arranque, origen, big bang? El público cordobés tiene claro que eso hay que verlo y casi llena el Axarquía en el concierto de cierre del Festival de la Guitarra. El calor ha remitido, la noche promete y “estamos vivos de milagro”, como decía Enrique Morente (1942-2010).

Se apagan las luces y entra un vídeo con un montaje que nos pone en situación: las calles de Nueva York, un local de ensayo en Granada, el famoso encuentro Morente-Cohen en Madrid, el fantasma de Lorca sobrevolando toda esa leyenda… De repente, blackout y una voz grabada: es Enrique en su canción más esquiva, “Un cantaor debe morir”, que quedó fuera del disco “Omega” (1996) por duda y superstición. Entra Kiki Morente –camisa de seda negra, vaqueros con gran hebilla; parece un Jim Morrison flamenco– y, teatralidad hierática y emoción contenida a partes iguales, primero escucha a su padre, después mezcla su voz con la suya y termina él cantando solo. Tras este momento de solemnidad hamletiana entran Lagartija Nick y el resto de músicos: teclados, coros y palmas, batería, sección de percusión y guitarras flamencas. Ya en primera línea, la guitarra eléctrica de Juan Codorníu a un lado, al otro Antonio Arias –que estará preciso, discreto y atento durante todo el concierto– y el joven Morente en el centro. Todos llevan caretas blancas, guiño a la coreografía de Javier de la Torre de un antiguo “Omega”, y también guiño a un poema de Lorca; en breve digo cual.

Careta blanca, por Lorca. Foto: cortesía de Festival de la Guitarra
Careta blanca, por Lorca. Foto: cortesía de Festival de la Guitarra

Cuando empieza a sonar “Manhattan” uno piensa, injusta pero inevitablemente, cómo sería si ahí estuviera Eric Jiménez –hará algunos conciertos; está atareado con Los Planetas–, y conste que David Fernández es un batería más que legítimo porque con él rodó “Omega” en directo desde el principio. Debe uno reprimir la nostalgia: también podríamos extrañar a Cañizares y a Estrella Morente. Pero no hemos venido a este concierto a echar de menos (¿o sí?). Los arreglos finales de la canción sirven para recordarnos que estamos en otro tiempo. Y dan paso a “Vals en las ramas”, donde caen las caretas y el tándem Arias-Codorníu se hace más protagónico. Con “La aurora de Nueva York” se vuelve a poner el foco en Kiki, que acomete la difícil tarea de recrear sin emular, de –date cuenta de la dificultad– ser su padre y él mismo a la vez. La inmensidad poética del poema pone de su parte, y da paso a “Niña ahogada en el pozo”, momento álgido, pues entra por primera vez el bailaor Israel Galván, cuya imagen rompedora –cresta y puesta en escena queer– estará entre lo más contundente de la noche.

El segundo bloque del concierto deja fuera momentáneamente al sector eléctrico para concentrarse en el flamenco. Y, de nuevo, en las máscaras: “Las de los pordioseros y de los poetas”, como se canta en “El pastor bobo”. De las bulerías a los tangos: ahora viene “Sacerdotes”, canción tremenda que, cuesta entender por qué, Enrique Morente dejó fuera de los conciertos durante muchos años. Después, “Adán”.

KIki: ser Enrique Morente y él mismo a la vez. Foto: cortesía de Festival de la Guitarra
KIki: ser Enrique Morente y él mismo a la vez. Foto: cortesía de Festival de la Guitarra

Tras una pieza polifónica a cargo de la sección vocal, llega el tema que da título al disco. “Omega” –“el monstruo” lo llamaban sus autores– es su vórtice, el gran réquiem que, en el disco y sus históricos conciertos, representaba el choque de trenes, la colisión de lo jondo y la distorsión. ¿Lo hace ahora? Hasta cierto punto. Hay catarsis, pero también un orden y pulcritud nuevos. A estas alturas uno ya tiene bastante claro que “Omega” nunca sonó tan limpio, tan ajeno al ruido. Lo que hay que saber del nuevo “Omega” es que suena con un nivel de perfección que sacrifica la distorsión, la crudeza, la ferocidad. Puede ser que parte de la energía se vaya al cielo abierto del anfiteatro, pero ¿no falta presión?

“Vuelta de paseo” da paso a un “Aleluya” que contiene la primera licencia del concierto: mención a Gaza y Palestina por parte de Antonio Arias y una letra mezclada con el “Todo es de color” de Lole y Manuel. En “Ciudad sin sueño” –“no duerme nadie”, vuelve a cantar Arias, solvente vocalista– regresa Israel Galván. ¿Los bises? Un “Pequeño vals vienés” convertido en dudoso dueto de Kiki y Antonio, que aprovecha para verbalizar la importancia de esta reunión: “Han hecho falta tres vidas para llegar aquí: la de Lorca, la de Cohen y la de Enrique Morente”. “Esta no es manera de decir adiós” y “Dama errante” cierran un concierto importante por lo mucho que representa: 30 años después, “Omega” no es caos sino canon. No es experimento pero sigue siendo experiencia. “Omega” está vivo y eso, como decía Enrique, es un milagro. ∎

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